Ciudad de México, 4 de abril (SinEmbargo).– En un mundo “quebrado en lo político”, el escritor Juan Villoro advierte que el fútbol se ha convertido en un reflejo de las tensiones geopolíticas contemporáneas. Particularmente señaló a la FIFA —el máximo órgano rector del balompié mundial— como una fuerza de ocupación que impone sus reglas a los países, la cual gusta de los dictadores porque garantizan lo que ellos consideran que es seguridad.
“Mussolini, la Junta Militar Argentina y otros tiranos han albergado mundiales. El mundial de 1982 se celebró en la España democrática, pero había sido concedido desde el 64 y ratificado en el 66 en tiempos de Franco. Entonces, a la FIFA le gusta lidiar con dictadores porque garantizan lo que ellos consideran que es seguridad y la FIFA opera como una fuerza de ocupación, es decir, impone sus reglas. En el Mundial de Brasil se obligó a construir un estadio en Manaos para tener una sede extra en una ciudad en donde no hay un equipo. Estas cosas desafían la razón, pero vivimos en un planeta en donde lo que da dinero es lo que importa”, expuso en entrevista Villoro.
Juan Villoro acaba de publicar Los héroes numerados (Seix Barral), en donde aborda las pasiones que genera este deporte, pero también las configuraciones geopolíticas que yacen detrás del deporte. En la entrevista cuestionó, por ejemplo, la contradicción de celebrar una fiesta deportiva mientras persisten políticas hostiles. Además de mostrar cómo esta justa deportiva se jugará mayoritariamente en Estados Unidos, bajo la sombra de Donald Trump, a quien Gianni Infantino otorgó el Premio de la Paz de la FIFA, un galardón inexistente hasta entonces.
“En los Juegos Olímpicos de la Grecia clásica había una tregua sagrada. Todos los conflictos se suspendían para que pudieran jugarse las distintas disciplinas pudieran disputarse y digamos que el deporte era una representación incruenta de la guerra. Hoy en día vemos que esto no es así y el mundial ocurrirá en medio de conflictos internacionales”, platicó.
Villoro también desmontó la narrativa del Mundial compartido en Norteamérica. Para él, “es una falacia” hablar de una sede tripartita: “es el Mundial de los Estados Unidos”. Recuerda que, tras los escándalos de corrupción destapados en 2015, la balanza se inclinó hacia ese país y el proyecto terminó “maquillado con dos comparsas, Canadá y México”.
“Ellos conquistaron este derecho gracias a la investigación que el FBI hizo en 2015 en las oficinas de la FIFA, en donde se revelaron los sobornos habían recibido los directivos para votar por las sedes de Qatar (2022) y de Rusia (2018) Y esto propició, desde luego, que se prestara atención en cuál había sido el país que había contendido contra Qatar y contra Rusia y había sido nada más y nada menos que Estados Unidos. Por lo tanto, resultó claro que después de revelarse la estafa era lógico que pudiera ser la sede en Estados Unidos”.
Para el escritor, el fútbol vive una paradoja permanente. Por un lado, posee “anticuerpos contra la realidad”: es ilusión, belleza, una forma de reinventar el mundo. Pero al terminar el partido, la realidad se impone con crudeza. “Nos enfrentamos trágicamente con la realidad social que lo rodea”, dice. De ahí que dictaduras y regímenes autoritarios hayan encontrado en el deporte un escaparate ideal.
“Hay esta posibilidad de reinventar el mundo a través de una representación que es el juego. Lo mismo ocurre con la literatura, con la música, con distintas formas del arte que representan la realidad, pero una vez que termina el partido, nos enfrentamos trágicamente con la realidad social que lo rodea. Un juego desembocó en una guerra entre Honduras y El Salvador. Berlusconi usufructuó el lema de la selección italiana Forza Italia para lanzar su candidatura a la presidencia de ese país. Además, tenía como principal aspecto publicitario el ser el propietario del equipo Milán, que entonces era el mejor del mundo. Milosevic, el dictador serbio, se apoyó mucho en el equipo Estrella Roja y en su popularidad que él mismo propició”.
