Los tiempos del odio es una novela intensa y de acción trepidante, en la que están presentes los grandes temas de Rosa Montero: el paso del tiempo, la necesidad de los otros para que la vida merezca la pena, la pasión como rebelión frente a la muerte, los excesos del poder y el horror de los dogmas.

Ciudad de México, 6 de abril (SinEmbargo).– Independiente, poco sociable, intuitiva y poderosa, la detective replicante Bruna Husky sólo tiene un punto vulnerable: su gran corazón. Cuando el inspector Lizard desaparece sin dejar rastro, la detective se lanza a una búsqueda desesperada y a contrarreloj del policía. Su investigación la lleva a una colonia remota de Nuevos Antiguos, una secta que reniega de la tecnología, así como a rastrear los orígenes de una oscura trama de poder que se remonta al siglo XVI. Mientras tanto, la situación del mundo se hace más y más convulsa, la crispación populista aumenta y la guerra civil parece inevitable.

Bruna tendrá que hacer frente a su mayor temor, la muerte, en una historia que es un certero y deslumbrante retrato de los tiempos en que vivimos.

Los tiempos del odio es una novela intensa y de acción trepidante, en la que están presentes los grandes temas de Rosa Montero: el paso del tiempo, la necesidad de los otros para que la vida merezca la pena, la pasión como rebelión frente a la muerte, los excesos del poder y el horror de los dogmas.

Fragmento del libro Los tiempos del odio (Seix Barral):copyright: 2018, Rosa Montero. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

***

3

La inmensa Oli se acercó con la botella de vino en la mano y le rellenó el vaso sin siquiera haberlo pedido. A veces era un asco que te conocieran así de bien, se dijo Bruna.

—¿Qué es de Lizard? —preguntó mientras le ponía una tapa de aceitunas.

—No tengo la menor idea —respondió la rep con excesiva rudeza.

Oli le lanzó una ojeada inquisitiva y rápida.

—Hoy le he visto en las pantallas públicas…

—¿Ah, sí? —se interesó Bruna a su pesar.

—Sí, pero no era de hoy. Estaban repitiendo algo grabado hace unos días. Sale todo el rato con lo de los jodidos Ins.

—EJI. Ahora son el EJI, ya sabes.

—Ya. Los mismos soplapollas de siempre pero más cabrones. Y con ayuda. A ése es al que hay que buscar. Al cabrón nuevo que los está ayudando. O utilizando.

Dicho lo cual, giró dificultosamente sobre sí misma y se alejó con majestuosa lentitud. A Bruna siempre le fascinaba observar sus casi imposibles desplazamientos a lo largo del angosto espacio que había tras la barra. Era como un buque de gran tonelaje atravesando una esclusa demasiado estrecha. La negra Oli era tan increíblemente gruesa, tan paquiderma, en fin, que bien podía ser una mutante: quizá se hubiera quedado así tras un mal salto de teleportación. Pero cualquiera se atrevía a preguntarle nada. ¿Tendría razón en lo del nuevo cabrón que utilizaba a los Ins? Podía ser. Oli era tan sabia como un buda.

—Hola, Bruna, ¿qué tal? ¿Dónde has dejado a Paul? La detective dio un respingo y descubrió con horror que el viejo Yiannis acababa de dejarse caer en el taburete contiguo, con sus cuatro pelos alborotados y su patética cara de arrugado mandril.

Éste sería peor. Éste no pararía de preguntar.

—No sé. Andará por ahí salvando el mundo. Me pillas yéndome —dijo la rep mientras se ponía de pie de un salto y salía huyendo, dejando al archivero con la palabra en la boca. Ya camino de la salida, levantó la voz y el brazo—: ¡Apúntalo en la cuenta, Oli!

Bum, retumbó la puerta al cerrarse detrás de ella. El silencio de la noche y la soledad de la calle fueron un alivio tras el bullicioso ambiente del bar, siempre demasiado ruidoso por lo pequeño. Bruna advirtió que, con las prisas, había salido con la copa en la mano. Si la veía un PAC la multarían, pero el bar se encontraba en un callejón poco transitado y era cerca de la una de la madrugada. Así que se recostó en la pared, disfrutando del ligero frescor de la madrugada, un humilde remedo del invierno, y dio un trago a su vino.

