Para la determinación el jurado del Premio Formentor de las Letras 2021 consideró a César Aira como uno de los artistas que asume los compromisos estéticos y sostiene una inquebrantable lealtad a los más íntimos deseos del alma creadora.

 Por Enrique Mendoza

Tijuana, Baja California, 15 abril (Zeta).- “Por la infatigable recreación del ímpetu narrativo, por la versatilidad de su inacabable relato y por la ironía lúdica de su impaciente imaginación”, el escritor argentino, César Aira ganó el Premio Formentor de las Letras 2021, informó el 12 de abril la Fundación Formentor en conferencia de prensa en Sevilla, España.

Integrado por Gerald Martin, Francisco Ferrer Lerín, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Anna Caballé y Basilio Baltasar (como presidente), el Jurado del Premio Formentor “considera que la constelación laberíntica de su obra es un inmenso crisol literario para las figuras de la cultura popular, los personajes de la gran ficción narrativa y los motivos visuales de las bellas artes”.

Además, se lee en el acta del Jurado del Premio Formentor 2021: “La escritura de Aira adopta técnicas cuyo rigor, frescura y soltura recuerdan las claves jazzísticas de la improvisación artística. Sobre las estructuras invisibles de la inspiración, el autor levanta escenarios y voces que desconciertan y alimentan la perplejidad del lector. Las convenciones de tiempo y espacio, paradigma que regula el oficio narrativo, aparecen en la obra de Aira como formalidades secundarias que son sustituidas a menudo por destellos y fulgores, recursos y licencias puestas al servicio de una bulliciosa inventiva”.

“Cabe celebrar que la fertilidad de su imaginación literaria acoja las figuras de lo grotesco, lo suprarreal, lo oscuro y lo transparente, lo sorprendente y lo desconocido, lo imprevisible y lo inesperado. La obra de César Aira confirma la certeza de la tradición novelesca, a través de la literatura se pueden vislumbrar las verdaderas posibilidades de la existencia. El simulacro estilístico de su conciencia literaria hace del humor un séptimo sentido, de la parodia la más reverente de las adoraciones y de la ficción novelesca un monumental elogio del ingenio humano. César Aira asume los compromisos estéticos del artista y sostiene una inquebrantable lealtad a los más íntimos deseos del alma creadora”, complementó el Jurado.

Portada del libro Entre los indios. Foto: Zeta

“El relato emprendido por Aira desde sus primeras publicaciones, el centenar de novelas escritas por el autor argentino, su fecunda y perseverante creatividad, conforman una audaz fábula del mundo postmoderno y confirman el arte poético de un excepcional malabarismo estético: sus incesantes variaciones literarias han hecho de su escritura una fuente inagotable de gozo, deleite y asombro. Por todo ello, por sus méritos, logros y virtudes literarias, el jurado concede a César Aira el Premio Formentor de las Letras 2021”, concluyó el Jurado.

LOS GANADORES

De acuerdo con su historia, el Premio Formentor es un galardón que se concedió desde el año 1961 al 1967, impulsado por la editorial española Seix Barral, con la colaboración de una decena de sellos extranjeros y los propietarios del Hotel Formentor de Mallorca.

Asimismo, aquella distinción tuvo dos modalidades, el Prix International (que reconocía a un autor de resonancia mundial) y el Premio Formentor (que se otorgaba a una novela presentada por alguno de los editores convocantes y luego era publicada por todos los demás). El premio se ha vuelto a conceder a partir del año 2011.

Los ganadores del Premio Internacional han sido:

– 1961 Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986) por Ficciones; Samuel Beckett (Irlanda, 1906-1989) por Trilogy.

– 1962 Uwe Johnson (Alemania, 1934-1984) por Conjeturas sobre Jacob.

– 1963 Carlo Emilio Gadda (Italia, 1893-1973) por El aprendizaje del dolor.

– 1964 Nathalie Sarraute (Francia, 1900-1999) por Les Fruits d’or.

 – 1965 Saul Bellow (EU, 1915-2005) por Herzog.

