
qué será, yo estaba por cumplir veintiséis. y es trillado pero es verdad: en ningún lado te dicen que en cualquier momento conocerás a la mujer de tu vida. cuánto hubiera yo agradecido, en serio, que mi madre me dijera algo como: mira, hija, te van a romper todo el hocico como tu padre me lo rompió a mí.
supongo que hay cosas que no se dicen ni se heredan porque como especie estamos destinados a que nos ocurran a todos y decirlo no es ni prevenir lo inevitable. claro que nuestros padres lo saben pero se lo tragan entero porque todavía tienen, la sangre del otro, manchándole las manos.
entonces, sí, treinta y seis. llegó vestida de negro pero no era la muerte era la vida, y los celos y la pasión y la empatía y la duda y el agobio y a veces la luz y el amor –cómo no– llegaron bien metidos en sus tacones. todo junto y tal como mi madre no me dijo: a reventarme las rodillas para que fuera más fácil pedirle perdón.
duramos repoquito en el centro de la borrasca, tanto que cuando lo convertimos en días y a veces son menos de mil o de dos mil, o de tres mil, nos damos cuenta de que somos –junto al otro– un ciclo hermoso y diminuto. si duramos más qué suerte, si duramos menos qué suerte.
ahora me siento en este pórtico y espero, no vaya usted a creer que no, que el olvido llegue. qué importa si me agarra desprevenida.
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