"Pero no encumbremos la locura como se ha encumbrado el sudor por más que muchos genios hayan terminado locos y todos, sin excepción, hayan transpirado".

“Pero no encumbremos la locura como se ha encumbrado el sudor por más que muchos genios hayan terminado locos y todos, sin excepción, hayan transpirado”. Foto: Especial

Durante mucho tiempo, debido al ejercicio cotidiano de escribir y, muy señaladamente, al impacto que dejó en mí un pequeño ensayo de Edgar Allan Poe: Filosofía de la composición, anduve convencido de que la inspiración era un asunto de perseverancia y práctica, y no esa chapuza que los pensadores griegos llamaron “inspiración”. Incluso me empeñé en descifrar los mecanismos de la creación y hasta creo haber dado con algunas recetas eficaces para descongestionar la creatividad (véase mi libro Manual de creación literaria y algunas conferencias que sobre este tema puse a navegar en YouTube); hoy, sin embargo, me acerco con menos desdén a esa explicación mágica que atribuye la creación a las fuerzas sobrehumanas que se denominan musas.

Creí que el pesimismo de la Grecia clásica (no se olvide que ahí nació la tragedia y que en la Odisea se afirma varias veces que “el hombre es el ser más miserable de cuantos respiran y se arrastran sobre la Tierra”) era la causa de la estrambótica explicación sobrenatural para dar cuenta de la creación, pues con tan pobre idea de sí mismos no podían dar crédito a que fueran hechura suya las maravillas que salían de sus manos y, por ello, tuvieran que achacársela a alguien mejor: las musas.

Hoy, sin embargo, me alejo un palmo de mi convicción naturalista y veo con mejores ojos la idea de que en la creación no está uno solo, sino que hay si no “alguien más”, sí, al menos, “algo más”. Un factor extra que es el responsable de que surja en el lienzo, en el papel pautado o en la pantalla del procesador algo digno de vivir más años que su autor. Me refiero a ese plus que tienen las auténticas obras de arte y que las hace trascender efectivamente, más del éxito generalmente adulterado que brindan los contemporáneos: lo que se llama la prueba del tiempo o, si lo prefieren, el juicio histórico.

Hay algo más, algo más que el esfuerzo, el tesón, la necedad, el conocimiento, la perseverancia, en síntesis: algo más que el sudor. Porque el sudor no es la respuesta a la creación; es tan sólo una secreción corporal que se ha encumbrado por nuestro afán de que todo sea democrático; pero, por más que me gustaría que el arte fuera cosa de sudor, resulta que lo que vale la pena no necesariamente llega por más que se sude o por más que se estudie o por más que uno dedique su vida entera a cultivarse y a cultivar una forma de expresión que haya elegido. Salen melodías, es verdad, melodías que hasta pueden resultar pegajosas; surgen bodegones que pueden ser muy decorativos; se escriben cuentos, historias que se dejan leer pero no sale una obra de arte que trascienda. Hay “algo más” que no es Caliope ni Terpsícore ni Euterpe ni Talía ni las demás. ¿Que produce ese algo?

Platón lo sugiere en el Fedro cuando menciona la palabra “manía” y Dilthey lo analiza más de cerca cuando dice que “la diferencia entre un loco y un poeta es que el poeta controla las riendas de su estado alucinante”. Pero no encumbremos la locura como se ha encumbrado el sudor por más que muchos genios hayan terminado locos y todos, sin excepción, hayan transpirado. ¿Qué, de la locura?, ¿qué aspecto de la manía permite ese extra que da a la producción un valor fuera de lo común? Pues precisamente esto: que se trata de algo fuera de lo común. Todos somos individuos únicos e irrepetibles, pero, la verdad, es que somos bastante parecidos; que aunque nos sintamos originales y exclusivos parece que fuimos cortados por la misma tijera: somos normales. Normal no significa ni bueno ni malo, simplemente que los normales caen dentro del promedio, que son como la mayoría. El verdadero artista es extraño como lo es un extranjero, pero en su caso resulta que no viene de otro lugar, sino que siendo coterráneo se comporta como si no lo fuera: no piensa como todos, no se comporta como todos, no se le ocurren las mismas cosas que a los demás: es extraño entre los suyos y eso es lo que le permite, en ocasiones, añadir ese plus. Loco, pues, en el sentido de no adocenado.

Entiendo que esta idea está en extremo simplificada y que habría que añadir muchos y muy atinados golpes con el cincel para afinarla, pero creo que no son las musas, sino un desacuerdo con los cuerdos donde habría que buscar la razón de ese plus que en ocasiones poseen algunas obras. No son, pues, las musas, sino el no comulgar con la normalidad donde está la clave de la creación artística y, en general, de toda creación que sobrevive a su creador.

Twitter @oscardelaborbol