Lo conocí hace mucho tiempo. El mismo tiempo que a Villoro, creo y obviamente, en el exacto instante que tuve contacto por primera vez con Daniel Sada. Si alguien me pusiera a decir a quién quiero más de los tres, sería injusta conmigo, porque en el afán del trabajo, de tantas entrevistas, los tres me brindaron horas que tal vez por la edad y por este sentimiento de nostalgia que me agarra de vez en cuando me resultan inolvidables.

De Élmer lo primero que leí fue El amante de Janis Joplin. Lo reseñé para la revista de música en la que trabajaba en ese momento, Pulse!, y todavía recuerdo ese discurso como hecho por un tonto, muy faulkneriamente, que me conmovió.

Creo que leí casi todo de él y a lo largo de estos años he leído también su columna en el periódico El Universal, la que llegué a editar por bastante tiempo.

Tengo muchas cosas para decir de él. La primera es su amplia generosidad, ese estar atento a lo que escriben sus amigos a veces, sus admiradores otras, incluso los que no lo conocen o lo tiene como a un escritor del norte, allá por decirlo así.

La otra es que se ha colgado la bandera de la narcoliteratura y la ha defendido a ultranza.

En diciembre de 2002, Arturo Pérez-Reverte presentó en la Feria del Libro de Guadalajara La Reina del Sur, una novela que narra la vida de una narcotraficante de Culiacán, Sinaloa, y que estaría inspirada en las peripecias de la Reina del Pacífico, considerada una líder histórica en el contrabando de cocaína de Sudamérica a México.

El autor niega más o menos rotundamente (como es muy su estilo) que Teresa Mendoza, su personaje, le deba algo a la real y ahora encarcelada Andrea Avila, aunque admitió en aquella ocasión haberse valido de los buenos oficios del escritor mexicano Élmer Mendoza para conocer los intrincados vericuetos de la “cultura del narco”, un sistema que se inicia con los narcocorridos de Los Tigres del Norte y que tiene su punto climático en ciertas novelas, como las del propio Elmer, por caso su celebrada Balas de plata.

La amistad entre Pérez-Reverte y Mendoza ha generado un chiste entre bambalinas de la intelectualidad mexicana tendiente a hablar de La Reina del Sur como de “esa linda novela que escribió Élmer”. La ironía es reflejo, en todo caso, de una extrañeza que causa la historia del narco mexicano narrada desde afuera, algo singular, aunque en un país acostumbrado a ser mejor narrado por los extranjeros que por sus naturales (ejemplos: Bajo el volcán, de Malcolm Lowry; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño). Por lo pronto, la chanza no hace más que pronunciar en secreto una verdad intuida: lo que está pasando con el tema del narcotráfico mexicano no puede ser contado desde una frontera lejana. Al menos no puede ser contado sin el riesgo de tornarse así un folklore for export, tan for export como las bolsitas con la cara pintada de Frida Kahlo o los muñecos de resina con la estampa de un mexicano durmiendo la siesta eterna en la vereda pública.

Élmer Mendoza, autor de varios libros, entre ellos Balas de plata, que lo volvieron una autoridad, referencia y consulta en el tema.

¿Cómo ha ido respondiendo la literatura a la escalada de violencia que crece sin cesar en México? Balas de plata, la novela con la que Elmer Mendoza obtuvo el premio Tusquets en 2007, trata el policial y un detective a lo Wallander para narrar una intriga sinaloense donde la corrupción, la venganza y la tragedia destacaban al tráfico de armas como la peste bubónica que asola las tierras de nuestro descontento.

“La literatura de violencia es cada vez más propositiva. No es sólo un recuento épico de la depredación humana; se sustenta en una estética que se va definiendo en base a una voluntad de estilo y un territorio lingüístico concreto. Si logramos crear obras maestras, será un género literario”, decía Élmer en una nota que le hiciéramos en 2010 para el periódico Página 12.

Sin embargo, lejos estaría yo de reclamar alguna pregunta a lo que él mismo ha dicho, pero me queda para mí, luego de la lectura de Asesinato en el Parque Sinaloa, que lo suyo, más allá de la narcoliteratura, es la literatura misma.

“Soy creador”, dice Élmer. Cualquiera puede contar todo lo que pasa, no sólo en el narco, sino fuera o adentro de él. Pero, ¿qué pasa cuando una persona está más obsesionada por el estilo, por clavarle al texto alguna puñalada propia?: eso refleja la actividad de alguien que con toda la experiencia del mundo y con ese sueño de ser un hombre que escribe novelas que todos leen –como él mismo me lo ha contado- intenta rasparle algo a la posteridad.

Claro, hablar de posteridad es cínico si se piensa como decía Bolaño que con el tiempo ni Shakespeare ni Cervantes vivirán. Pero por ahora, querido Élmer, todavía seguimos leyendo a William y a Miguel.