“En México sabremos exactamente cuántas personas murieron a causa del virus cuando comparemos actas de defunción de un año a otro y sin duda, insisto, cómo ha sucedido en todo el mundo, serán muchas más de las reportadas en las rueda de prensa de la tarde”. Foto: Marco Ugarte, AP

Las cifras de muertes y contagios por coronavirus pasaron de ser una información útil cada día para convertirse en un debate ideológico. Hoy medir las muertes dejó de ser una dato necesario en la toma de decisiones de los gobiernos para convertirse en un campo de batalla, en una forma de evaluación del desempeño gubernamental en el manejo de la pandemia. No tengo duda que el primero, como siempre, en hacer uso de los datos para decir que “vamos muy bien” fue el Presidente, pero eso desató una ola de desinformación cuyo efecto puede ser una parálisis por desconocimiento, o peor, una incremento en los contagios por falta de credibilidad en las instituciones.

Ningún país ha podido tener un dato fidedigno de cuántas personas mueren a causa de este virus. Todos los días hay correcciones al alza porque poco a poco las instituciones, paralizadas por el virus, van teniendo más capacidad de generar esos datos. En México sabremos exactamente cuántas personas murieron a causa del virus cuando comparemos actas de defunción de un año a otro y sin duda, insisto, cómo ha sucedido en todo el mundo, serán muchas más de las reportadas en las rueda de prensa de la tarde. Todo el modelo de prevención y cuidado de la Secretaría de Salud tiene por objeto sí que se muera el menor número de personas, pero sobre todo que no se muera por falta de atención hospitalaria. Por eso el objetivo desde le principio ha sido manejar la pandemia de manera que no se sature el sistema hospitalario.

El dato de muertes y contagios de cada noche es muestral, un termómetro para que las autoridades de salud tomen decisiones. No es que de lo mimo si los muertos son 8 mil o 40 mil, pero el dato de cada noche junto con la saturación hospitalaria es la guía de la toma de decisiones. El problema es que esos datos, que lo importante es que sean consistente en sí mismos, se usen para presumir que vamos mejor (como lo hizo el Presidente) o peor (como se ha hecho en varios medios) que otros países. Convertir el dato de referencia en verdad absoluta, dogma de fe o fuente de duda sólo ha llevado a una absurda politización de la pandemia. El caso más claro es la dificultad para establecer un semáforo nacional pues los gobernadores, no sin razón, pero sobre todo con motivaciones políticas, ponen en duda las decisiones del Gobierno federal.

El principal riesgo de salud hoy por hoy es el manejo político de la pandemia. La destrucción de la confianza baja las defensas sociales y para la etapa de regreso a las actividades que viene a partir del lunes eso es (quizá tendríamos que decir era) lo más importante. Reabrir la economía en medio de tanta incertidumbre y desconfianza en la información hará mucho más complejo el manejo de la epidemia.