No veía a Lizard desde la mañana del día anterior. Desde que el inspector recibió aquel regalo grotesco, el pingajo de carne con su nombre tatuado. Bruna había tomado la decisión de no ponerse en contacto con él, de no llamarlo, de hacerle sentir su lejanía. Pero no había podido demostrarle su frialdad, porque no había vuelto a saber de Paul. Claro que tampoco había transcurrido tanto tiempo. Ni siquiera cuarenta y ocho horas, aunque se cumplirían muy pronto. En otras ocasiones habían pasado muchos más días sin hablarse. Y aun así… Esta vez lo estaba llevando mal, muy mal. ¿Cómo era posible? Cada día más débil. Y más furiosa.

—¡Ahhhhhh! —exclamó, frustrada.

Apuró la bebida de un trago y luego estuvo a punto de estrellar la copa contra el suelo, pero se acordó de Oli y, refrenándose, la depositó cuidadosamente en un extremo del dintel. Mientras se enderezaba, tomó una decisión: se metería un caramelo y se iría a la cama con alguien. El tratamiento habitual contra las tonterías.

Lo más fácil sería acercarse al Oooops para conseguir la oxitocina. Era un garito impresentable frecuentado casi en exclusiva por humanos vipis y probablemente por algún que otro especista, pero los camellos solían tener buen material (camellos de ricos, ya se sabía) y estaba a tan sólo un par de calles de distancia.

Recordó que era viernes al comprobar lo llenísimo que se encontraba el local. Caminó entre los cuerpos sudorosos como si avanzara por una piscina caliente, estirando el cuello para mirar por encima de las cabezas. Localizó al camello que conocía en su sitio de siempre, junto a los servicios, por si tenía que deshacerse del material; adquirió un caramelo de los azules, lo sacó del blíster y se lo metió debajo de la lengua. Un minuto después, su cuerpo se encendió y tomó el mando. Bendito cuerpo capaz de amordazar la mente. Con la piel ardiendo, Bruna bebió, bailó, se refrotó y mordió, presa de un hambre feroz pero feliz y fácil de saciar, una simple, indiscriminada hambre de cuerpo ajeno, de una unión tan sinuosa y tan casual como la de los gusanos. El mundo era sencillo y dentro de su cabeza flotaba una niebla tibia y húmeda.

De pronto la niebla empezó a disiparse. Mmm. Vaya, una bajada rápida, pensó la androide, parpadeando. Entre los jirones de bruma vio a un humano bajito junto a ella. Estaba desnudo. Y la miraba con fijeza.

—No me hagas daño, por favor… —imploró.

—¿Yo? ¿Te he hecho algo? —farfulló Bruna, asombrada, con la boca pastosa.

—¡No me hagas daño!

Debía de tener unos cuarenta años y no era tan bajito. Estaba en cuclillas, encogido sobre sí mismo, mirándola y temblando.

En torno a ellos, advirtió Husky mientras recuperaba los datos poco a poco, se fue materializando la sala de un apartamento moderno y sin duda mucho más caro que el suyo. Y ella también estaba desnuda. De pie junto a él.

—¿Es tu casa?

—Sí, tecnohumana —farfulló respetuosamente el hombre con un hilo de voz.

Bruna sacudió la cabeza con desaliento. El cerebro se movió de un lugar para otro dentro de su cráneo. No creía haberle hecho daño: los replicantes de combate tenían un mecanismo extra de control que funcionaba de manera automática. Pero en cualquier caso el tipo estaba aterrado. Empezó a buscar su ropa con la mirada.

—Oye, no sé qué ha pasado, supongo que nada, pero no tengas miedo que ya me voy.

—¡No no no no! —gimió el humano.

—¡Tranquilo, te digo que me voy! —repitió, irritada. Ya había localizado su mono de neoprex.

—No… no te vayas, por favor. A mí… a mí me gusta…

¡Ah! ¿Así que era de ésos? Bruna sabía que había humanos a los que les gustaban las reps de combate justamente porque les daban miedo, porque se sentían inermes ante ellas, pero nunca había tenido relaciones con uno de esos tipos y no sentía ninguna necesidad de adquirir semejante experiencia. Intentó verse desde fuera: alta, mucho más alta que él, con los músculos marcándose bajo la piel, la cabeza rapada, las pupilas verticales y la línea negra del tatuaje que ahora, desnuda como estaba, se le veía entera, recorriendo todo su cuerpo. Sí, tenía que reconocer que su aspecto podía ser amedrentante. El humano la observaba sin pestañear, casi sin respirar, de la misma manera que un ratón de campo observaría a la cobra que iba a devorarlo. Como hubiera dicho el maldito Lizard. Oh, por el gran Morlay, gimió Bruna para sí: no se sentía capaz de irse a casa sola, en la abrupta bajada de esa porquería de caramelo. Pupilas rasgadas de depredador, redondas pupilas de presa. Intentó recuperar la fiebre de la piel, pero apenas si se le puso carne de gallina.

