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Alejandro De la Garza

22/04/2023 - 12:03 am

La privatización de Paz

Ese Octavio Paz, celebrado por el grupo que se lo ha apañado y lo ha privatizado, dice poco o nada a la gente más allá de ese reducido entorno. Y es triste

Rafael Lemus y Octavio Paz. Foto: INBAL/Especial

El sino del escorpión fatiga la información y las columnas publicadas para conmemorar los 25 años de la muerte de Octavio Paz, acaso el poeta e intelectual mexicano más influyente de la segunda mitad del siglo viejo. El alacrán lee en la prensa variadas notas intrascendentes escritas para llenar las mínimas secciones de cultura y, además, escucha las alabanzas leídas en telepromter por los despistados comentaristas de la televisión; pero, sobre todo, revisa las conmemoraciones celebradas en el Colegio Nacional, en la recién inaugurada Casa Museo del poeta y una nota en algún suplemento cultural superviviente, actos ceremoniales realizados por los integrantes del grupo que se ha apropiado de la figura de Paz, quienes lo han privatizado, como dice el ensayista Rafael Lemus es su agradecible columna, contenciosa y crítica, sobre el legado del Premio Nobel de Literatura mexicano.

El Colegio Nacional (de obvia filiación krauziana), recibió a varios de las y los protagonistas de ese grupo “dueño exclusivo” de Paz, ellos y ellas integrantes o colaboradoras de la revista Letras Libres, amigos, admiradoras, discípulos y compañeros del poeta en sus empeños editoriales: Fabienne Bradu, María Baranda, Guillermo Sheridan, Roger Bartra, Alberto Ruy Sánchez, Enrique Krauze, Gabriel Zaid, Malva Flores, Adolfo Castañón, Aurelio Asiain y Christopher Domínguez. Muchos de quienes han escrito en el último cuarto de siglo (y aún antes) ensayos, biografías, estudios, poemas y libros sobre Octavio Paz, y son de una u otra manera beneficiarios de su figura artística y política.

Por ejemplo, Castañón ha dedicado la mitad de su vida al estudio de Paz, a clasificar y revisar su obra, ha publicado al menos tres libros sobre él (uno de ellos de casi 800 páginas) y ahora trabaja con varios investigadores en un índice alfabético de personajes, obras y artículos citados en las Obras Completas de Paz. Entre las biografías del poeta, figuran las escritas por Krauze, Sheridan, Ruy Sánchez y Domínguez, y aún, sobre el poeta y su amistad con Carlos Fuentes, Malva Flores escribió un libro reconocido con el Premio Villaurrutia en 2021. El escorpión destaca la decepcionante nota de Christopher Domínguez publicada en el suplemento cultural Confabulario, porque en ella la celebración del legado del poeta es un inadecuado pretexto para criticar por enésima vez la “deriva autoritaria” del Gobierno actual.

Frente a tan apabullante actividad intelectual, se pensaría en una obra paceana aún vital, leída, discutida, vigente y capaz de aportar algo al presente. Sin embargo, lo perdurable es el deslumbramiento de su poética de ambición a veces cósmica, en efecto, pero con todo, una obra poética poco leída, sin discípulos ni influencia reconocible en la poesía mexicana actual, que es ciertamente más radical y terrena, menos planetaria, menos sacralizada y venerada como exclusiva de zona Vip.

Breve historia de nuestro neoliberalismo (Debate, 2021). Foto: Especial

Para explicarnos este fenómeno (lo inútil de tanto intento sectario de promoción de Paz), el venenoso recomienda entonces la columna de Rafael Lemus, “Octavio Paz no tiene quien le escriba…”, publicada en la Revista Gatopardo. Como es sabido, Lemus fue durante la primera década del siglo el crítico literario más joven y brillante de Letras Libres, pero hacia 2011 se retiró de la revista acusando censura hacia las prácticas de izquierda, sistemática desatención a problemas como la desigualdad, la exclusión y la precariedad económica, y falta de crítica al presente, las sociedades capitalistas y nuestras limitadas democracias liberales. En 2021 Lemus publicó Breve historia de nuestro neoliberalismo. Poder y Cultura en México (Debate), libro celebrado en la gayola y aún en los palcos del circo literario y cultural (pero criticado con cierto enojo cínico por el comisariato de Letras Libres), entre otras cosas, por sus bien documentado e inteligente análisis de las cambiantes posturas políticas de Paz, que terminarían en un liberalismo nostálgico y anacrónico, una crítica clasista y racista al neozapatismo y el acompañamiento displicente a los regímenes neoliberales.

