Y todo por culpa de Gatell. Foto: Especial vía Museo Metropolitano de Arte.

La noticia de la muerte de Bella víctima de la COVID-19 tomó a todos por sorpresa. Al centro del salón, rodeado de flores blancas, el espectacular féretro abierto permitía admirar los bellísimos rasgos de Bella. Su madre, acompañada de la familia, mantenía su sana distancia con el cuerpo. Por aquí y por allá se escuchaban gemidos discretos y murmullos; casi todos exaltaban la desgracia de la difunta; ¡tan bonita que era! Una y otra vez relataban el verdadero vía crucis que fue recibir el cuerpo; tuvieron que mover todas las influencias posibles para que los dejaran hacer esta discreta oración fúnebre. Y qué decir de las últimas horas de Bella, habían sido un infierno. La prima Inés se atrevió a sugerir que no se cuidó. De inmediato el tío Andrés le asestó un soplamocos: ¡Todo es culpa de Gatell! Inés agregó tímidamente, pero si todos los días informaba a la gente. Andrés la miró fulminante; ¿ahora estás con la 4T? Ella se aterró, ¡ay no!, para nada, yo nomás decía.

El trabajo de la maquillista no pudo ser mejor, el cadáver Bella lucía como para una sesión fotográfica. ¡Tanta belleza para convertirse en ceniza!, lamentó alguien. ¡Eras mi obra de arte!, pensó David el mejor cirujano de México y examante de Bella mientras recordaba las horas de placer cobijados por las noches de adulterio y los acostones que habían compensado ampliamente las enormes cuentas del colágeno, botox, rellenos, hilos de oro que hicieron lucir a Bella radiante hasta el final de sus días. Irónicamente, ahí, post mortem se veía tan llena de vida. Al lado de David su estoica esposa se paró de puntitas para asomarse a ver a Bella; una risa sarcástica estuvo a punto de traicionar su rostro. Nunca fue tan hermosa como la amante de su marido a pesar de las cirugías sin costo; pero hoy la dicha de estar vivita y coleando, embargaba su alma. El que ríe al último ríe mejor, se dijo viendo a David compungido.

El grupo de las mejores amigas de Bella hizo la acostumbrada entrada, nada discreta, que provocó los comentarios de todos. ¿Quién diría, las casi hermanas que desfilaban en los antros ochenteros y se asoleaban en el Villa Vera de Acapulco llenas de ilusiones, hoy eran compañeras del desamparo ante la inexorable realidad? A pesar de su dolor, vistieron impecables los atuendos de moda y tapabocas en riguroso negro, ¿hay otro color? Los perfumes y maquillaje hacían del conjunto una especie de remake de las Kardashian región 4. Hasta para los momentos más trágicos debe existir el glamur, decía tan atinada Bella. La primera del grupo en morir dejaba una especie de impotencia y desesperanza en sus entrañables amigas.

Ana, que siempre rivalizó con Bella, tomó el papel de líder; con el dedo índice atrajo a todas y las agrupó en un rincón de la sala. Ni siquiera se había enfriado el cuerpo de Bella, como se dice, cuando iniciaron las especulaciones sobre los posibles culpables de su muerte. Ana tomó la voz cantante y habló quedo: Fue su entrenador el que la contagió, no matter what, después de la sesión de box acababan en el suelo y la de bichos que no brincaban de uno a otro. Lety miró a Ana tratando de ser razonable: Es que Moi está buenísimo y la energía que tiene es increíble. Pues igual se enfermó el muy idiota terció Lidia. Pero la COVID le hizo lo que el viento a Juárez, quién tuviera su edad y su fortaleza, agregó ensoñada Vicky.

Ana, como buena líder, se apresuró a informar: no te creas, ayer me contó que anda mal de los pulmones y que desde que volvió a circular se siente super down. Lety se horrorizó, ¿qué va a hacer si vive de entrenar señoras? Ana añadió pesimista, por lo menos la libró, no que Mike. Se santiguaron todas. Lidia se lamentó: lo de Mike es una desgracia, ¿quién nos va a cortar el pelo? Una voz débil interrumpió el alegato: pues yo ya me decidí, escuchen todas, voy a dejarme las canas. Era Carmen, la “sin personalidad” del grupo. Todas al unísono exclamaron: ¿Whaaaaaat? Ana la miró consternada: ¿Pero estás loca? Solo a ti se te ocurre, primero muerta que permitirte eso. Los dolientes voltearon a verlas molestos. Carmen protestó, ¿qué tiene de malo? la edad es la edad y no se puede ocultar. Ana reaccionó furiosa: ¿Cómo no?, bueno, cuesta una lana, pero mi reina, es de pésimo gusto y te ves fodonga. Los tapabocas resoplaban, las lágrimas eran detenidas con pañuelos de seda para no dejar que el rímel y el maquillaje terminaran en desastre. Qué horror tener que ahogarse atrás de estas máscaras.

