Feliz año, pues, para usted y los suyos. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

Pues sí, querido lector. El año se termina. Este año anómalo, terrible, inesperado que cayó sobre nosotros, irremediable. Al fin se va, se va, se va. No estamos festivos, ni con gorritos y serpentinas. El año de la pandemia, o mejor dicho de las tragedias. Este año cientos de miles de personas perdieron la vida debido a un virus que nadie esperaba, que colonizó al mundo entero. Modificó nuestras vidas, nos obligó a recluirnos en nuestras casas, confinarnos en nuestro miedo. Nos enseñó un lenguaje también, nuevo, cargado de cargas virales, inóculos infectantes, sana distancia, aerosoles, semáforos rojos, ocupaciones hospitalarias, entubaciones, tanques de oxígeno, saturación, oxímetros. Nos vistió con caretas y cubrebocas, nos enjaretó unos googles, nos puso a lavarnos las manos, nos obligó a ver a los otros como amenaza. Muchos lograron sobrevivir los primeros meses, muchos no. Algunos cayeron al final de año. Amigos, conocidos, familiares. La vida es impredecible, si algo nos enseñó este año es eso: no importa cuántos planes hagamos, cuantos buenos deseos, el 2020 nos obligó a plantearnos solo uno: sobrevivir. Las cosas cambian velozmente y hoy como nunca esos cambios han determinado la vida de los habitantes del todo el planeta. Sí, somos miles de millones afectados por una misma circunstancia adversa o dicho con precisión, nos transformamos en una especie amenazada.

Qué difícil ha sido sobrellevarlo, la verdad. Cuánta zozobra y cuánta tristeza. Los niños en casa sin poder ir a la escuela, sin vida social, absorbidos por las pantallas, sus vidas marcadas por una amenaza general que se cierne sobre todos. Cuánta gente obligada a exponerse por falta de ingresos, cuánta gente sin trabajo, sin apoyo. Cuánta, ya cansada de tantos meses, de tanto tiempo, tirando la toalla justo cuando llegó la segunda ola sobre la primera que no se fue nunca. Tiempos oscuros que desearíamos que terminaran con las campanadas del 31, a media noche, como si fuera un cuento de hadas y un futuro promisorio se presentara ante nosotros. O tal vez no un futuro, sino el pasado donde fuimos felices o no sabíamos que lo éramos. Recuperar nuestras vidas, nuestras libertades, nuestros afectos. Volvernos a ver, a abrazar, a reírnos a pierna suelta juntos. Volvernos a sentar a la mesa con copas y uvas, en reuniones donde no falte nadie, hacer nuestros brindis, abrazarnos como hicimos hace un año sin la presencia de la enfermedad y la muerte entre nosotros. Ser los mismos que aquella noche en que nos encontramos, despreocupados, viendo volar globos de cantoya o aquella vez que nos sentamos en la arena a escuchar el rumor de las olas, quizá esas muchas veces que bridamos con kir royales y bailamos como desposeídos, mientras nuestros hijos estaban en sus cunas. Aquel viaje en la carretera que hicimos mientras comíamos de la canasta mandarinas y ciruelas. Aquellas conversaciones perdidas ¿cómo podríamos saber que todo se lo llevaría una pandemia? Pero aunque lo añoremos la vida no vuelve, los días no vuelven, los que se fueron no vuelven. Separados y recluidos pasaremos ese momento en el que damos la bienvenida al año entrante mientras celebramos que este annus horribilis por fin se termina. O bien puede ser, querido lector, que las familias finalmente se venzan ante lo irremediable y se junten en festejos. Y es que es difícil no ceder a la tentación de encontrarse. Los otros son un bálsamo. Somos tribales, necesitamos un clan que nos sostenga en los momentos difíciles: es lo que hemos hecho desde que nos juntábamos en torno a las hogueras, en las cuevas. Probablemente no haya nada más primitivo que juntarse en ciertas ocasiones, cuando algo nos amenaza. Los otros consuelan, les ponen el alma en su lugar a los que se les desacomodó por el miedo, por la adversidad. Juntarnos en las hogueras a contarnos cuentos y a escuchar narraciones ¿no son eso las celebraciones familiares? ¿no son una manera de asentar la vida sobre las sombras de la muerte? Las historias le dan forma a nuestro mundo, le dan sentido y coherencia, en ellas nos explicamos el pasado, revivimos a nuestros muertos con nuestras memorias. La noche es un lugar oscuro que las palabras alumbran, en la noche larga de este año, ellas nos recuerdan quiénes somos, y quiénes hemos sido. Ya sea en zooms familiares, en llamadas, en visitas al aire libre y con equipos de protección, en mensajes, nuestros seres queridos son capaces de rescatarnos. Espero que todas las familias encuentren ese bálsamo, mientras se conservan sanos, que aquellos que están enfermos sanen y que la muerte que nos persigue ceda sus territorios a la esperanza de que, sin importar cuán duros sean los tiempos por venir, estos también habrán de pasar. Porque es fin de año, y nos podemos dar el lujo de pedir deseos, de barrer la casa y de hacernos limpias, aventar limones, esperar lo mejor, abrazar a quienes viven con nosotros o abrazar en la distancia a los otros.

Hágalo querido lector, que aún nos faltan meses muy duros antes de que la pesadilla del coronavirus se termine y los riesgos dejen de acecharnos. Hasta que la vacunación no alcance a casi toda la población, es decir más de cien millones de mexicanos, no podremos decir que el virus está controlado. Esto, en México, tomará todo el 2021. Los próximos seis meses serán cruciales, cuídese en extremo. Hemos llegado muy lejos y no es momento de descuidarse sino de persistir en los cuidados, quizá como nunca antes; no ceje ahora, ni en febrero ni en marzo. El coronavirus seguirá extendiéndose y muy probablemente a una velocidad mayor si es que la nueva variante del virus surgida en Londres, mucho más contagiosa, llega a nuestro país. Esto podría terminar de rebasar la capacidad hospitalaria muy rápidamente, si se vuelve la cepa dominante. Lejos de relajar su autocuidado, deberá extremarlo. No solo personas vulnerables sino jóvenes saludables también, si la otra variante del virus que preocupa a los científicos, surgida en Sudáfrica, llega a México.

La buena noticia es que ya sabemos cómo cuidarnos. No hace falta hacer nada más que extremar las precauciones que este año aprendimos: quédese en casa, use cubrebocas y caretas, guarde sana distancia, lávese las manos, evite lugares concurridos y espacios cerrados, no socialice sin protección.

Sí, no será fácil el año que viene, pero ya falta mucho menos para que la pandemia se termine. No se suelte ahora, quédese aquí con los suyos, sea prudente. En algún momento volveremos a abrazarnos. Eso, téngalo por seguro, ocurrirá. Feliz año, pues, para usted y los suyos.