—Espera. Espera —ordenó, extendiendo una imperativa mano delante de ella.

Y, pulsando furiosamente el móvil, pidió a un Servicio Express que le trajeran cuanto antes una buena botella de vino blanco.

4

Bruna despertó en brazos de su vieja amiga la resaca y con la agotada sensación de haberse acabado de acostar, cosa que debía de ser verdad. Antes de abrir los ojos, mientras las sienes le martilleaban, la androide calculó que llevaba por lo menos un mes enhebrando excesos. Demasiadas copas de vino noche tras noche. Dolor de cabeza y arrepentimiento cada mañana. Pero el arrepentimiento de hoy era descomunal, se dijo, estremecida, mientras iba rememorando lo que recordaba de la víspera. Que era poco y ya era demasiado. Qué estupidez haber tomado la oxitocina. Por no mencionar la botella de blanco.

—Debo de ser la única rep de combate con sentimiento de culpa —gruñó sin despegar los párpados.

Aunque los tecnos de cálculo e incluso los de exploración podían poseer personalidades más complejas, en los de combate predominaba la simpleza. No convenía que tuvieran problemas de conciencia: el arrepentimiento se avenía mal con la eficacia bélica. Pero ella, claro, ella de entre todos los tecnohumanos de la Tierra, había tenido la mala suerte de contar con un memorista como Pablo Nopal.

Todos los reps sabían que las reminiscencias de su infancia y de su primera juventud, hasta el momento de su activación a los veinticinco años, eran memorias implantadas, pero los estudios habían demostrado que tener recuerdos, incluso conociendo su falsedad, contribuía a la estabilidad emocional de los androides. De modo que los reps venían con una mema artificial de serie, y la carrera de memorista se había convertido en una pingüe salida para los escritores, sobre todo para los más mediocres. El problema era que Pablo Nopal, el memorista de Bruna, no era en absoluto mediocre. Era un tipo retorcido, probablemente malvado, puede que incluso un asesino, pero era un buen novelista y un hombre singular. Husky visualizó a Nopal contra el telón rojizo de sus párpados cerrados: elegante, atractivo, esquinado, oscuro. Las memorias artificiales de los tecnohumanos constaban tan sólo de quinientas escenas y eran de una convencionalidad plana y tediosa, vaporosos relatos de familias felices, fiestas de cumpleaños, perros saltarines. Sin embargo, Nopal había hecho con Bruna algo totalmente ilegal y terrorífico: le había escrito una mema atormentada y larguísima con varios miles de escenas. Aún peor: le había dado a Husky sus propios recuerdos. Y la vida de Nopal había sido atroz: padres asesinados, maltrato en el centro de acogida de menores, abusos del tío carnal que después lo adoptó. Cuando Bruna se enteró de que arrastraba el pasado de Nopal a sus espaldas, comprendió por qué ella siempre se había sentido diferente, un monstruo entre los monstruos.

—Todo ese dolor que me has dado, ¿para qué? —le gritó un día la rep a su memorista, desesperada.

—Posees muchas más escenas que los demás tecnos. Eres mucho más compleja. Conoces la melancolía y la nostalgia. Y la emoción de una música hermosa, de una palabra o un cuadro. Quiero decir que también te he dado la belleza, Bruna. Y la belleza es la única eternidad posible —contestó Nopal.

¿Tendría razón? Husky se preguntó, como había hecho en otras ocasiones, si hubiera preferido poseer una mema más simple. Respiró hondo, sintiendo cómo la jaqueca golpeaba sus sienes y la congoja su pecho. Apretó los dientes hasta que le dolieron. Hubiera preferido no ser rep. Hubiera preferido no morir. Tres años, tres meses y catorce días.

Se levantó de la cama experimentando el vago y tonto deseo de prenderle fuego al edificio. En una esquina del cuarto, intentando pasar inadvertido, Bartolo roía pacientemente uno de sus juguetes mientras la observaba cauteloso. Bartolo había aprendido a intuir sus estados de humor y a adivinar cuándo la resaca la estaba matando: no era un bicho tan idiota, después de todo. La androide miró a la mascota alienígena con el ceño fruncido y el tragón se apresuró a farfullar:

—¡Bartolo tranquilo! ¡Bartolo no dar lata!