Por un instante reinó el incómodo silencio. Al mismo tiempo se asomaron a ver a Bella que reposaba impasible. Un rapto de tristeza se apoderó de Vicky: Pobrecita, tan buena amiga, esta enfermedad no distingue ni clases sociales ni poder económico. Lidia suspiró: Es un monstruo que se nos viene encima a todos. Ana replicó afilando los ojos y la lengua: Y lo peor, el pinche Gobierno no hace nada. Lidia la miró cómplice: Como no ha hecho nada por la delincuencia, ni la economía, lo único que ha hecho este señor López es polarizar a México, mi marido está hasta el gorro y quiere que nos vayamos ya. Vicky la miró impresionada: Pero si yo me acuerdo que tu marido iba a hacer negocios con la 4T. Lidia se lamentó: Él también lo creyó, pero no le ha salido ni uno solo, además lo dejaron colgado con lo del NAIM, todo pinta para seis años sin trabajo, Lidia estalló en llanto, aunque a las demás no les quedara claro si era por la muerte de su amiga o por la situación de México. Lety se solidarizó con ella: Ay, ya ni me digas, por fin íbamos a tener un aeropuerto a la altura del primer mundo; qué manera de arruinar al país. Ana metió la estocada en los desesperados sentimientos de su amiga: Y deja tú lo del aeropuerto, mi marido dice que lo de Lozoya es pantalla de humo para ocultar las tranzas que están haciendo, se están robando todo. Esperanzada, Vicky exclamó: Por eso mi marido nos metió a lo de FRENA, poco a poco, pero nos estamos notando cada vez más, y es que allí dicen que si la cosa sigue así nos van a volver comunistas.

Carmen miró a sus amigas desconcertada, últimamente se sentía ajena al resto del grupo. Tímidamente se atrevió a preguntar. ¿Y para ustedes qué es ser comunistas? Lidia se adelantó: Pues que nos van a quitar nuestras casas, nuestro dinero, que todo se lo van a dar a los pobres y así. Vicky suspiró: Bendito Gilberto Lozano, es mi héroe. A mí como que me da penita ajena, es como muy gritón, ¿no?, respondió Carmen. Ay, mi chula, le reviró Ana, por lo menos se viste bien y usa buenos zapatos y boleaditos porque lo que es López, ¡ni el zipper se sube! Es qué Beatriz no lo cuida, se burló Vicky. Lidia las miró indignada: ¿Y ya vieron que Gatell sigue diciendo que el tapabocas no sirve? Carmen no se aguantó: ¡No dice eso, solo aclara que no es suficiente! ¿lo estás defendiendo Carmen? la voz de Ana se escuchó tan fuerte que los pocos deudos hicieron la señal de silencio: ¡Sh! respeto con la difunta. Ana miró hacia todos lados: ¡Ay, sorry!, pero es que lo que estamos viviendo es una pesadilla, Bella fue la muerta cincuenta mil uno, volvió a levantar la voz: ¡Y eso es culpa de Gatell!

Lidia estrechó a Ana: Estoy de acuerdo contigo Anita, mi marido está infartado, lo de los etiquetados es la más ruin de todas las acciones de ese desgraciado. Vicky susurró: ¡tan guapo que es! Carmen se atrevió a contradecir: Pero es que dicen que el azúcar es la causa de obesidad en los niños y que la mayoría de los contagiados que han muerto de COVID-19 es por diabetes y sobrepeso. Ana espetó furiosa: ¡No te dejes engañar Carmen, no seas burra!, Servitge es un santo, él y Coca Cola alimentaron al pueblo durante años, llegaban a donde no llegó nunca el Gobierno, ¿qué, ya te estás volviendo chaira?, concluyó con hostilidad. Todas las amigas vieron a Carmen reprobándola, ella se sintió morir, la amistad de toda la vida tenía sus minutos contados. A ver Carmencita, arremetió Lidia iracunda, te dejas las canas y las arrugas y hablas bien del cacas, ¿qué demonios te está pasando? Carmen la miró impotente: Yo no hablo bien de nadie, lo único es que no debemos atacar así nada más, falta un poco de información. ¿Un poco? Mi marido sabe muchísimo y dice que estamos peor que nunca y yo le creo, gritó Ana llamado la atención de todos. Carmen no pudo resistir: ¡Cómo le crees que no te pone los cuernos! Las amigas no pudieron reprimir la carcajada, bendito sea el tapabocas. En cuanto se repusieron del exabrupto, en conjunto voltearon a ver Carmen lapidarias. Estaba claro, una menos en la lista de las mejores amigas, bueno dos con Bella. Y todo por culpa de Gatell.