"Para la sociedad convencional, Lulú es una prostituta que se merece lo que le ocurre".

“Para la sociedad convencional, Lulú es una prostituta que se merece lo que le ocurre”. Foto: Especial

La vida de Lulú es similar a la de muchas mujeres usadas y abusadas por los hombres. La joven de apenas quince años simboliza el arquetipo de la belleza y el mal. Su origen procede de un mito. Creada con los atributos de las diosas y las falencias de los seres humanos, Pandora significa “la que tiene todos los dones” pero inspira a cometer todo tipo de perversiones en su contra. La belleza mítica que abrió la caja y condenó a la humanidad, encarnó en tres de las obras feministas más significativas del siglo XX. La primera es la obra de teatro de 1918, La Caja de Pandora, de Franck Wedekind que causó escándalo por tratar el escabroso tema del erotismo femenino y la prostitución. En 1928 fue adaptada por Georg Wilhelm Pabst al cine y protagonisada por la legendaria belleza Louise Brooks. Más adelante, en 1937, Alban Berg creó una de las óperas más crudas, intensas y, hay que reconocerlo, poco placenteras, Lulú.

La experimentación del autor con la dodecafonía creada por Arnold Schomberg el músico que dio origen a la Segunda Escuela de Viena, somete a quien la escucha a un verdadero tour de force. Berg creó un complejo palíndromo, es decir, un espejo que funciona de manera ascendente y descendente en cada uno de los personajes que, además, están caracterizados por un leitmotiv específico. Los abismos en los que entran las voces disonantes, expresionistas, rotas, nos convierten en jueces y verdugos de la inocencia de Lulú. Nadie queda fuera.

Tratar de despejar la complejidad de la composición es como arrojarse a desmembrar el misterio; quien presencia la puesta debe someterse al rompimiento total que exigen la orquesta, las voces y la trama. El discurso musical saturado de notas fracturadas exacerba la estridencia en su conjunto, es el símbolo de la incomprensión de la Belleza que personifican quienes rodean a Lulú. A lo largo de tres actos y un epílogo, sin duda es una de las experiencias auditivas más fascinantes que se hayan escrito después de Wagner y gracias a él. Nos deja absolutamente seducidos y en deuda con un ser cuya fragilidad y pureza han sido sacrificados para el deleite de los demás.

Femme fatal o víctima, prostituta o santa, Lulú está condenada por su inalcanzable belleza en manos de una sociedad ansiosa de consumirla. La joven es una página en blanco en la que los hombres y mujeres que la desean quieren escribir sus más bajos, perversos y enloquecidos instintos. Casi niña, Lulú se vuelve el mapa que todos quieren colonizar. El trofeo exhibido a costa de su propia humillación, el sometimiento de Lulú engrandece momentáneamente a quién la ha conquistado. Después será desechada como si fuera un simple pasatiempo. Pero Lulú también es una victimaria de quienes la esclavizan y es que jamás podrán atrapar su alma. La paradoja de la belleza es que nunca se ha podido apresar, es el eterno enigma que quedará sin conclusión: se obtiene a la mujer, se le humilla y rebaja, pero lo femenino será siempre un fugaz gozo inatrapable.

El vía crucis de Lulú es el del espectador que no solo se expone a una forma distinta de generar música por demás exigente, también se convierte en la sombra de esa seductora fantasmagoría; es el testigo de un sistema patriarcal que puede destruir lo que considera su propiedad sin ser juzgado. Para la sociedad convencional, Lulú es una prostituta que se merece lo que le ocurre. Los demás la ven como una insaciable buscadora, “zorra”, como les gusta acusar a quienes se consideran ejemplares por su “alta moral”. Pero la realidad es que todos ven a Lulú con envidia y con lascivia.

Mientras, a ella el amor no le es suficiente, el dinero y el poder no podrán reducirla, el sexo no la subordinará, la vida de comodidad burguesa la horrorizará. En cualquier estatus que pudiera instalarse, Lulú se sentirá ajena, romperá con cada uno de sus amantes incluso se convertirá en asesina. Esta mariposa con los días contados irá revoloteando con su delicadeza y fragilidad alrededor de eso que tampoco podrá poseer, metáfora de la búsqueda de sí misma. Lulú no tiene puerto que la reciba; para poder asirse de algo, debería tener una vida interior pero su mítica belleza por condición es vacua; es eso, belleza pura, infértil.

La belleza es una noción que carece de esencia. Es apariencia que no puede reconocerse más que en un intento narcisista: el efímero reflejo en el agua que se desvanece; el agua se enturbia de lujuria y de voracidad por la urgencia de cohabitar en ella. Pero quien la habita, habita el vacío. Nada en ella tiene fondo, o en todo caso su fondo es un túnel oscuro, incierto, sin fin. La misma Lulú se pierde en él, se deja caer y en su caída desesperada clama justicia por todas las mujeres ultrajadas. Pero después de ser desgarrada por dentro y por fuera, Lulú no es más que un cadáver que se pudre.

Lulú es todas las mujeres que han vivido el acoso permitido por una sociedad que exhibe y vende la belleza a cualquier precio. Que han muerto mártires en manos de asesinos que destazaron sus cuerpos, sus sueños y su inocencia. Lulú como tantas otras, nació para ser lacerada, vulnerada por un mundo que no la comprende y al que no le interesa más que explotarla. ¿Quién quiere alojar a Lulú en su territorio si no es más que rival de las mujeres y pecado para los hombres? Beneficiarse de ella, derrocharla, odiarla, agotarla hasta que no quede más que un despojo. Lulú jamás será amada a pesar de ser deseada, asediada.

Por eso la ópera de Alban Berg es tan valiosa, no solo nos expone a la novedad que ofreció la música del siglo XX, es también el diván psicológico en el que lo femenino es sacrificado para enaltecer la mediocridad e intrascendencia de los demás. Quien no tiene esa belleza, la ambiciona y en el momento en que la posee la destruye. Esa belleza nos sumerge en su inescrutable poder por tres horas de escenas fantásticas (desde un circo hasta una miserable buhardilla), en las que es asechada, adorada, perseguida, prisionera, hasta llegar a encontrarse con el más famoso asesino de la historia, Jack el Destripador.

Lulú no solo es un mito que nos confronta con la naturaleza humana y sus instintos, es además un canto desmesurado que denuncia a todos los que han vuelto a las mujeres objeto de su uso personal. Es la prostituta santa, el grito desgarrador de todas las mujeres a favor de otras mujeres que han muerto en el anonimato y cuyo único pecado es la incomprensión de la belleza. Y, desde luego, se trata de mucho más que una ópera: En México, no lo olvidemos, padecimos 888 feminicidios en 2020.

Aquí el doloroso final con la espectacular soprano Marlis Petersen:

Y con subtítulos esta versión del Festival de Salzburgo:

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