
Fui cristiana durante algún tiempo. Tenía el sentido común nublado, por supuesto. Y cuando a eso se suma la ignorancia acumulada, todo está jodido. Es como si caminaras con una venda en los ojos: a tientas, tal como la fe definida en la Biblia: “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.
Durante la niñez se me formó cristianamente y, tantito más crecida, se me obligó a asistir a misa. Los sacerdotes, atestados de enjundia, repetían una frase durante el ritual: “En el nombre de Dios”. Palabras que, históricamente, han absuelto el acto más vil. También, el sacerdote abogaba por el pontífice provocando que al unísono tuviera eco la oración de la muchedumbre dentro del templo. Iterando la idea de un hombre santo que sí habla con el supremo creador. Al final del ritual, se pasaba una cesta y los feligreses pagaban, semana a semana, su pasaporte para entrar al cielo.
La casa oficial de Dios es El Vaticano, hogar espiritual de todo cristiano que cobra la entrada a 27 euros por persona en promedio: las puertas santas, tal como las de Disneylandia, no se abren si no pagas. Adentro hay diversas estaciones de souvenirs, áreas de comida y de descanso, grandes jardines. Está la Capilla Sixtina, La Piedad, Las Estancias de Rafael. Hay espacios para selfies, rezos en silencio, visitas guiadas y hasta una vitrina que aloja fotografías del santo padre con famosos equipos de fútbol y algunos jugadores.
En suma, la entrada incluye un acceso efímero al arte acumulado por la iglesia y una cercanía a su ego y su opulencia. Por la otra parte: un pase directo a convivir con la masa que se siente afortunada de estar pisando tierra sagrada.
Qué peligro el ejército de zombies que la iglesia ha creado gracias a la alimentación de sus historias y concatenación de sus mitos. Gracias a cómo pule leyendas e inventa términos, héroes y manipula a placer su libro sagrado. Qué descaro cómo mezcla todo, lo perfuma y llega a tu casa diciendo: “Ten, esta es la verdad, tu verdad, tu salvación, tu antídoto del miedo a morir, tu bienvenida a la eternidad; aférrate, adóptala, hazla tuya. Haz, en el nombre de Dios, cualquier cosa para defenderla”.
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