Hoy estaba hablando con Laura con quien trabajé dos años en Generación Vegana y con quien ahora construyo un nuevo proyecto y le pregunté: ¿sobre qué debería escribir esta la columna de este mes para SinEmbargo?
Me respondió sin dudar: sobre nuestra salud mental. Sobre esa cultura silenciosa que existe dentro del activismo y que nos susurra que, si los animales sufren, nosotras también deberíamos hacerlo.
Y me quedé pensando.
Durante años he acompañado investigaciones, denuncias, comunidades indígenas afectadas por granjas industriales, casos de delfinarios, campañas mediáticas, presión institucional. He visto imágenes que no se olvidan. He escuchado testimonios que se quedan en el cuerpo. He sentido esa mezcla de rabia, impotencia y urgencia que nos empuja a no parar.
Pero también he sentido culpa.
Culpa por descansar.
Culpa por viajar.
Culpa por reír.
Culpa por disfrutar.
Como si el compromiso se midiera en agotamiento. Como si la coherencia ética implica destruir nuestra propia estabilidad emocional. Como si defender la vida exigiera sacrificar la propia.
Hace poco vi una imagen en redes que decía:
"Si bien hay cosas terribles ocurriendo en el mundo, sostener una visión catastrófica es el objetivo del sistema: entristecer nuestros cuerpos, despotencializarnos, mutilar nuestra capacidad de imaginar y comenzar a crear en nuestro cotidiano una realidad distinta".
Esa frase se me quedó grabada.
Porque el sistema que explota cuerpos animales también necesita activistas exhaustos. Un movimiento deprimido es un movimiento debilitado. Un activismo que se quema es funcional al status quo. No necesitan censurarnos si logran que nos apaguemos solas.
En muchos espacios de defensa animal y no sólo ahí, se ha normalizado una especie de competencia silenciosa por quién se sacrifica más. Quién duerme menos. Quién trabaja más horas. Quién aguanta más imágenes violentas. Quién responde más denuncias. Quién está siempre disponible.
Pero no somos más éticos por enfermarnos.
No somos más radicales por vivir al límite.
No somos más comprometidos por abandonar nuestra salud mental.
Defender la vida no puede significar abandonar la propia.

Si algo he aprendido en estos años es que el activismo no sólo confronta industrias; también confronta nuestras propias narrativas internas. Y una de las más peligrosas es ésta: creer que debemos sufrir en proporción al dolor que denunciamos.
Hace dos años, en una presentación, un amigo dijo algo que se me quedó grabado: "Seamos como el micelio". El micelio, esa red subterránea que conecta árboles y nutre el bosque, no compite, no grita, no se exhibe. Sostiene. Conecta. Distribuye nutrientes. Permite que el ecosistema sobreviva incluso en condiciones adversas.
Tal vez el activismo necesita más micelio.
Necesita redes que se cuiden.
Personas que descansen sin culpa.
Espacios donde la ternura tenga lugar junto a la denuncia.
Porque sí: hay crueldad. Hay industrias que encierran, explotan y matan. Hay estructuras de poder que parecen inamovibles, pero también hay comunidades organizándose. Hay granjas que se clausuran. Hay empresas que retroceden ante la presión pública. Hay personas que cambian. Hay vínculos que sostienen.
La cultura del sacrificio nos hace creer que la tristeza permanente es una prueba de coherencia. Pero un movimiento que pierde su capacidad de imaginar futuros distintos termina replicando la lógica de escasez que intenta combatir.
Imaginar es un acto político. Descansar también lo es. Celebrar pequeñas victorias es estratégico. Construir comunidad es revolucionario.
Nuestro trabajo no es destruirnos.
Es sostenernos.
Es organizarnos con inteligencia.
Es construir narrativas que no sólo denuncien la violencia, sino que también abran posibilidades.
Un activismo que cuida la salud mental de quienes lo sostienen es un activismo que dura.
Lo que necesitamos no es heroísmo momentáneo.
Necesitamos resistencia a largo plazo. Necesitamos ser micelio.



