Durante gran parte de su vida, su poesía estuvo prohibida y sus más grandes poemas fueron publicados antes en el extranjero. Sus mejores amigos, los artistas más brillantes de su generación y su familia más cercana murieron en manos de Stalin, quien concentró en ella su odio por la poesía y la disidencia de pensamiento. Ahora su obra es reconocida ya por todos y en uno de los departamentos que vivió se le dedica un museo breve y emotivo que visité con entusiasmo y resultó mucho más interesante de lo que esperaba. La música de Anna Ajmátova sigue viva. Y su poesía es un sol de invierno en el cielo gris de San Petersburgo donde, como decía Joseph Brodsky, "los humanos, como el agua, no echan sombra".
Por Alberto Ruy-Sánchez
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