Con su impostura, Ricardo Anaya prostituye los dolores de quienes le cuentan sus historias. Imagen tomada de video, Twitter (@RicardoAnayaC).

La política profesional siempre es una puesta en escena. Ya sea un mitin de campaña, la inauguración de una obra, una sesión de Congreso, o una rueda de prensa. Esos eventos son la puesta en escena de ideas, decisiones y arreglos que se toman tras bambalinas y con guiones preestablecidos. Salvo excepciones, nunca son interacciones sociales ocurriendo en el momento.

Todos los días los políticos profesionales nos dan ejemplos de estas puestas en escena, y más ahora en tiempos en que dan prioridad a la difusión de sus mensajes en redes sociales antes que en los medios de comunicación tradicionales. Un buen ejemplo en este momento es la campaña en busca de la Presidencia de la República que está haciendo el panista Ricardo Anaya Cortés, quien ya buscó y perdió ese puesto en la elección de 2018. En aquella elección Presidencial, se le criticó por presentarse como un personaje frío y calculador, machetero de sus guiones, sin empatía y desconectado de la gente.

Como buen personaje robótico, Anaya trata de corregir sus errores y malos cálculos para reformatearse, para presentarse como la versión actualizada de su pasado político que busca con obsesión la Presidencia de la República.

¿Y qué se le ocurrió a este robot político? La original idea de que un aspirante a la Presidencia conviva directamente con la población, conocer sus problemas, platicar con quienes madrugan para trabajar, ir al campo y hasta comerse una tortilla en una casa pobre de un rancho del México rural.

Para presentar su original idea, Ricardo Anaya informó que renunció a una diputación federal gratuita (por la vía plurinominal) que le ofreció Marko Cortés, el presidente de su partido Acción Nacional (PAN). Dijo que no gracias, que él tiene como misión salvar a México y que para eso buscará de nuevo la Presidencia del país en la elección de 2024.

Y como copia chafa de lo que hizo Andrés Manuel López Obrador en su momento, anunció que recorrería mil municipios de México para conocer de cerca de la población. Mil municipios son menos de la mitad pues hay 2 mil 467 demarcaciones municipales en el país.

Tras el anuncio, Ricardo Anaya se ha dedicado a divulgar en sus redes sociales videos profesionalmente producidos de su encuentros en el México de abajo, con los pobres que siembran el campo o los trabajadores urbanos que se levantan a las cuatro de la mañana para hacer un recorrido en transporte público de dos horas y media a su trabajo.

Según su discurso, con este ejercicio de recorrer mil municipios del país y en cada uno de ellos platicar, comer y hasta quedarse a dormir con familias que viven los grandes problemas nacionales, el aspirante presidencial pretende conocer de manera directa las carencias y problemas cotidianos de la mayoría de los mexicanos y así cumplir su misión de salvar a México desde la Presidencia de la República. Algunos podrían pensar que qué buena idea y que eso deberían hacer los políticos que quieran gobernar este país. El problema es que todo esto es una puesta en escena, y como en el teatro, una ficción o una historia para entretener al público.

Los recorridos de Ricardo Anaya por el México profundo no son reales. Los encuentros de quien fuera candidato presidencial en 2018 con un campesino, una madre que tiene un hijo desaparecido o una enfermera que arriesga la vida en esta pandemia, no son charlas en la intimidad y con el deseo genuino de escuchar. No. Son videos costosamente producidos en los que participan detrás de cámaras un equipo que costará, probablemente, millones de pesos mantener en esta larga gira.

Con su impostura de tratar de entender y escuchar qué carencias, problemas y probables soluciones tienen estas vidas auténticas del México de abajo, el político profesional utiliza los dolores reales de estas personas para luego proyectarlas en videos estéticamente cuidados y estratégicamente difundidos como publicidad.

Con su impostura, Ricardo Anaya prostituye los dolores de quienes le cuentan sus historias. No se conduele de ellas, las aprovecha y mercantiliza en las redes sociales para alcanzar su objetivo personal de llegar a la pirámide del poder público en México.

Ricardo Anaya no solo se ve ridículo comiendo una tortilla con sal, durmiendo en un catre o viajando en una combi y el Metro atestado de pasajeros. El excandidato presidencial en realidad lucra con las historias de las familias del México de abajo, las exprime para sacarle provecho mediático y político. Y en este lucro político del dolor ajeno se muestra como el político miserable que es. En su mezquina mente de robot no parece haber lugar para la empatía y la compasión, sino una fría estrategia de campaña electoral y rendimiento en impactos y en likes.

Demuestra al mismo tiempo el desprecio clasista de quien siempre ha tenido privilegios y se acerca a los pobres sólo por conveniencia, por lucrar con lo que esas imágenes difundidas en sus videos puedan darle en rendimiento mediático y político.

La ridícula gira de Anaya en realidad es el fiel reflejo de las formas tradicionales y más usuales de los políticos profesionales. Usan a la gente sólo como decoración de sus puestas en escena. No les importan sus problemas reales sino el lucro político que puedan sacar de sus falsos acercamientos con los dolores auténticos del México de abajo.

Confío que la mayoría de los mexicanos notará la impostura que el robot político llamado Ricardo Anaya muestra en esas grabaciones y que no comprará la falsa y actuada empatía con los mexicanos que sí viven con carencias y dolores cotidianos y no cómo un cabronzaso aspirante a Presidente que utiliza los humildes hogares como escenografías para sus mensajes políticos.