Como un duende travieso, un personaje arrancaba desaforadamente de los muros de la ciudad carteles frescos para hacer collages. Ese artista decía llamarse Anónimo y apellidarse Lacerado. Hace casi medio siglo su arte perturbaba la piel anunciante de la ciudad convirtiendo su desgarradura en arte extraño, cuestionante. Odiado entonces por publicistas y políticos se convirtió con los años en un artista prestigioso que sigue mostrando con su obra la importancia en cada momento de la inconformidad, del azar, de la voluntad creativa y de la memoria, incluso si ésta viene en laberintos desgarrados.
Por Alberto Ruy-Sánchez
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