El problema, subrayó, es estructural: el dinero domina. Aunque la FIFA se presenta como organización sin fines de lucro, “impone a sus patrocinadores” y actúa “como una fuerza de ocupación”. Los excesos llegan a lo absurdo, como estadios construidos sin sentido o políticas de “limpieza social” en torno a las sedes. “Vivimos en un planeta en donde lo que da dinero es lo que importa”, resume.
En ese escenario, los futbolistas podrían ser agentes de cambio, pero rara vez lo son. Villoro distingue entre el desempeño dentro y fuera de la cancha, y pone como ejemplo a Lionel Messi: “irreprochable dentro de la cancha”, pero cuestionable fuera de ella, al mostrar “sumisión ante el poder” en actos públicos con Trump. En contraste, recuerda figuras con conciencia social como Carlos Caszely o gestos recientes de jugadores africanos que se niegan a ganar “en el escritorio” lo que se pierde en el campo.
“Hay futbolistas con conciencia social. Recientemente Sadio Mané, por ejemplo, es un futbolista de Senegal que ha electrificado poblaciones enteras en su país, que se negó a salir del campo cuando toda su selección se salía en la final de la Copa de África y que regresó a la selección al campo. Posteriormente la Federación Africana trató de revertir ese resultado en el escritorio y Hakimi, el capitán de la selección marroquí, dijo: ‘Lo que perdimos en el campo no lo podemos ganar con documentos’. Ese tipo de actitudes siguen existiendo en futbolistas con conciencia, pero desgraciadamente no son mayoritarios, entonces no pueden ellos frenar el absurdo que existe”, apuntó.

Villoro abordó además el caso mexicano como un modelo exitoso en lo económico pero fallido en lo deportivo. “Funciona muy bien desde el punto de vista económico, pero eso en detrimento del deporte”, advierte. Sin ascenso ni descenso, con torneos cortos y escaso impulso a la cantera, el sistema desincentiva la competencia real. El resultado es una liga rica pero estancada, que ha ido perdiendo terreno frente a Estados Unidos y Canadá.
“Es la liga más cara del continente americano, la mejor pagada, pero que tiene muchos déficits deportivos. Los torneos son cortos, lo cual impide que haya planes a largo plazo, probar a muchachos de la cantera, no hay ascenso de segunda división a primera. Por lo tanto, no hay castigo para el bajo rendimiento de los equipos que están hasta el final de la tabla, ni hay esperanzas de superación para los equipos que podrían ascender y que también traerán nuevos elementos. Hay siete extranjeros permitidos en el campo y dos extranjeros en la banca. Esto lleva a una situación que hace que el entrenador de la selección nacional en ciertas posiciones no tenga disponibilidad de jugadores mexicanos. En el partido de reinauguración del Estadio Azteca se presentaron un colombiano, un argentino y un español como parte de la selección mexicana”, indicó.
Juan Villoro platicó cómo aunque hemos sido dos veces campeones mundiales sub 17, los nuevos talentos al entrar a la maquinaria de destrucción, “que es el fútbol organizado en México”, no tienen un acompañamiento que les permita trascender y prosperar. “Estamos en una situación terrible. Pumas, que era una cantera del fútbol mexicano que era dirigido con un sentido académico, se convirtió en una franquicia comercial como cualquiera y con una especulación económica tan lamentable como la de otros equipos. Entonces, pues todo esto también lastima al aficionado y de ahí que haya ciertos abucheos por acumulación, no por lo que están viendo en ese momento, sino por los agravios sostenidos que ha sufrido el espectador mexicano”.
Villoro trazó un diagnóstico amplio: el fútbol sigue siendo un espacio de emoción y belleza, pero está profundamente condicionado por intereses políticos y económicos. Y en ese tablero, la FIFA —lejos de ser neutral— parece cómoda jugando del lado del poder.



