¿Dónde está la columna vertebral que me autoriza a decirme a mí mismo que soy el mismo, si soy tan diametralmente diferente? Foto: Óscar de la Borbolla.

Desde niño me han gustado las 7 diferencias, ese par de dibujos casi idénticos que difieren en muy pequeños -y a veces imperceptibles- detalles. Es, lo confieso, una ociosidad y más si se considera mi divisa de no perder el tiempo; sin embargo, justifico mi vicio pensando que me agudiza la percepción.

Hoy, con todo, he convertido en estampas dos días de mi vida, distantes exactamente por un año, para intentar ver objetivamente las 7 diferencias, y el resultado me ha confundido al punto del espanto, pues no han botado 7, sino miles de diferencias y, la verdad, solo porque intelectualmente comprendo que ambos días me pertenecen, es por lo que acepto que sean comparables, ya que, de hecho, son dos estampas que nada tienen en común. Así, así de abismalmente, cambia la vida.

Ya no siento ni sueño ni quiero ni amo ni me duele ni me preocupa ni me interesa ni pienso como hace un año. ¿Dónde está la columna vertebral que me autoriza a decirme a mí mismo que soy el mismo, si soy tan diametralmente diferente?

Ya sé que esto le ocurre a cualquiera y es, precisamente por eso, que he traído aquí este cuento. Porque, como la vida es un curso y uno va navegando siempre en el hoy, no suele repararse en los cambios, y uno se va deshaciendo con la creencia de que sigue impertérrito en el tiempo.

Más que las 7 diferencias habría que buscar las 7 semejanzas, porque, salvo mi nombre y dos o tres cuestiones básicas y harto generales, yo, al igual que cualquiera, me enfrento a una gigantomaquia cuando honestamente quiero encontrar lo inmutable de mi vida, porque, si uno no se engaña, descubre que cada instante forma parte de un proceso no progresivo, sino caótico: el que ayer dijo “te amo” hoy es indiferente o siente repulsión. El que hoy está desengañado de una causa, ayer habría podido morir por ella. El de hoy y el de ayer ni siquiera se entienden.

Sé que esto puede sonar exagerado o falso porque uno cree ciegamente en su memoria; pero nuestra memoria -que siempre actúa desde el presente- recrea “a modo” nuestro pasado para darnos el espejismo de coherencia y continuidad. Nos gusta creer que estamos firmes y recortados contra un paisaje que no cambia como en una foto; pero, en la realidad, ese contexto o paisaje que nos rodea cambia, cambian en él las cosas y cambian los demás y, sobre todo, cambiamos nosotros, pues en este mundo, nos guste o no, todo incesantemente se vuelve otro.

Así, me sigo llamando igual, vivo en la misma casa, me dedico más o menos a lo mismo y otras cosas por el estilo hasta completar las 7 semejanzas; pero qué poco dicen de mí mi nombre, mi domicilio, mi quehacer… qué poco dicen de este yo preciso que escribe hoy estas palabras.

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