La correspondencia entre Gershenzón e Ivánov es un juego de preguntas y respuestas. Siempre pertinentes, también ahora.

Ciudad de México, 27 de abril (SinEmbargo).– Este intercambio epistolar comenzó por azar. Se trata de doce cartas que el filósofo Mijail Osipovich Gershenzón y el poeta Viacheslav Ivánov intercambiaron durante el verano de 1920 en el Sanatorio para los Trabajadores Científicos y Literarios, cerca de Moscú. Mientras Gershenzón se encontraba fuera del cuarto, Ivánov le dejó una carta sobre la mesa; el tema: la inmortalidad del hombre. Como respuesta, el poeta obtuvo una breve disertación sobre la naturaleza de la cultura y su función en la sociedad. A partir de entonces los vecinos polemizaron, cada uno desde su trinchera en la habitación.

Gershenzón fue uno de los pensadores rusos más importantes de la segunda mitad del siglo XIX; consideró la revolución bolchevique un fenómeno social que liberaría al hombre de la acumulación excesiva de valores culturales. Por su parte, Ivánov, también llamado «Viacheslav el Magnífico», fue discípulo de Mommsen; escribió brillantes ensayos literarios y poesía, caracterizada por su contenido altamente intelectual. Ambos compartieron el cuarto y reflexionaron sobre el estado y el destino de Occidente.

Con Europa en ruinas, Rusia pasó por la revolución de 1917, y el proletariado, tras el zarismo, accedió al gobierno; la idea de progreso, sustentada en su herramienta más poderosa —la ciencia—, derivó en el desarrollo de armas de guerra utilizadas en un conflicto bélico de magnitudes nunca antes vistas. ¿Qué hacer ante esa realidad asfixiante? La correspondencia entre Gershenzón e Ivánov es un juego de preguntas y respuestas. Siempre pertinentes, también ahora.

(Prólogo de N. del E.)

SinEmbargo comparte un fragmento del libro Correspondencia desde dos rincones de una habitación, del filósofo Mijail Osipovich Gershenzón y el poeta Viacheslav Ivánov. Traducción de Yulia Dobrovolskaya Pesina. Cortesía otorgada bajo el permiso de Jus Libreros y Editores.

***

I

A M. O. Gershenzón

Sé, querido amigo y vecino de habitación, que usted ha puesto en duda la inmortalidad propia y al Dios íntimo. Podría pensarse que no soy quien debería defender ante usted el derecho del individuo a su reconocimiento metafísico y su sublimación,ya que en verdad no siento en mí nada que pudiera reivindicar la vida eterna. Nada excepto lo que en todo caso ya no es yo, excepto todo aquello total y ecuménico en mí que, como un visitante luminoso, enlaza y comprende espiritualmente mi existencia li- mitada e inevitablemente provisional en toda la complejidad de su composición caprichosa y eventual. No obstante, me parece que dicho convidado no me visitó en vano e «hizo mora- da» en mí.

Su meta, creo yo, es brindar al anfitrión una inmortalidad que mi razón no compren- de. Mi ser es inmortal no porque exista sino porque ha sido llamado a despertar a la exis- tencia. Y como cualquier despertar, como mi nacimiento en este mundo, la percibo como un total milagro. Veo claramente que jamás encontraría en mi supuesta personalidad y sus multiformes expresiones un solo átomo si- quiera semejante al embrión de la existencia autónoma y verdadera (es decir, eterna). Soy una semilla que ha muerto en la tierra; porque «si la semilla no muere ¿cómo dará fruto?». El Señor me resucitará porque Él está conmigo. Lo conozco en mí como el oscuro regazo que da vida , como aquello eternamente sublime que fortalece lo mejor y lo más sagrado de mí, como el principio viviente de ser, más sustan- cioso que yo y que por tanto contiene, entre otras, energías y cualidades mías, mi propia seña de conciencia personal. Surgí de Él y en mí Él reside. Y si no me abandona, creará las formas de su posterior presencia en mí, es decir, mi personalidad. Dios no sólo me ha creado, sino que me crea continuamente y vol- verá a crearme. Puesto que, sin lugar a dudas, desea que en adelante lo cree dentro de mí de igual manera que lo he hecho hasta ahora. No puede darse el advenimiento sin la aceptación voluntaria: ambas proezas son en cierto senti- do equivalentes, y el que da se vuelve digno de recibir. Dios no puede abandonarme si yo no lo abandono a Él. De modo que la ley interior del amor escrita en nosotros (ya que sin difi- cultad leemos su tabla invisible) nos cerciora de que tiene razón el salmista del Antiguo Testamento cuando le dice al Señor: «No de- jarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción».1 Eso, querido vecino, es lo que pienso . ¿Qué me dirá en respuesta desde el rincón opuesto de la misma habita- ción? ¿Qué piensa?

V. I.

17 de junio de 1920

II

A V. I. Ivánov

No, V. I., no pongo en duda la inmortalidad propia y, de modo similar al suyo, considero la personalidad como el tabernáculo de la rea- lidad verdadera. Pero en estas materias no se debe ni disertar ni reflexionar. Nosotros, que- rido amigo, nos encontramos en los extremos opuestos de una diagonal no sólo en esta habitación sino también en el sentido espiritual. No me gusta elevarme a las alturas metafísicas aunque admiro su suave vuelo por encima de ellas. Esas especulaciones más allá de los límites que invariablemente adquieren formas sistemáticas conforme a las leyes de los vínculos lógicos, esa arquitectura quimérica a la que se entregan tan afanosamente muchos de los que pertenecen a nuestro círculo, le confieso que me parecen un pasatiempo ocioso y extraviado. Más aún, esta abstracción me oprime, y no sólo ella: últimamente, como un lastre enojoso, como un atuendo demasiado pesado, demasia- do sofocante, me oprimen todo el patrimonio intelectual de la humanidad, toda la riqueza de concepciones, conocimientos y valores acumu- lada y aposentada durante siglos.

Desde hace tiempo, esta sensación me ha perturbado ocasionalmente, pero si antes so- lía ser pasajera, ahora se ha vuelto constante. Fantaseo: qué maravilloso sería sumergirme en el Leteo para que del alma se limpiase, sin dejar rastro, cualquier recuerdo de todas las religiones y los sistemas filosóficos, de todo saber, arte, poesía, y volver a la orilla desnudo como el primer hombre, ligero y jubiloso, abrir los brazos desnudos y alzarlos al cielo recor- dando sólo una cosa del pasado: lo engorroso y agobiante que era llevar aquellas ropas y lo ligero que es estar sin ellas. Desconozco por qué esta sensación se ha reforzado en mi inte- rior. Tal vez las pomposas casullas no nos pe- saban cuando aún eran flamantes, hermosas y envolvían cómodamente nuestros cuerpos; en los últimos años se han desgarrado, están he- chas jirones, tal vez por eso apetece despojar- nos y deshacernos de ellas.

M. G.