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Jorge Javier Romero Vadillo

14/03/2024 - 12:02 am

El fracaso político de mi generación II

Pero la tragedia de la izquierda de mi generación es que los que llegaron a gobernar son los más obtusos y mañosos, los más dogmáticos, aliados de López Obrador, cómplices de su demolición institucional, incluida la electoral que les permitió encumbrarse.

“La generación que debió liderar y encauzar la transición democrática y la reforma del Estado acabó por dejar un desastre de ingobernabilidad con un Ejército empoderado”. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro

En el artículo de la semana pasada solo toqué de manera tangencial el principal estímulo para la inicial participación política de quienes, de mi generación, sí militamos en partidos, tanto para los que iban de radicales y antisistema y ahora se quieren hacer con el control absoluto del poder –porque lo ven desde una perspectiva leninista de conquista, un sucedáneo de la dictadura del proletariado que imaginaron en su juventud–, como para quienes después abandonamos la política para dedicarnos a hablar de ella o a influirla tangencialmente. Me refiero a la reforma política de 1977, la cual cambió sustancialmente el mapa partidista y la tolerancia frente a la actuación política de todas las corrientes, aun cuando el control hegemónico del PRI no estaba en juego.

Aquella liberalización exitosa hizo que nuestra generación fuera la más plural en décadas. Se vivió un clima de apertura real. Las reglas del juego establecidas para la entrada a la competencia electoral y al reparto de la representación estimularon nuestra militancia. Yo empecé en el Partido Socialista de los Trabajadores, matriz también de buena parte de quienes hoy administran los despojos del PRD.  En 1981 vino la unión de la izquierda promovida por el Partido Comunista y ahí confluimos, en la creación del PSUM, muchos cuadros jóvenes que queríamos hacer carrera política con una agenda programática. Para mí fue crucial la aparición del Movimiento de Acción Popular y su decisión de sumarse orgánicamente al nuevo partido, con aspiraciones a construir un polo electoral de la izquierda, en un marco de reglas cada vez más democráticas.

Muchos de quienes le entraron a la formación del PSUM fueron perdiendo cualquier entusiasmo por la militancia ante las curtidas prácticas de los militantes catecúmenos del estalinismo de la época heroica y del asambleísmo heredero del movimiento de 1968, pero había debate y se podía hacer, aunque cuesta arriba, política de ideas. Sin embargo, el cataclismo electoral de 1988 trastocó todo el espectro partidario. La candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas fue un revulsivo, que al final de cuentas produjo un partido dominado por sus memes priistas. Aunque muchos de quienes rompieron con el PRI en el 87 volvieron al redil en cuanto Salinas los perdonó y les dio empleo, la manera de estructurar al partido y el estilo personal de dirigir de Cárdenas hicieron que la discusión de las ideas fuera imposible, en un clima donde todo lo que importaba era quién acarreaba más a las asambleas.

Solo algunos heroicos, como Ricardo Becerra o Fernando Belaunzarán le entraron a militar con intenciones programáticas en el PRD. En cambio, los que traían banda detrás, con un discurso ultra y redes de demandantes radicalizados, ganaban a la hora de las posiciones, con el efímero paréntesis de 1996, cuando el partido decidió entrarle de lleno a la negociación de la transición democrática. Pero ese paréntesis se cerró pronto cuando llegó López Obrador a la dirigencia y convirtió al PRD en la opción de salida de las redes clientelistas del PRI. Ahí no cabíamos muchos que queríamos hacer política democrática: ganar espacios de representación para hacer avanzar agendas y para construir una opción racional de gobierno.

Por eso creamos Democracia Social. Y nos costó mucho trabajo porque la exigencia de asambleas para registrar un partido lleva a tener que recurrir a la simulación o a la contratación de operadores con redes acarreables. Las asambleas y la regla de desmantelamiento completo de las organizaciones que no alcanzan el porcentaje de votos han sido letales para la aparición de un partido socialdemócrata. La implosión de Alternativa Socialdemócrata en 2008 fue la mayor tragedia en el proceso de construcción de una opción electoral. Resultado de una comedia de errores, con egos desatados, no poca avidez por los recursos y antipatías irreconciliables, la ruptura de aquel partido fue culpa de todos los que participamos en ella. No supimos desarrollar nuestra institucionalidad interna y el desacuerdo se convirtió en una lucha del todo por el todo. Aquel batacazo expulsó de la militancia a un grupo talentoso de cuadros, rompió amistades de años y mostró lo dañino que es el sistema de asambleas para la construcción de una organización basada en la deliberación democrática y la elaboración programática.

No todo han sido derrotas. Tanto Democracia Social, como México Posible y Alternativa fueron partidos que lograron introducir temas a la agenda pública. Muchos otros grupos con vocación política no partidista lograron también influir en el proceso de construcción de la nueva institucionalidad democrática, en ámbitos tan importantes como el electoral o el de la transparencia. Y el activismo feminista y el pro-derechos también han obtenido avances notables.

Pero la tragedia de la izquierda de mi generación es que los que llegaron a gobernar son los más obtusos y mañosos, los más dogmáticos, aliados de López Obrador, cómplices de su demolición institucional, incluida la electoral que les permitió encumbrarse.

La derecha de mi generación tiene su propio fracaso: el Gobierno de Felipe Calderón. Durante el Gobierno de Fox algunos de mis coetáneos hicieron lo que pudieron, que fue poco, pues lo que pudo haber sido su gran aportación a la reforma del Estado –la profesionalización de la administración pública– acabó en una simulación que mantuvo intacto el sistema de botín, ahora exacerbado. La mayor reforma política de aquel gobierno se impulsó desde la sociedad civil: la transparencia de la gestión pública.

Pero el gran desastre de la derecha de mi generación fue el desatar la guerra contra el crimen organizado con las fuerzas armadas desplegadas sin control civil alguno. Y ese error garrafal marca su fracaso político. El primer presidente de la generación, Felipe Calderón, es el que desató la aberración política de lo que va del siglo: la militarización. Lo desopilante es que la pretendida izquierda haya abrazado la causa con vehemencia.

La generación que debió liderar y encauzar la transición democrática y la reforma del Estado acabó por dejar un desastre de ingobernabilidad con un Ejército empoderado al extremo, sin que nadie se le enfrente. Las dos candidatas pertenecen a la generación, son casi coetáneas. La oficialista aparece doblegada y defensora del despliegue militar, pero la opositora se queda corta a la hora de plantear la reforma sustancial de la seguridad y la justicia en un sentido liberal y legal–racional, absolutamente desmilitarizado. ¿Podrá alguna de las dos reivindicar a la generación y encabezar el nuevo pacto social que se requiere para reconstruir al Estado civil mexicano?

Jorge Javier Romero Vadillo
Politólogo. Profesor – investigador del departamento de Política y Cultura de la UAM Xochimilco.

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