Supongo que por costumbres de por allá, como por acá comemos cerdos, pollos, tlacuaches, grillos, y otras cosas más, en Mongolia hace unos días a un individuo se le antojó comer una marmota cruda… ¡Bienvenida de nuevo, peste negra! Foto: Margarito Pérez, Cuartoscuro.

Estamos encerrados hace meses, como nunca había pasado en la historia, casi a nivel mundial estamos en cuarentena, no hay nadie que no lo sepa, todos estamos en peligro, todos hemos visto en las noticias, en redes sociales, hemos escuchado pláticas o por algún otro medio, pero seguro nos hemos enterado que las cosas no son como antes y no para bien, las cosas no son ni volverán a ser como estábamos acostumbrados, la realidad cambió y ya no hay duda.

Se supone que ahora estamos entrando a una fase de nuestra existencia en donde nuestra conciencia del entorno debería desarrollarse mucho más, saber que cada acción de nuestra especie contra la naturaleza tiene repercusiones, ya no hay cómo hacerse el tonto, no sólo lo estamos viendo de lejos en algún video documental y pensando que eso nunca nos pasará a nosotros, sino que lo estamos viviendo en carne propia, todos debemos estar encerrados hoy, entonces, ya que sabemos que si explotamos nuestro entorno algo malo sucederá, es fácil ahora estar al tanto de eso… bueno, debería ser fácil.

A pesar de todo lo que estamos pasando y de haberse comprobado que la pandemia que estamos viviendo hoy viene directamente de nuestro obstinado hacinamiento y consumo de animales, de esa producción explotadora que lleva a tener animales confinados en las condiciones más insalubres que podamos imaginar, claro, sin dejar a un lado que son extremadamente crueles para ellos, pareciera que no nos importa y creo que así es, no nos importa un carajo lo que está pasando, tal vez a una mínima parte de este mundo sí, pero para la mayoría parece ser que no.

Un inocente pangolín que fue consumido porque así se estila en aquellos lugares fue el transmisor de este virus que nos agobia, la COVID-19 llegó para quedarse y para gritarnos en la cara que lo estábamos haciendo mal, el pangolín con su virus es como aquel insecto que con sus colores le avisa a los depredadores que es venenoso y que no pasará nada bueno al comerlo, el planeta nos está diciendo con su pangolin y su COVID-19: “Ey, es muy peligroso seguir esta línea por la que han caminado siempre ustedes, humanos, su devastadora existencia tiene que cambiar de rumbo o las consecuencias serán peores” y nosotros, como un pájaro daltónico que no distingue colores, vamos directo a engullir un insecto amarillo brillante para después caer muertos en pleno vuelo.

Desafortunadamente hoy nada ha cambiado en el comportamiento humano, salvo usar un trapo en la cara y mucho gel antibacterial, increíblemente y a pesar de todo un nuevo brote de H1N1 con posible futuro pandémico ha surgido de unas granjas porcinas en china, ¿en serio? Así es, ya no se si reír o llorar, la enfermedad llamada virus G4 está genéticamente ligada a la gripe porcina H1N1 que causó una pandemia en el 2009 y “tiene todas las características de un virus candidato para una pandemia” se lee en el estudio publicado por la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Aumentar la producción de gel antibacterial?, ¿vivir distanciados por el resto de nuestras vidas?, ¿continuar con nuestras vidas de manera virtual? Seguro que sí, eso es muy fácil, al parecer para todos, al menos mucho más fácil que arreglar las cosas de raíz y dejar de devastar, dejar atrás la explotación de los animales, por qué dios nos libre de dejar de comer un buen plato de animal muerto, eso sí que sería demasiado, ¿no?.

Supongo que por costumbres de por allá, como por acá comemos cerdos, pollos, tlacuaches, grillos, y otras cosas más, en Mongolia hace unos días a un individuo se le antojó comer una marmota cruda… ¡Bienvenida de nuevo, peste negra!