Ciudad de México, 11 de mayo (SinEmbargo).– El Presidente estadounidense Donald Trump y el líder de China, Xi Jinping, se verán dentro de dos días, del 13 al 15 de mayo, por primera vez desde octubre de 2025, cuando se encontraron en Busan, República de Corea. Será la primera vez que un mandatario estadounidense acuda al país asiático en nueve años.
De acuerdo con Xinhua, la agencia oficial china, los presidentes mantendrán un intercambio de opiniones sobre “la paz y el desarrollo mundiales”. Cita al portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores chino, Guo Jiakun. “China está dispuesta a trabajar con Estados Unidos con un espíritu de igualdad, respeto, y beneficio mutuo para ampliar la cooperación, gestionar las diferencias e inyectar más estabilidad y certeza a un mundo turbulento y cambiante”.
Tras su visita a Pekín, Trump planea recibir a Xi en la Casa Blanca. Es posible que Trump también asista a la reunión del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) que se celebrará en noviembre en Shenzhen, China. Y Xi podría asistir a la cumbre del G20 el mes siguiente en el complejo turístico de Trump en Doral, Florida.
Más en el fondo, sin embargo, hay una visión más crítica del encuentro. Alexandra Stevenson y Murphy Zhao escriben para The New York Times: “Durante el último año, ambos países han intensificado sus ofensivas económicas, imponiéndose aranceles elevados, restringiendo el flujo de tierras raras y tecnologías críticas, e imponiendo sanciones a importantes empresas industriales. El hecho de que Xi y Trump logren ponerse de acuerdo para establecer, aunque sea modestas, salvaguardias a sus crecientes armas económicas será una prueba de fuego para determinar si su reunión tendrá éxito”.

Andrew Gilholm, experto en China de la consultora Control Risks, le dice al diario neoyorquino: “China está dando señales cada vez más claras de que está preparada para actuar. Estamos al borde de un uso mucho más frecuente o generalizado de contramedidas chinas contra las sanciones estadounidenses”.
Los periodistas agregan: “Se trata de un momento crucial, gestado durante una década. En su primer mandato, Trump advirtió que la confrontación con China en materia de tecnología y comercio era inevitable. Impuso aranceles a ciertos sectores chinos y sancionó a empresas específicas. China respondió con contramedidas moderadas, en gran medida simbólicas, mientras los reguladores elaboraban leyes que imitaban las acciones estadounidenses, creando listas negras y listas de control de exportaciones”.
Pero lo que comenzó como un juego de represalias ha escalado, afectando a las cadenas de suministro globales, y obligando a países y empresas a lidiar con las consecuencias, añaden.
“Tras años de reaccionar ante las sanciones, China ahora persigue a las entidades que cumplen con las sanciones de Washington. La creciente preocupación radica en que ambos países utilicen sus cada vez más estrictos marcos regulatorios como armas económicas, arrastrando a otras naciones y empresas a la contienda. Líderes empresariales y expertos advierten que las dos superpotencias están obligando cada vez más al mundo a tomar partido: China o Estados Unidos”.

La moderación de China
Ryan Hass, director del Centro de Estudios Chinos y titular de la Cátedra Koo de Estudios sobre Taiwán en la Brookings Institution, escribe en un amplio ensayo de The Atlantic:
“Ahora que Estados Unidos está dividido por conflictos internos, alejando a sus aliados y nuevamente inmerso en una guerra en el Golfo Pérsico, este parece un momento oportuno para que China tome las riendas del liderazgo mundial. Sin embargo, Pekín ha evitado capitalizar estos conflictos con una postura pública firme. En lugar de enfrentarse a Estados Unidos defendiendo a Irán, un socio estratégico de larga data en la región, China sólo ha brindado apoyo indirecto y se ha mantenido en gran medida al margen”.
Afirma: “La moderación de China –apunta– no debe interpretarse como una señal de debilidad. Al contrario, el país está esperando el momento oportuno, posicionándose como la opción idónea para llenar un vacío de liderazgo cuando Estados Unidos se debilite. Los líderes chinos trabajan para forjar un mundo en el que su dominio no surja como una victoria aplastante sobre los intereses occidentales, sino como una realidad palpable”.

Hass dice que en conversaciones privadas y escritos públicos, los líderes chinos y sus asesores suelen describir a Estados Unidos como una potencia en declive, pero peligrosa: una potencia en fase tardía propensa a estallidos de agresión con la esperanza de frenar su caída.
“Ya en la década de 1990, en pleno apogeo del poder unipolar estadounidense, los pensadores chinos teorizaban sobre el declive de Estados Unidos. Wang Huning, entonces un académico poco conocido, se sintió impulsado por sus viajes a Estados Unidos a escribir el libro América contra América, en el que describía una nación asolada por la fragmentación social, la desigualdad y la disfunción política. Impactado por los problemas del país —personas sin hogar, drogadicción, violencia racial, divisiones sociales y bajos estándares educativos—, Wang concluyó que Estados Unidos contenía las semillas de su propia destrucción”, sostiene el especialista en The Atlantic.



