La obra de Míkel F. Deltoya proviene de la lírica hispánica del romanticismo, pero también se acerca a la propuesta contemporánea de Borges, donde el mundo del ensueño y el de la vigilia se confunden de manera que ya no es posible distinguir uno de otro, se vuelven una quimera posible.

Por Héctor Arturo Sánchez

Ciudad Juárez, Chihuahua, 18 de enero (JuaritosLiterario).- Las dos primeras composiciones del plaquette Aridoamerican Standoff, de Míkel F. Deltoya, nos adelantan los temas recurrentes y el contexto del poemario publicado en Ciudad Juárez, hace apenas unos meses por Anverso Editores: infancia, sueño, memoria, esoterismo, arquetipos del western, referencias a figuras revolucionarias, comunidades indígenas y escritores del norte.

El poema que abre el libro, titulado “Uno: el indio”, nos presenta al personaje de Nellie, una niña que se nos irá revelando, en el transcurso de la obra, como víctima de asesinato y violación. En los versos hay una referencia a la escritora Nellie Campobello (recordemos que también fue conocida por ser una notable bailarina y precursora del ballet en México) y a su obra Cartucho, en particular a algunos relatos, como “Las cinco de la tarde”.

Dicho crimen, en Aridoamerican Standoff, funge como el leitmotiv de una secuencia narrativa en donde el autor juarense nos presentará otros personajes que cobran relevancia en la trama. En esta primera pieza ya podemos apreciar el entorno en el que se desarrolla la narrativa poética: las Barrancas del Cobre, el desierto y la llanura.

Por tanto, no es fortuita la presencia del baile, la danza y la música salida del Chapareque, instrumento de cuerda autóctono de la comunidad rarámuri, cuya forma asemeja a un arco de cacería, en el cual son necesarios la boca y cuerpo de la persona para su resonancia; es decir, el ser y el aliento se convierten en música. El ejecutante se vuelve también el instrumento. Encuentro en esto, además de una obvia belleza filarmónica, una relación con un elemento recurrente: el viento, que en Aridoamerican Standoff sostiene un simbolismo de caos y muerte. Se puede constatar lo anterior citando extractos de algunos de los poemas de Deltoya.

“Uno: el indio”, poema que abre el libro, nos presenta a Nellie, una niña que se nos irá revelando, en el transcurso de la obra, como víctima de asesinato y violación. Foto: Especial

En “City of Dis”, la voz lírica enuncia: “reconozco mi carne que se entumece / y también esa bandera-vestido-rosa bajo la noche templada, / ondulada por aliento de espectro”. Otra composición, “Esténdof”, retoma la imagen del indio gólem; “el viento lo inmola, / lo pulveriza, / lo esparce en un doloroso grito de adobe”. Al final, el “Epílogo” cuestiona “¿por qué el viento / se articula en murmullos?” La pregunta encierra una connotación distinta que se desprende y depende de la premisa propuesta en el segundo poema del libro, “Lullabies”, en el que las canciones de cuna se entremezclan con conjuros.

El sujeto lírico en primera persona del plural, de esa composición, se posiciona desde la experiencia de una cantidad no dicha de niñas o niños, que son reprendidos por el personaje de la “agüela”, quien tararea esos conjuros. Los infantes toman un brebaje hecho de serpiente, el cual los induce a un estado de alucinación desde donde aparecerán otras voces y sujetos liricos alternándose en primera o tercera persona:

“Éramos hormigas / refugiadas entre las piedras / ante el enojo de la tolvanera”. El viento aparece aquí como un presagio del inicio de la historia. La arena y el viento nublan la conciencia y dan pie al ensueño en el cual un tridente de personajes toma la voz a través de la testificación de los menores: el Sheriff, cuyo conflicto es concretar la venganza del crimen de la niña Nellie; El Bandido, responsable del crimen; y el indio que desea la venganza contra el Sheriff por desplazar de sus tierras a su comunidad. Este recurso del sueño como contexto se apega a la tradición contemporánea de la poesía onírica.

Anteriormente, en la lírica hispánica anterior al Romanticismo –desde las cantigas medievales, al Romancero, así como la barroca del Siglo de Oro– aparece una distinción total entre pensamiento y elaboración onírica, es decir, entre la comunicación de la vigilia y la del sueño. Se podría considerar entonces, que lo que se sueña queda libre de las reglas morales de la vida en sociedad. En el Romanticismo, en cambio, el mundo del ensueño se transforma en el lugar privilegiado de la poesía. Gustavo Adolfo Bécquer cohabita con sus fantasmas y cada verso se engendra de ellos. Estos seres representan la evocación misma y, por lo tanto, encarnan lo ideal, opuesto a la realidad, vista comúnmente como una fuente material y pragmática, en otras palabras, simple y mezquina.

La obra de Míkel proviene de esta dinastía, pero también se encuentra cercana a la propuesta contemporánea de Borges, donde el mundo del ensueño y el de la vigilia se confunden de tal manera que ya no es posible distinguir uno de otro, se vuelven quimera posible.

En conclusión, este viento que emite el indio desde su chapareque representa un mal agüero, al tiempo que es ese murmullo que arrastra la historia desde el ensueño. Nos encontramos, entonces ante una obra, cuya estructura se supedita a la imaginación narrativa de Mikel F. Deltoya, sin que por ello carezca de las fortalezas de potentes versos sonoros, bien construidos en donde el significante se posiciona paralelamente al significado, trayéndonos una lectura dinámica y de gran virtud.