El Presidente Andrés Manuel López Obrador.

“Para destruir un régimen se requieren la valentía, la furia y la insensatez; para construir uno nuevo son necesarias la sabiduría, la mesura y la generosidad”. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro

Una de las grandes dudas tras estos primeros dos años de vendaval político en que nos ha metido el Gobierno de López Obrador es cómo se reconstruye el diálogo, cómo regresamos a la mesa de la política cuando la nueva gran tribuna del país, la famosa mañanera, es un eterno y permanente monólogo. Uno supondría que el principal interesado en el diálogo es el Gobierno en turno, que los gobernantes son los principales sujetos obligados y beneficiarios de que exista un diálogo entre los diferentes actores y fuerzas políticas del país; no es así. Si algo tiene claro el Presidente en su estrategia de comunicación es que en la medida en que el mantenga el monopolio o cuasi monopolio de la enunciación son él y su Gobierno quienes ponen y quitan los temas de los que se habla y se discute.

Pero hablar y discutir todos los días, independientemente del tema en turno, no es dialogar. El diálogo implica escuchar, atender los argumentos del otro para juntos construir una salida hacia adelante. Hoy por hoy ni el Presidente ni los grupos opuestos a él -que no la oposición política que está todavía en el letargo- están dispuestos a escucharse.

Quien diga que no ve nada positivo en lo que ha sucedido en estos casi 23 meses es un ciego; quien considere que todo lo que está haciendo López Obrador es correcto y no quiera escuchar las voces críticas es un sordo. La soberbia es una característica inherente al poder y parte esencial de esa soberbia es no darse cuenta de cuán soberbios se han vuelto. La displicencia con la que del Presidente para abajo tratan a los que opinan distinto, no están de acuerdo o se manifiestan en contra de las decisiones gubernamentales es lamentable; la estulticia de los argumentos de los grupos opositores es impresentable.

Construir el diálogo comienza por reconocer al otro y reconocerlo en su pluralidad. Conmigo o contra mí, liberales contra conservadores, fifís contra chairos, los presuntamente ilustrados contra los ignorantes, son categorías maniqueas que lejos de ayudarnos a entender la pluralidad la reducen a niveles de caricatura. El primer elemento para la construcción del diálogo es encontrar aquellos puntos en los que estamos de acuerdo, entender los elementos que nos identifican como miembros de una misma sociedad y un mismo país y reconocernos como ciudadanos en igualdad de derechos. Se dice fácil, pero si atendemos los discursos de uno y otro lado nos daremos cuenta de que no es así.

Para destruir un régimen se requieren la valentía, la furia y la insensatez; para construir uno nuevo son necesarias la sabiduría, la mesura y la generosidad. Como en toda devastación, en este proceso se ha destruido más de lo necesario, de ha dañado injustamente y han pagado justos por pecadores. La pregunta clave es en qué momento termina la destrucción para comenzar a pegar ladrillos de las nuevas instituciones y acuerdos políticos. No hay una bola mágica, pero está claro que dependerá fundamentalmente del resultado de la elección intermedia. Si López Obrador obtiene la mayoría calificada en la Cámara de Diputados (66 por ciento) seguirá profundizando el proceso de cambios bruscos aliado con los más radicales de sus colaboradores. Si no lo logra, será la hora de los moderados y la construcción del diálogo. Eso es lo que está en juego en la elección intermedia que será, sin duda, la más caliente y trascendente de la era moderna.