Irma Eréndira Sandoval, secretaria de la Función Pública. Foto: Mario Jasso, Cuartoscuro.

No sé cual frase fue más desafortunada, si la de María de los Ángeles Huerta, Diputada de Morena, “nadie del sector cultural se está muriendo de hambre “, o la de la Secretaria de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval, “Salinas creó el Fonca en marzo de 1989, para mitigar las críticas del fraude electoral”, seguida por “para controlar a los rebeldes y premiar a los compadres” y un desagradable, “serénense artistas”. Dedicarle tiempo a la ignorancia de la Diputada sería perderlo. Lo de Sandoval es una muestra de que, cuando los funcionarios quieren ostentar el poder son desmesurados. Utiliza una verdad a medias para abonar a su causa porque lejos de tapar algo, lo que se pretendía con la creación del Fonca es que los artistas, en su mayoría sin recursos, pudieran gozar de un periodo de creatividad sin tener que correr detrás de la torta.

El Fonca es una idea que nació de la comunidad. En los años setenta, un grupo de intelectuales pensó que la creación debía recibir apoyo de parte del Estado. Posteriormente, en el marco del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, se dijo que México ofrecería el arte, desde la antigüedad hasta nuestros días, como una riqueza cuyo valor por fin era tasable. La narrativa oficial sostenía que hasta el muralismo la historia estaba bien contada, pero, ¿y las generaciones posteriores?

La tarea, entonces, fue rastrear a los nuevos artífices e impulsarlos, darles todo el apoyo para que renovaran el lenguaje y así repensar a México. Plástica, literatura, teatro, danza, música e investigación, dentro de una maquinaria de estado que las insuflara.

Adelantado al TLC surgió un grupo de jóvenes independientes que se nutrían por las innovaciones del país vecino. En las artes visuales, por ejemplo, abandonaron los estudios y se lanzaron a practicas inusuales y por lo mismo llamaron la atención. Talentosos y atrevidos, experimentaron desde otras premisas; trataron de materializar sus ideas bordando en lo inédito. Entre muchos intentos de esta espontánea generación, Panadería, Temístocles 44 con la creación de la revista Alegría, las conversaciones de los viernes encabezadas por Gabriel Orozco, La Quiñonera, las acciones de la calle Licenciado Verdad y Club Hípico, cambiarían la historia del arte de nuestro país. A muchos de ellos el Fonca les vino como anillo al dedo. La beca les permitió catapultar su trabajo y aspirar incluso a salir del país.

A lo largo de los siguientes años el Fonca fue ampliando recursos, expandiendo sus actividades y afinando procedimientos. Hoy en día, una enorme cantidad de artistas utilizan sus beneficios. También es cierto que muchos se han presentado varias veces sin poder obtenerlos. Los que lo han conseguido, entran a un sistema que les permite recibir un ingreso mensual. Gracias a este ingreso hemos podido disfrutar de muy buenas obras de teatro, literatura de primera, danza, música contemporánea y una derrama de artistas visuales que han puesto el nombre de México en alto. Una buena parte de los becarios no necesariamente son artistas de vocación, pero la estructura formativa pone a prueba su vocación.

Sin embargo, el sistema no ha estado exento de críticas y señalamientos. Se ha hablado de la discrecionalidad con la que se otorgan las becas, de lo amañado de los comités, de la necesidad de una revisión profunda. Pero en principio, no se puede negar que el dinero que entró durante todos estos años al fideicomiso tenía una transparencia que lo vacunaba en contra de las tranzas acostumbradas. Por otro lado, también se le atribuye una inercia endogámica, en la medida en que la integración de los comités y sus criterios de selección privilegiaban determinados grupos y “capillas”.

También es cierto que una buena parte de los artistas de México que no han aplicado consideran que los subsidios de parte del Gobierno son un procedimiento que los aleja de la libertad para crear y los somete a un montón de trámites burocráticos. Ser un buen “convocatorista” no significa ser un verdadero artista. Han pasado momentos complicados, pero lo prefieren a lo que ellos consideran ordeñar la vaca del Estado.

