La percepción que tenemos de nuestra vida es tan raquítica como la del anósmico, la del individuo privado del olfato que, en consecuencia, solo es capaz de notar los sabores básicos: dulce, salado, agrio y picante. Foto: Especial

La percepción que tenemos de nuestra vida es tan raquítica como la del anósmico, la del individuo privado del olfato que, en consecuencia, solo es capaz de notar los sabores básicos: dulce, salado, agrio y picante. Foto: Especial

Parece inevitable que solo podamos apreciar con nitidez una zona pequeñísima del mundo y que el resto, la mayor parte por cierto, se nos presente como un mazacote indiferenciado. Los occidentales somos ciegos para distinguir un oriental de otro y, en justa compensación, para ellos todos nosotros somos iguales. Hay que ser enólogo para apreciar la rica variedad de los vinos y entomólogo para diferenciar las decenas de miles de familias de escarabajos que existen: el mundo, salvo aquello de lo que sabemos, es un paisaje neblinoso donde destacan unas cuantas cosas: el mundo de todos es paupérrimo.

Y el problema más grave no es si el bosque es únicamente un montón de “árboles” donde no se destacan para nosotros cipreses de abedules, pinos de robles… y la enorme variedad de seres que están ahí, o si para nosotros la realidad es tan escuálida como nuestro parco repertorio de adjetivos; el problema mayúsculo es que la más importante área de nuestra vida se nos oculta detrás de esa misma pátina de ignorancia: somos prácticamente ciegos a lo que nos ocurre, a lo que nos afecta, a lo que tiene que ver directamente con nosotros: sentimos pero sentimos toscamente, sentimos miedo, amor, ternura sin saber apreciar bien a bien ninguna de esas experiencias y, si no las discernimos, lamentablemente es como si no nos ocurrieran.

Así, solo somos capaces de advertir extremos: bueno o malo, bonito o feo… sin la gama innumerable que media entre esas puntas: desperdiciamos nuestras experiencias. La percepción que tenemos de nuestra vida es tan raquítica como la del anósmico, la del individuo privado del olfato que, en consecuencia, solo es capaz de notar los sabores básicos: dulce, salado, agrio y picante. Dulce es el mango, el melón y la sandia, pero sin olfato todos esos frutos son meramente dulces. Y así, hay de miedos a miedos y de amores a amores; pero como no apreciamos las distintas experiencias son simplemente miedo o simplemente amor.

 Me he pasado un rato de la vida escribiendo y estudiando literatura y soy capaz de reconocer algunas figuras retóricas; pero aunque la danza me gusta me es ajena y no conozco siquiera el nombre de los distintos pasos y evoluciones que arman el discurso de una coreografía, y también me es ajeno el conocimiento de las mezclas con las que el albañil pega sus tabiques; ignoro los tiempos de secado, la dureza de los materiales, la distancia a que deben colocarse los castillos; soy ciego o casi ciego ante un muro y ante los vuelos de una bailarina, y me pasa lo mismo con la música y con otros idiomas y con la cocina y con la administración privada y pública… Sé tan pocas cosas que es como si hubiera pasado de noche por la vida.

Todos pasamos de noche ante la riqueza exuberante de la vida. Y no es que el mundo sea pobre, lo angostamos nosotros por nuestra incapacidad para apreciarlo. Ya sé que “entre todos sabemos todo” como dice un muro en Radio UNAM, pero también sé que en lo individual cada quien solo sabe lo que se ha tomado el trabajo de allegarse; de pensarlo, reflexionarlo, escarbarle y, por ello, también sé que cada quien, por más que se esfuerce, pasa de largo por la vida sin darse cuenta prácticamente de nada y algunos, efectivamente, de nada.

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@oscardelaborbol