– 1966 (no concedido)

– 1967 Witold Gombrowicz (Polonia, 1904-1969) por Cosmos.

Además, el Premio Formentor ha sido ganado por los siguientes autores:

– 1961 Juan García Hortelano (España, 1928-1992) por Tormenta de verano.

– 1962 Dacia Maraini (Italia, 1936) por ETA del malessere.

– 1963 Jorge Semprún (España, 1923-2011) por Le Grand Voyage.

– 1964 Gisela Elsner (Alemania, 1937-1992) por Die Riesenzwerge.

– 1965 Stephen Schneck (EU, 1933-1996) por The Nightclerk.

– 1966 (no concedido)

– 1967 (no concedido)

– 1968 a 2010 (no se convocó)

– 2011 Carlos Fuentes (México, 1928-2012)

– 2012 Juan Goytisolo (España, 1931-2017)

– 2013 Javier Marías (España, 1951)

– 2014 Enrique Vila-Matas (España, 1948)

– 2015 Ricardo Piglia (Argentina, 1941-2017)

– 2016 Roberto Calasso (Italia, 1941)

– 2017 Alberto Manguel (Argentina, 1948)

– 2018 Mircea Cartarescu (Rumanía, 1956)

– 2019 Annie Ernaux (Francia, 1940)

– 2020 Cees Nooteboom (Holanda, 1933)

– 2021 César Aira (Argentina, 1949).

Portada del libro de César Aira. Foto: Zeta

LA ENTREVISTA

En 2018, César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) asistió a la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (FILEY), para presentar las reediciones de La liebre (Emecé, 1991; Ediciones Era, 2017); Entre los indios (Mansalva, 2012; Ediciones Era, 2017); y El testamento del Mago Tenor (Planeta, 2013; Ediciones Era, 2018).

Para fortuna de México, algunos de los títulos de César Aira pueden conseguirse gracias a Ediciones Era, que cuenta en su catálogo con obras como Un episodio en la vida del pintor viajero, Los fantasmas, La prueba, La Princesa Primavera, Las curas milagrosas del Doctor Aira, El congreso de literatura, La costurera y el viento, Cómo me hice monja, Cumpleaños y El pequeño monje budista.

En esa ocasión, 13 de marzo de 2018, César Aira también concedió una entrevista a Zeta donde expresó para empezar sobre su obra publicada por Ediciones Era en México:

“Estoy muy contento con Era, lleva creo que como veinte libros míos editados acá en México, me encantó la editorial porque yo leía los libros de Era cuando era adolescente y fue un lindo encuentro conocer a Mauricio Uribe (el editor), él se entusiasmó con mis libros. Yo siempre estoy muy agradecido con mis editores porque sé que conmigo no hacen grandes negocios, hasta creo que pierden plata, pero a ellos les gusta lo que hago”.

— Tras la reedición este año de “El testamento del Mago Tenor” en Era, cinco años después de su primera aparición en Argentina, ¿reedita sus libros o son ediciones corregidas o aumentadas? ¿Tiene algún argumento del porqué reescribir o no un libro?

“No hay, nunca, correcciones en ninguno de mis libros, porque yo he tenido siempre la política de que en el momento en que entrego un libro a un editor, ese libro murió para mí, o sea, no me ocupo más ni de las traducciones ni de las reediciones, ni de nada, ni siquiera de lo que hace el editor, si es el primer editor para el libro, la tapa que quiera ponerle, lo que quiera hacer; es para mí un modo de seguir adelante.

“El libro ya hecho quedó en el pasado y me ocupo en el siguiente; tanto es así que a veces me olvido de mis libros y me ha pasado de volver a escribir algo que ya había escrito, creyendo que lo escribía por primera vez”.

En El testamento del Mago Tenor, el Mago Tenor prefiere heredar su último truco, por lo que contrata a una compañía para que lleve de Suiza a la India el secreto a Buda Eterno; el elegido por la empresa europea de entregar las buenas nuevas a Buda Eterno es el joven Jean Ball, quien emprende la peripecia por la India.

