Pensé que tal vez era un espejismo, una trampa de mi cerebro. En medio de mi masturbación mental, vi que él se levantó para insertar una moneda en la vieja rocola contigua a mí. “Este es el momento”, pensé, y me acerqué con el corazón latiendo tan fuerte que casi lo regurgito.

Su rostro áspero de surcos se asomó por encima del sombrero fedora. Escuché una voz de lija que parecía haberse originado dentro del mar. Un sonido que raspaba como si tuviera atorada una pequeña roca entre cada cuerda vocal, una amasijo de penas, ironía y mucho whisky y cigarros encima. El sello inimitable del que yo consideraba el último juglar del rock…

Ciudad de México, 5 de octubre (SinEmbargo).- Algo pasa en Tijuana que el tiempo parece transcurrir de manera distinta. La noche y el día tardan más en llegar. El cielo es más abierto, las estrellas cubren el firmamento de forma obsesiva, diamantina sobre un manto que se extiende y no termina. Así es como lo recuerdo, así lo guardo en mi mente.

Ahora pienso que los motivos de ese viaje fueron más azarosos de lo normal: la llamada de un ex jefe para participar en la grabación de un comercial gubernamental. No, no sonaba nada divertido, pero yo sin dinero y nada mejor que hacer, terminé por aceptar.

Era 1999 y me dirigía hacia la llamada “puerta de México”, donde empieza la patria, como dice su lema. Colindante con San Diego, estaba a pocas horas de una ciudad tan conflictiva como radiante de cultura y paisajes.

Mi labor era fácil, pero determinante dentro del equipo. Teníamos programado tres días de estancia y tres opciones de hotel y yo debía seleccionar el que considerara más adecuado, en esta ocasión el Hotel Astros… Nunca imaginé que el lugar que escogí hubiera sido tan decisivo en lo que pasaría al caer la noche del segundo día.

Al llegar, nos sirvieron café, pan tostado y un platillo local muy popular en el norte del país, llamado machaca: huevo revuelto con jitomate, cebolla y chile. La mezcla de ingredientes envolvía toda la cocina, pero dominaba el olor a jitomate; era un aroma agradable, reconfortante y hogareño.

Al medio día salimos a hacer tomas. La arena brillaba bajo un sol quemante. Era una gran panorámica y yo respiraba y exhalaba vehementemente, pues sabía que pocas veces en la vida iba a poder llenar mis pulmones de un aire tan limpio. Me limpié el sudor de la frente y al girar la vista observé algo; era una sombra alargada y sin embargo corpulenta. No le presté más atención y nos fuimos de ahí.

Al terminar la jornada, entramos al barsito del hotel. Ahí volví a ver esa silueta que horas antes se camuflaba entre el desierto. Pensé: “¿es él?, podrá ser cierto?”, pero mi propio raciocinio me censuraba con tan estúpidas conjeturas.

Después de un rato los demás parecían tener más ganas de regresar al hotel y meterse a nadar. Pero, verán, a mí me gusta tomar; la textura de la espuma blanca sobre mis labios, el líquido ligeramente rasposo de una cerveza bien fría que recorre la garganta y la sensación de entumecimiento y vahído es algo que disfruto mucho. Así que seguí bebiendo.

Aun no había aniquilado el contenido del vaso cuando noté que la sombra que me había acompañado de lejos durante todo el día, estaba dramáticamente cerca de mí. Digo “dramático” porque bastaba dar unos pasos hacia la mesa anterior a mí y quedar frente a frente con el personaje.

En medio del sopor etílico pensé que tal vez era un espejismo, una trampa de mi cerebro y su decreciente capacidad de distinguir entre fantasía y realidad. Lo cierto es que me conozco y hubiera necesitado una caja entera de esas botellas ámbar para comenzar a reproducir en mi mente cosas inexistentes.

Vacilante, volteé discretamente para confirmar mis deducciones. Entorné un poco los ojos para enfocar mejor el objeto de mi curiosidad y casi me caigo de la silla al ver, ahora sí claramente y en resolución 8K, que él era el sujeto cuyo nombre y apellido había repetido y exprimido en mi mente todo este tiempo.

