López Obrador se alista para realizar una visita oficial al Presidente Trump. Foto: Victoria Valtierra, Cuartoscuro.

Washington, D.C.— Andrés Manuel López Obrador está decidido a cruzar la frontera para agradecer mil ventiladores y el inicio del T-MEC a Donald Trump en la Casa Blanca. Pocos consideran que los motivos esgrimidos justifiquen que, tras negarse a salir para participar en cumbres mundiales de mayor calado, su primer viaje al extranjero sea a Washington en momentos en que Estados Unidos atraviesa por una severa crisis de salud y todas las acciones de Trump tienen un sólo objetivo: reelegirse.

Menos justificable es ante la cada vez más remota posibilidad de que asista el Primer Ministro de Canadá Justin Trudeau, como quisiera AMLO. “Por el momento no hay visita confirmada”, me dijo anoche Cameron Ahmad, Director de Comunicaciones de Trudeau. “La salud y seguridad siguen siendo la principal consideración durante la pandemia”. Mas claro ni el agua.

Una reunión bilateral con Trump corre el riesgo, quizá más serio que los frecuentemente mencionados, de que, atrapado en la boca del lobo, AMLO sea presionado, so pena de retirar inversiones de México, para arrancarle concesiones o forzarlo a retroceder en lo que el Embajador Christopher Landau llama “cambiar las reglas” en la inversión extranjera en el sector energético. “Los empresarios a través de todo el mundo están revaluando sus cadenas de suministro y pensando, bueno, si salimos de China a dónde vamos, México debería de ser un destino natural, dado sobre todo el nuevo T-MEC… ha sido más o menos un gran esfuerzo preservar las inversiones ya existentes y, bueno, ojalá podamos cooperar…”, advirtió el diplomático de acuerdo a la transcripción que me envió de su plática con la Concamin a unos días del viaje presidencial.

Cuestión de recordar lo sucedido en junio de 2019. Presidida por Marcelo Ebrard, la delegación mexicana fue secuestrada durante doce horas en el piso ejecutivo de Pompeo, sin celulares, laptops y aparatos electrónicos, con nada que comer que las galletas y cacahuates de las maquinas en los pasillos. No los dejaron salir hasta que México cedió a desplegar a la Guardia Nacional contra los migrantes centroamericanos. México negoció con la pistola en la sien, bajo la amenaza de imponer aranceles a los productos mexicanos de Trump.

Las 20 visitas de presidentes mexicanos a Washington, Nueva York, Austin y Miami que he cubierto, han sido precedidas por meses de intensa preparación; definición de los beneficios para los intereses de México; evaluación de pros y contras; discusiones sobre los temas en la agenda; la opción de comunicado conjunto; cuidado del último detalle. En el caso que nos ocupa, hay apresuramiento. Mensajes encontrados. Desacuerdos entre los asesores del presidente. Improvisación y novatez. No se ha articulado el beneficio concreto y creíble para México de la visita.

Debido a la cercanía a los comicios presidenciales de noviembre, en las que Trump puede ser derrotado, la visita está siendo percibida como respaldo electoral. Una de sus consecuencias puede ser que Joe Biden le pase la factura a AMLO negándose, por ejemplo, a reunirse con él en calidad de presidente electo como marca la tradición o tenga algún otro gesto diplomático simbólico de enfriamiento en la relación.

Menos probable es que surta el efecto de impulsar electoralmente a Trump como en 2016 cuando fue recibido en Los Pinos por Enrique Peña Nieto. Para empezar, el panorama electoral hoy es otro. Los “anarquistas” y “nihilistas” antirracistas de hoy son su nuevo blanco, ya no los mexicanos “violadores” y “criminales” de ayer. Hace cuatro años, Trump no había sido puesto a prueba. El creciente voto anti-Trump, sobre el que AMLO tiene cero incidencia, puede ser el sepulturero de su tumba política.

Pegarle a la piñata México es menos apetecible. Trump apenas si menciona a México. El muro sigue en la retórica, pero no calienta a su base como antes. Arenga cansada. La vasta mayoría del electorado no sabe quién es AMLO. Hasta entre los demócratas es poco conocido. Cuestión de recordar que dos aspirantes presidenciales demócratas, incluida una senadora, no supieron cómo se llama el presidente de México en los debates de las primarias. ¿AMLO who?

Para Trump, la ventaja de la visita más bien está en poder usarla para reforzar su deteriorada imagen presidencial y crear una realidad virtual de normalidad pese al alarmante repunte de la pandemia COVID-19. Trump con AMLO en la Oficina Oval. Sin tapabocas. Indomables ante un virus que aterra a todos menos a los infalibles. La foto de la normalidad. El presidente de los mexicanos usado de accesorio como la Biblia con la que Trump posó ante las cámaras tras ordenar desalojar por la fuerza a manifestantes pacíficos frente a la Casa Blanca.

AMLO dice que viene a “celebrar” que se logró un acuerdo comercial neoliberal y a agradecer a Trump. No hay nada qué agradecer. A no ser que quiera agradecerle no frenar el flujo de armas de alto calibre como las usadas en el reciente atentado; los 10 mil millones de dólares del plan Marshall para Centroamérica que nunca llegaron (“No cumplió el Gobierno estadounidense”, AMLO dixit); la anulación del DACA; el cierre de la frontera; la separación de familias; las presiones para obligarnos a pagar por el muro; la construcción del muro; la destrucción de la ecología fronteriza; las amenazas para reabrir las maquilas poniendo vidas en riesgo o no etiquetar a los carteles como grupos terroristas. Puedo seguir.

No hay premura que justifique la presencia de López Obrador en las orillas del Potomac. El T-MEC es un pretexto. Más aún cuando el reparto estelar trinacional estará incompleto. Es una apuesta arriesgada. Vulnerar la investidura presidencial puede ser el costo.

Twitter: @DoliaEstevez