Por supuesto, con Jean Ball en Bombay, la siempre genial narrativa de César Aira envuelve irremediablemente al lector con frases memorables como “Lo exótico se exhibía con un desparpajo heroico”, “Lo mismo pasaba con otro de los orgullos de la ciudad, el hotel Taj Mahal, el más lujoso de Asia cien años atrás, en el presente el favorito de los pobres: los precios seguían siendo altos, pero la suciedad y las moscas los hacían sentir como en casa”, se lee alguna parte de la excelsa narrativa de Aira.

— ¿De dónde viene su interés por la India?

Portada de El testamento del mago tenor. Foto: Zeta

“Realmente cuando pensé a quién le podía dejar el Mago Tenor su truco en su testamento, dije: ¿por qué no dejárselo al Buda Tenor?; bueno, el Buda está en la India pero yo no sé nada de la India, tanto es así que cuando en el barco el hombre llega a la India dije: ‘¿a dónde puede llegar?’; miré en un mapa y vi que Bombay estaba ahí.

“Entonces, fui a esta cosa tan servicial que es el Google, puse Bombay, ahí salieron varios datos, los tomé todos y los hice recorrer todos esos lugares; pero con una completa irresponsabilidad, ¿no? Un crítico en Argentina se reía cuando este joven abogado, Jean Ball, va a las casitas del Buda, se vuelve y toma el 132, que es el colectivo que pasa por la esquina de mi casa”.

— ¿No ha estado en la India entonces?

“¡No!, ni sé nada de la India”.

— ¿Cuál es el papel de un autor al llevar a un lector, a través de su obra, a un lugar donde nunca ha ido?

“Todos mis libros son así: yo no sigo ninguna documentación ni ninguna experiencia de vida, es todo imaginario, todo es imaginación. Por ejemplo, en Google vi que en Bombay había las cuevas de la Elefanta, o algo así, dije: qué bueno, no conozco la cueva de la Elefanta, no sé lo que son, ni me interesa en realidad.

“Yo comulgo con Raymond Roussel, que decía que había dado la vuelta al mundo varias veces, pero en sus libros no había la experiencia de los viajes. Un lector de toda la vida tiene en su cabeza mucha enciclopedia, entonces, yo he leído por supuesto novelas de guerra en la India, he visto películas, pero no siento la necesidad de documentarme, nunca lo he hecho ni lo voy a hacer; solo es el mínimo de documentación”.

Leer a César Aira es encontrarse con una riqueza literaria donde con exquisitez, la novela, relato, filosofía, poesía, aforismo y ensayo, comulgan en una sola obra. Obviamente, la novela de César Aira está hecha de poesía: “Un sapo reinaba bajo esos toldos”, “La profesión (del mago), huérfana de historiadores, vivía en un eterno presente”, “El tiempo se moría en los brazos de la eternidad”, se lee por El testamento del Mago Tenor.

“Yo voy improvisando lo que escribo a medida que voy escribiendo y me vienen esas frases. A veces, inclusive, como escribo en los cafés, me vienen frases de gente que está hablando a mi alrededor, sirve eso, sirve sobre todo para para salir de uno mismo, de lo que estoy pensando. De pronto alguien dice la palabra canguro, entonces ahí entra un canguro en lo que estoy escribiendo, para no hacer una literatura psicológica o una literatura de pensamiento personal, sino algo que se extienda a otras áreas”.

— ¿Cuál es su idea sobre los géneros literarios que habitan en su obra?

“Bueno, yo diría que en lo que trato de hacer yo, hay un gusto por mezclar los géneros, subvertirlos y sabotearlos por dentro; poner una reflexión filosófica que no tenga la conclusión adecuada o un relato de viaje en el que no se viaje.

“Creo que he tratado inconsciente de hacer una especie de enciclopedia de géneros en cada novela, poner una línea de policial, de intriga, una de romance, de sexo, sexo poco hay, cada vez más.

“A veces me preguntan por qué he hecho libritos tan breves que parecen cuentos largos, ¿pero qué es, cuento, novela? No, no es nada, es relato, es narración; con lo que más identifico es lo que en inglés se llama tale, como el cuento de ‘Las mil y una noches’; es decir, cuento en el sentido de contar algo y seguir contando lo otro”.