Para ese entonces yo ya estaba más que seguro de la identidad de aquel hombre. Hurgué mil planes para acercarme a él, pero todo me pareció tonto e inadecuado. En medio de mi masturbación mental, vi que él se había levantado para insertar una moneda en la vieja rocola contigua a mí. “Este es el momento”, pensé, y cagándome de miedo y con el corazón latiendo tan fuerte que se me ocurrió que en cualquier momento lo regurgitaría, pronuncié:

Hmm, excuse me… Are you Waits… Mister Waits?

Su rostro áspero de surcos se asomó por encima del sombrero fedora de ala corta y cuero negro que siempre lo ha caracterizado. Llevaba unos jeans deslavados, un saco café pardo muy desgastado en los codos y botas que parecían haber caminado largos tramos. Al verme solo emitió una ligera risa y se dibujó una mueca afable, casi amistosa, en la boca rodeada ya de algunas arrugas. Me dio la impresión de que en ese solo gesto había un “me descubriste”.

Solo me faltaba escuchar la voz… ese sello único e inimitable del que yo consideraba el último juglar del rock.

Here I Am.

Escuché una voz de lija, profunda y ronca que daba la impresión de haberse originado en un lugar lejano dentro del mar, era un sonido que raspaba como si tuviera atorada una pequeña roca entre cada cuerda vocal, una amasijo de penas, ironía y mucho whisky y cigarros encima. Esa voz no pertenecía a este mundo, o por lo menos no a este tiempo.

Sí, realmente era Tom Waits.

Con una emoción casi infantil comencé a platicar con él. Era una persona realmente accesible. Mientras charlábamos yo veía como los dedos duros de Waits jugaban con los botones de la rocola. Me preguntaba qué canción elegiría; no había nada remotamente parecido a la música que él hace: era una lista larga de salsas, cumbia y música grupera. Pronto me di cuenta de que solo estaba viendo la portada de los discos y eso le divertía; chicas curvilíneas de grandes proporciones dentro de diminutos bikinis, colores chillantes y gráficos mal hechos.

Sentí una gran necesidad de pedirle su firma, una foto o algo que comprobara que lo que estaba pasando era real: la codificación del sueño a lo tangible. Me ilusionó la idea de poder invitarlo con mis colegas de trabajo, así que le extendí una invitación para comer al día siguiente.

En ese momento Tom hizo un ademán de desconcierto y se comenzó a cerrar en sí mismo. Yo me sentí todo un imbécil. Era evidente que el hecho de que estuviera ese día en un hotel lejos de la civilización y en medio del desierto de Tijuana, no era algo gratuito. Más tarde me explicó que de vez en vez viajaba a México para distanciarse un rato de la prensa y de la gente. “Siempre escojo lugares en donde haya buena comida”. Por supuesto se refería a la machaca y yo estuve de acuerdo con eso.

Desistí de la idea de cualquier autógrafo, imagen o invitación a comer. Era suficiente el privilegio de compartir esa guarida, la pequeña ratonera donde huía para esconderse y disfrutar algún manjar desconocido. Decidí no enfocarme en el Waits con mayúsculas y disponerme a intercambiar palabras con Tom, el tipo tranquilo, sencillo y cordial con el que compartía un tarro de cebada fermentada.

Tom me contó historias extrañas, cosa que no me sorprendió pues había puesto atención a la letra de muchas canciones como para intuir que sus relatos serían un conjunto de enseñanzas y humor retorcido. También hablamos de las cosas cotidianas: sus hijos, su tiempo libre y su ciudad, California, donde ha vivido desde que nació.

La conversación duró unos treinta minutos, después tuve que retirarme, pues un taxi esperaba para llevarnos a un burdel que decían era el más famoso por esos rumbos: el Hong Kong, en la calle de Coahuila.

Waits me comentó que era un gran lugar y volvió a hacer esa mueca de complicidad. Mientras yo caminaba hacia la puerta él agitó su mano despidiéndose. “Mexico waits Tom Waits”, fue lo último que le dije al que consideré un nuevo colega de viaje.