Escribe Lemus: “tantos homenajes terminaron por petrificar a Paz. Una y otra vez celebrado desde el poder político y económico, Paz acabó por hacerse —ya en vida y aún más en muerte— de una imagen más bien solemne y gravosa”. Los ensayos de Paz también fueron perdiendo pertinencia, vigencia, ¿quién recuerda hoy sus tesis sobre la modernidad como tradición, o sus análisis de un sistema político que se extinguió para dar paso a la devoradora e insaciable máquina neoliberal? No hay herramientas en sus ensayos políticos para enfrentar el presente, insiste Lemus, ni las reflexiones de género y de clase, ni el horror de la necropolítica, ni los nuevos impulsos intelectuales a los que Paz calificó de simples modas. Bueno, ya para terminar en paz, Lemus escribe: “ni siquiera hoy, cuando al fin mal gobierna una administración que se declara antineoliberal y de izquierda, el pensamiento de Paz termina de recuperar su filo, acaso porque sirve para condenar los populismos pero no para pensarlos”.

¿Por qué ha pasado esto con la figura de la mayor relevancia cultural en México en la segunda mitad del siglo XX?, nos preguntamos con Lemus, y aquí volvemos al inicio: “Pasó, también, que un cierto grupo lo reclamó tanto, lo explotó a tal grado, que terminó por privatizarlo. Hoy nadie disputa al pobre de Paz desde ningún otro sitio: fue conquistado y apañado por un puñado de escritores —reunidos casi todos alrededor de la revista Letras Libres— que ha lucrado efectivamente con su memoria. Tan adosado está hoy Paz a ese grupo que muchos de los tropiezos de ellos parecen también suyos”.

Ese Octavio Paz, celebrado por el grupo que se lo ha apañado y lo ha privatizado, dice poco o nada a la gente más allá de ese reducido entorno. Y es triste, porque “tantos cariños de las administraciones neoliberales provocaron, naturalmente, que Paz se volviera sospechoso, o de plano repelente, para muchos de los adversarios de esos gobiernos”, reitera Lemus.

El alacrán no se engaña y sabe de la resistencia de los “propietarios” de Paz (como ha ocurrido en diversas disputas por la Fundación que se fundó con el nombre del poeta, o por los materiales de su legado que hoy exigen como propios desde el Colegio Nacional), pero iluso, decía el venenoso, aún espera que la crítica en algún momento logre lo que los corifeos y dueños simbólicos de Paz no han logrado en tanto tiempo, que la estatua del poeta, aligerada sin la densidad y pesadez de sus apóstoles, se desplome feliz. Y que los lectores puedan, ahora sí a ras de suelo, acercarse sin intermediarios dudoso a un Paz más sencillo, más disfrutable en el gozo y la iluminación de su poética.

Alejandro De la Garza
Alejandro de la Garza. Periodista cultural, crítico literario y escritor. Autor del libro Espejo de agua. Ensayos de literatura mexicana (Cal y Arena, 2011). Desde los años ochenta ha escrito ensayos de crítica literaria y cultural en revistas (La Cultura en México, Nexos, Replicante) y en los suplementos culturales de los principales diarios (La Jornada, El Nacional, El Universal, Milenio, La Razón). En el suplemento El Cultural de La Razón publicó durante seis años la columna semanal de crítica cultural “El sino del escorpión”. A partir de mayo de 2021 esta columna es publicada por Sinembargo.mx

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