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Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?, eso es lo que significa ser un esclavo
Roy Batty en Blade Runner (1982)

Sin darnos cuenta del todo ya estamos en otra era. Los últimos diez años han sido definitorios, la conexión global tecnológica y su inserción en la psique individual y colectiva ha modificado sustancialmente nuestra presencia como individuos y sociedad. La encapsulación de la historia en los programas de información, no sólo replantean el lugar de la memoria, sino su propia significación. La virtualidad codificada es cada vez más lo que solíamos llamar “realidad”, esta se ha convertido en una construcción continúa aparentemente imparable que disuelve los contornos de la propia verdad. Su estructura teatral perdura, pero solo como elemento necesario de una “familiaridad” que facilite su absorción.

La percepción remplaza cada momento al sujeto mismo, la idolatría contemporánea masificada termina por anular cualquier pretensión que busque algún grado de singularidad. Esta misma cuando aparece, es ya un producto en la cadena electrónica de los mensajes; triturar es una expresión vigente.

Estamos atados a una  corriente que se ha desbordado y que ya no nos permite ver más allá de su superficie.

La evaporación del tiempo y de nuestra conciencia solo es posible detectarlo en los sentimientos fugaces de la nostalgia. Hemos roto tejidos de la naturaleza, pretendiendo conocerla para dominarla; vieja historia que hoy es una rutina de todos.

La enajenación tecnológica es más que eso, es la pérdida de la densidad del ser, que se resiste a disolverse en la incertidumbre contemporánea. La cultura misma parece rendirse al triunfo a como dé lugar, de los segundos que exponen lo que sea con tal de ocupar el espacio de la atención. Sabemos que algo se nos escapa, que entre tanta interferencia plasmada en el acceso inmediato a la información de cualquier cosa, (la enciclopedia de lo inútil que carcome nuestra atención), estamos perdiendo un vínculo vital. Percibimos la desolación del ser y no tenemos la mínima idea de que hacer, ni el tiempo que nos ha jugado una trampa al pretender dominarlo y ganarle la carrera imposible.

Esta sensación de pérdida comienza a permear en nuestra cotidianidad al mismo tiempo que la exaltación continua de las mediaciones electrónicas, programan y ajustan lo necesario para absorberla.

¿Qué es lo que no encaja en todo este virtuosismo de los héroes millonarios de la comunicación? acaso hemos caído en un garlito de la historia, un atajo que la mente propagó en la condición del capitalismo más avanzado y a la vez el más salvaje en todas sus consecuencias.

Es cierto la adicción de sus inventos puestos en el mercado global se ha consumado casi sin reclamo alguno; la mayoría nos esforzamos por obtenerlos. El subconsciente ha vencido a cambio de otorgarle a la razón el poder necesario para generar una riqueza cada vez más concentrada en unos cuantos.

La sociedad de los abusos se ha solidificado y este oxígeno de libertad comienza a oler a gas y se esparce por las praderas de la mente.

¿Es posible aún domar esta tecnología de la comunicación que avasalla?; o ya somos solo una interface más llamada humanidad.com de un programador cuyas acciones son los dramas cotidianos que tienden a multiplicarse virtual y carnalmente; acciones que también se ofertan en las casas de bolsa de las principales capitales del mundo.