El mundo, entendido como cosmos, es precisamente un entramado de causas y efectos. Foto: Óscar de la Borbolla.

La causalidad -esa cadena que permite anticipar las consecuencias- es la relación productiva entre un antes y un después. Hay, sin embargo, muchas cosas que son simplemente sucesivas; se distribuyen según sea su orden de aparición sin que medie nada entre ellas: el auto que pasa primero no tiene nada que ver con el que atraviesa después; en cambio la luz del sol y la clorofila sí son la causa de la fotosíntesis. Los conocimientos científicos son, precisamente, la colección de esas relaciones que se dan siempre y de manera necesaria: si ocurre la primera se da fatalmente la segunda. Es a esto a lo que llamamos la relación causa-efecto o las constantes de la naturaleza. Hasta los animales parecen entenderla cuando huyen del fuego o se acercan a beber el agua: en sus instintos están cifradas algunas de estas relaciones y gracias a ello es que logran sobrevivir las especies.

Todos los seres humanos lo sabemos y por ello tenemos la firme creencia de que las cosas no pasan solas: si algo aparece roto hay un culpable, si algo que estaba ahí desaparece hay una causa, siempre hay un causante. El mundo, entendido como cosmos, es precisamente un entramado de causas y efectos, una red de relaciones efectivas: una racionalidad. Encontrar esa racionalidad ha sido la divisa que ha guiado toda la historia de la ciencia y, por supuesto, la mera trabazón causa-efecto ha venido complicándose, pues lo que interviene para que un efecto se produzca no es un solo factor. Ya Platón lo sabía al distinguir entre condiciones indispensables y verdadera razón, y Aristóteles lo desmenuzó aún más, al proponer una variedad de causas: causa material, causa formal, causa instrumental, causa eficiente, causa final… La comprensión de la multiplicidad de factores y el grado de intervención de cada uno de ellos para producir un efecto ha venido complicándose y precisando con el tiempo; pero para las intenciones de esta reflexión puede bastarnos la tosca nomenclatura causa-efecto.

Todos los seres humanos entienden la relación causal y, sin embargo, cuando uno observa la conducta de las personas parecería que algunos no lo terminaran de entender. Por ejemplo, con frecuencia se sorprenden de que ocurra un embarazo o un accidente de tránsito por conducir en estado de ebriedad o, en pocas palabras, que la casa se incendie por andar jugando con fuego.

Esta ajenidad a las consecuencias -a los efectos- nos hace vivir con la irresponsabilidad de quien parece no entender la cadena causa-efecto, y se presenta principalmente en los jóvenes a juzgar por las estadísticas de mortalidad. ¿Será que los jóvenes no entienden la cadena causa-efecto? No. Sí que la entienden, pero sólo la “entienden”, es decir, tienen un saber meramente intelectual acerca de ella. El paso para transitar de una comprensión intelectual a una comprensión real lo permite la experiencia: el hecho de vivir una y mil veces la constatación de que dada una causa se sigue ineluctablemente un efecto.

Hay, por lo visto, dos ángulos distintos desde los que se aprecia la causalidad: el del joven y el del viejo; unos, aunque la entienden, no creen que les pueda ocurrir, y los otros por experiencia saben que también a ellos les puede suceder. Esta diferencia convierte a unos en imprudentes y a los otros los hace tan prudentes y tan cautos que ya no se atreven a nada. Por lo visto ni los jóvenes ni los viejos pueden vivir, pues sin experiencias se corre el riesgo de perder la vida y por el exceso de experiencias también se corre el riesgo de renunciar a la aventura de vivir.

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