Con la llegada de la 4T, el álgido tema suscitó foros, mesas, protestas, enojo, especulaciones, insultos, descalificaciones, aplausos, persecuciones a la secre de cultura en busca de respuestas, declaraciones del Presidente de la República acerca de lo cuestionable de los fideicomisos y su desaparición, grilla, especulación, de todo. Becas y recursos se mantuvieron, mal que bien, hasta esta semana en medio de la crisis por la pandemia. Se sabía que vendría un cambio radical, se asumió que era el exterminio del Fonca. En los periódicos dominó la desinformación en boca de los nuevos “especialistas” que, no contentos con ser epidemiólogos calificados, expertos en temas en energía, ahora ostentan su erudición y claman la “catástrofe” cultural del país. En redes sociales corrieron a despotricar, como espejos de la poca delicadeza de Irma Eréndira; tal para cual. Por desgracia, en toda esta rebatinga la vehemencia no estuvo aparejada con la debida información. Resultaba más importante descalificar y execrar al adversario que documentarse con lo que en realidad estaba sucediendo.

Pocos se tomaron la molestia de escuchar en detalle lo que la Secretaría de Cultura estaba proponiendo. Su titular, Alejandra Frausto, ha trabajado muchos años dentro de la institución y conoce las virtudes y defectos del sistema. Para Frausto la prioridad son los programas de apoyo a las minorías, pero entiende que el Fonca es imprescindible, aun cuando algunos dentro de la 4T podrían considerarlo como un soporte a la “alta cultura”, percibida como superflua en estos tiempos de pobreza. Su artículo en El País retrata la emoción y las ganas de no ser acribillada por la comunidad. No obstante, no dejó en claro cuál sería la política a seguir. En la misma edición de este diario, a un lado, el curador y cabeza del MUAC, Cuauhtémoc Medina, se mostró irascible, lo cual tampoco sirve de mucho.

En los últimos días las autoridades han intentado explicar su propuesta con mayor detalle. Marina Núñez Bespalova, directora del Fonca, argumentó la necesidad del cambio y al mismo tiempo dio certidumbre: un presupuesto asignado con estructura administrativa y jurídica. Por orden del Presidente, dijo, elSistema Nacional de Creadores será protegido a través de una dirección general. No van a desaparecer ninguno de los programas y se propiciará la participación de distintas instituciones e incluso de la iniciativa privada. Lo más importante, los comités mejorarán sus mecanismos y se depurarán con la idea de que sean más abiertos, la selección será entre pares y continúa la participación de la comunidad. Un reordenamiento administrativo que le permite al Fonca reforzarse y disipar dudas. Las becas siguen, “el corazón del Fonca sigue”, afirmó.

Este miércoles López Obrador dedicó un amplio espacio de la mañanera a hablar de cultura. “Estamos poniendo orden, 400 fideicomisos que estaban manejados sin rendición de cuentas, sin transparencia. Los recursos, las becas se van a seguir entregando. Es otra forma de actuar. No entregar recursos a intermediaros. Entregas directas al beneficiario.

Y en una reciente entrevista, por fin, Alejandra Frausto precisó algunos de los criterios que habrán de ponerse en marcha. Insiste en que “el sistema no solo continúa, sino que además se robustece y crece a partir de las necesidades de los creadores”.

La historia del mecenazgo es casi tan antigua como el arte, es la eterna necesidad del artista frente a la opulencia y el control de su benefactor. Ya fuera la Iglesia, la nobleza, la academia, las vanguardias, los gobiernos totalitarios, el mercado, siempre ha existido una lucha y un intento de equilibrio entre la libertad y las obligaciones, entre los derechos y la responsabilidad de unos y otros.

La creación no es solo una actividad que el artista desempeña para ganarse la vida. Es su verdadera naturaleza. Es un don que le ha sido concedido como una maldición o como un espíritu que lo diferencia de los demás seres humanos. Se traduce en pasión, en un ímpetu ingente de desbordar al mundo más allá de sus límites. Aspiración de conquistar universos ingobernables sin resignación posible. Un verdadero artista jamás aceptará subordinarse a la mediocridad o a los intereses creados. Los funcionarios deberían saber que, si ellos son necios y obtusos, el artista es un subversivo eterno que no se dejará doblegar por nadie. Si no fuera por su obstinación, no sería artista. Un funcionario con consciencia se puede volver un gran aliado del creador. Su trabajo es el de soporte que apoye al arte más allá de un momento político. La batalla del artista es dominar el espacio, el tiempo, el color, la luz, y tiene un propósito: marcar con su impronta el horizonte. Y no en las grillas, los laberintos burocráticos, las equívocas reivindicaciones gremiales.

Los funcionarios sexenales deberían compensar el esfuerzo del artista admirándolo y exaltando su creatividad como un valor de todos, sin frustración o revanchismo por épocas pasadas, sin restregar el poder en la cara de quien se considera beneficiado. En suma, sin pedirle que se serene en medio de la tormenta. El arte es la más sublime de todas las expresiones y es la forma de superar una crisis como la que estamos viviendo.