Tenía un aspecto muy gracioso, con sus grandes narizotas, su pescuezo alargado y los pelánganos rojizos e hirsutos coronando su cabeza como una cresta. No era de extrañar que el pequeño mamífero doméstico omaá se hubiera puesto de moda en la Tierra, aunque en ocasiones podía ser un fastidio. Como el bubi tenía una voracidad caprina y legendaria, y si sentía hambre, cosa habitual, era capaz de devorar un zapato, un pantalón, el plástico de los superconductores o lo que fuera (de ahí su sobrenombre de tragón), la androide le había comprado en el centro veterinario una bolsa de juguetes confeccionados con recia piel sintética de búfalo, unos objetos durísimos que al bubi le encantaban y que se tomaba su tiempo en roer, y había acordado más o menos con el bicho que, si se veía en una necesidad masticatoria, cogiera un juguete y no otra cosa. Verlo ahora ahí con su cara de susto y el aro de piel artificial bien agarrado entre sus deditos oscuros amansó un poco la ferocidad de Bruna. Sonrió la androide, o al menos relajó la apretada boca, y la expresión del tragón se iluminó de alivio.

—¡Bartolo bueno, Bartolo bonito! —dijo con embeleso.

—Sí, sí, vale, vale. Muy bueno y muy bonito —gruñó la androide.

Husky tenía algunas cosas que hacer. Pequeñas obligaciones que la salvaban de la pasividad más destructiva, del deseo de meterse en la cama y no salir hasta que la atrapara el TTT, la muerte que le iba creciendo dentro del pecho desde que los ingenieros la crearon. Total, para qué. Para qué tanta emoción, tanta tensión, tanto moverse en la vida de un lado para otro, tanto anhelar, tanto desesperar. Para qué el deseo, el dolor y la nostalgia que le había proporcionado Nopal, si todo se iba a acabar dentro de nada.

Algo caliente y peludo se agarró a su pierna derecha. Bruna miró hacia abajo y ahí estaba el tragón, abrazado a su pantorrilla de pies y manos y contemplándola sin pestañear con esa transida expresión de amor que, la detective lo sabía muy bien, significaba que el bubi quería desayunar.

Sí, Husky tenía algunas cosas que hacer. Prepararle la comida a ese animal tonto que, aunque resultara difícil de creer, en una ocasión le había salvado la vida a la detective. Y trabajar un poco en los dos casos que tenía. Eran más bien tediosos, pero le pagaban las cuentas. Entre otras cosas, Bruna Husky no podía meterse en la cama a esperar el fin porque mucho antes de que éste llegara ya la habrían desahuciado y echado del apartamento por falta de pago. En este mundo, hasta para autodestruirse con estilo hacía falta dinero. Así era el capitalismo criminal, como decían los Instantáneos del EJI. De modo que Husky se duchó con vapor, anotó mentalmente que tendría que comprarse una nueva tarjeta de agua en el súper, preparó el desayuno para el bubi, se tomó un café y un Algicid contra la resaca, y se vistió con una camiseta y un mono ligeros pero térmicos: a mediados de febrero ya hacía bastante calor, pero podía refrescar inopinadamente. Y todo lo hizo despacio, muy despacio, con ese cansancio que no viene del cuerpo, sino de las pocas ganas de vivir. De no acabar de encontrarle sentido a seguir moviéndote.

De pie en medio de la sala, habló con una de sus clientas por la pantalla principal. El caso estaba prácticamente cerrado: Husky había reunido pruebas suficientes para demostrar que había sido acosada por la empresa de Turismo Húmedo para la que trabajaba. Que sus jefes le habían hecho la vida imposible, intentando que fuera ella quien se despidiera. Su clienta, una humana de unos cuarenta y cinco años, estaba en Nueva Venecia, a punto de conducir a un grupo de turistas en un tour submarino por la antigua Venecia, hoy sumergida. Soltó un pequeño chillido de felicidad cuando supo que Bruna había conseguido pruebas concluyentes y batió palmas como una niña. Estos humanos son siempre asquerosamente emocionales, se dijo la detective. Bueno, no todos: Lizard era tan reservado y rocoso como un rep. Tal vez fuera porque había sido educado por una androide desde los ocho hasta los quince años.