“La voracidad del zombi es igual a la reducción del otro, a la minimización de la alteridad. Ya no somos capaces de vernos”. Foto: Especial

La película The Rezort, del director Steve Barker, cuenta la historia de un parque de atracciones de lujo situado en una isla tipo Jurassic Park. Sólo que, en lugar de dinosaurios, la principal actividad recreativa del parque es la cacería de zombis, ofertada a turistas del primer mundo para que liberen los traumas que dejó una guerra devastadora entre la humanidad y los muertos vivientes.

Llama mucho la atención que en la isla, además del complejo turístico están las instalaciones de un campamento de refugiados, administrado por una organización humanitaria internacional. El campamento, más allá de la pantalla solidaria, sirve para proveer de materia prima al complejo turístico, con humanos –de segunda–.

A diferencia de las primeras películas de zombis realizadas por George A.  Romero en los años sesentas y setentas del siglo XX, como por ejemplo: The Night of the Living Dead y Dawn of the Dead; en las que los zombis son lentos y uniformes. En series y películas recientes como The Rezort, emergen los zombies fitness. Mucho más voraces y ágiles que sus antepasados. Optimizados al grado que parecen entender los pensamientos y las emociones de los humanos.

Y es que, el zombi es un reflejo de nosotros mismos. Nos dice Jorge Fernández Gonzalo en su libro, Filosofía Zombi. En él, analiza las representaciones del muerto viviente, como proyecciones de los afectos y discursos de las sociedades de hiperconsumo contemporáneas. Pues la voracidad del zombi es igual a la reducción del otro, a la minimización de la alteridad. Ya no somos capaces de vernos.

En ese sentido, Fernández habla sobre cómo opera la mordedura zombi: “con mordiscos rápidos y certeros, cuando somos zombis a disposición del hambre consumista justamente porque, como buenos zombis, no sabemos que lo somos”.

Sin embargo, el mordisco no solamente opera a través del consumo (o subconsumo). También opera a través del miedo a la violencia del otro, desbordada por la violencia de las hordas zombies que no tienen deseo, sólo instintos. Y se mueven, según Fernández, “en las grandes concentraciones urbanas en donde el otro no es vecino sino motivo de alerta, la simbología zombi constituye esa humanidad desconocedora de sí misma, errante, peligrosa”.

Hace unos días circuló en tweet un video titulado: “¿Y cómo es la calidad de vida para el habitante promedio en la Cmdx?”. En él, usuarios del metro de la Ciudad de México, protagonizan una riña dentro de un vagón a reventar de gente, en la estación Etiopía por ahí de las ocho de la mañana. Los protagonistas se tiran golpes después de que uno le reclama al otro haberse metido en la fila y robarle un collar. Acto seguido, baja la palanca de emergencia para pedir apoyo policial. Y la horda alrededor lo castiga por detener el vagón, con insultos –celebrados en las redes por su acento chilango– y golpes que le dejan la nariz ensangrentada.

Y es que el régimen productivo zombi no produce códigos, ni lenguaje, ni comunidad. Se reproduce por contagio, en la prisa por cumplir los horarios de una cultura laboral anquilosada, como la que practica esta ciudad. Es un régimen viral, de zombificación mutua, entre quienes protagonizan los videos y quiénes los contemplamos en las pantallas, anestesiados por el horror/humor cotidiano. Si las representaciones del zombi son un espejo de nosotros mismos, nuestro mundo también se parece al suyo. Peregrinamos de un refugio a otro en la búsqueda por sobrevivir.

 

David Ordaz Bulos

@David_Orb