En la entrevista con Zeta durante la FILEY de 2018, César Aira también confesó algunos secretos de su proceso escritural, sobre todo considerando cómo en El testamento del Mago Tenor, un relato lleva a otro hasta que el lector descubre que ha terminado la novela.

— ¿Cómo es su proceso de creación?, porque incluso cada capítulo puede leerse como un relato independiente en una novela…

“Sí, pero eso me parece que va por el lado de la improvisación; como yo nunca pienso antes de empezar un libro, cómo va, qué argumento va a tener, me basta con tener una idea inicial, y a partir de esa idea ir inventando todos los días. Así que muchas veces una línea argumental se termina y tengo que reiniciarla con otra; a veces por mi modo de escribir”.

— ¿Hay un reordenamiento final de los relatos para armar la novela?

“No, se va haciendo página por página. Como escribo una página por día, al día siguiente a veces me he olvidado de lo que escribí el día anterior, toma otra línea, eso lo dejo así, a veces con una cierta desorganización porque me gusta escribir un poco sinuoso, no en línea recta el relato que va en línea recta.

“Me gusta hacer digresiones como en los ríos: afluentes distintos que se van para otros lados; en general soy como muy generoso con mis ideas, porque se me ocurre algo y eso escribo. A veces no pienso mucho si conviene que esté ahí, o sea, se me ocurrió, ahí queda; no soy muy exigente en eso”.

En El testamento del Mago Tenor siempre llaman la atención del lector algunas ideas filosóficas sobre el ser humano o la modernidad: “La gente común debía ir a las tiendas a comprar las cosas porque sus vidas eran limitadas, y si esperaban a hacer las cosas se morían sin tenerlas”, “… la delincuencia se hacía más y más habitual en esa área del Punjab y escalaba peligrosamente hacia la criminalidad salvaje. Una modernidad más digerida, un capitalismo desprovisto de escrúpulos sociales y humanos, la desocupación, el proxenitismo se conjugaban para crear un estado de miseria y abandono al que las grandes ciudades y los poderes centrales cerraban los ojos”, se lee también en alguna parte de la obra.

— En El testamento del Mago Tenor permanece la idea de un asceta que se aleja de la modernidad…

“Bueno, ésa es una de las líneas, pero justamente qué curioso, ahora estoy escribiendo un relato, una novelita, que se me ocurrió leyendo un libro muy hermoso sobre los pintores chinos tradicionales; esos pintores que se iban a una cabaña a la montaña, eran pintores, poetas también.

“Se me ocurrió hacerlo en mi pueblo, Pringles; en mi pueblo había y sigue habiendo un arroyo que corre cerca del pueblo, no es un río, es un riacho, un arroyo pero muy arbolado, se me ocurrió hacer que un pintor del pueblo, de cuando yo era chico en los años 50, se va como los pintores chinos, a una pequeña cabaña en el arroyo a pensar, a sentir la naturaleza, la soledad, como un asceta.

“Quizás es algo que está en mí, ese deseo no materialmente de irme a una cabaña en la soledad como Soro en ‘Walden’, sino que el escritor, por el hecho mismo de escribir lo que está imaginando, está en cierto modo aislado del mundo; el mundo rebota y se mete en su cápsula, pero esa cápsula existe. El escritor lo mismo que el lector, el escritor mucho más, crea su propio mundo, su burbuja, y ahí adentro trata de vivir feliz”.

— Finalmente, en su crítica a la modernidad y el capitalismo, ¿hay algo de autobiografía en la idea del aislamiento?

“Nunca es del todo autobiográfico, pero siempre es autobiográfico, porque ese tipo de ideas surrealistas que a mí se me ocurren, ideas locas, cuando las estoy escribiendo siento la necesidad de poner algo mío, no necesariamente autobiográfico, sino algo que es importante para mí, porque si no queda como un mero juego de la inteligencia, un juego como hacer un crucigrama; es decir, no tiene algo profundo, propio”.

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