El objeto es un ente que se comunica con nosotros desde su peso, su tamaño, lo que promete en la contraportada. Hay quien incluso rompe el envoltorio transparente, el retractilado, para ojearlo y hojearlo un poco. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

Tiene su parte romántica la idea de encerrarse a leer. Sobre todo, para quienes aman ese placer que, como cualquier otro, sólo entienden a cabalidad quienes lo han experimentado. Tiene su parte romántica cuando se ha conseguido trascender la triste realidad que significa estar en condiciones de encerrarse frente a la gran cantidad de personas que no pueden. Y la tiene porque, si uno no consigue desasirse de esa certeza, el romanticismo tomará sus cauces lúgubres. Tiene su parte romántica porque no consume ancho de banda, la lectura no se ralentiza como una serie de televisión ni pierde calidad en su despliegue en pantalla cuando la red se satura. Basta con un individuo, solo, sentado frente a un libro; enfrentándose a él de la mejor manera que sepa: los hay agresivos y dialogantes, pasivos y violentos, lloradores e impávidos. Da igual. Lo que importa es el romanticismo que se desprende de esa relación entre un sujeto y un objeto en la que el resto del mundo sale sobrando.

Tiene su romanticismo, sin duda.

Siempre y cuando uno pueda. Hay muchísimas razones por las que podría resultar imposible concretar tal intención romántica. Desde el bullicio familiar hasta la falta de energía. Muchos acaban vapuleados pues al trabajo en línea, se suma el de la casa y el entretenimiento de los hijos. Y, de nuevo, ellos son los privilegiados.

También hay otra restricción, que es de la que quiero ocuparme ahora. Las librerías están lejos de ser comercios esenciales, aunque no nos guste admitirlo. Pero, incluso si lo fueren, sería muy irresponsable ir a hacer la visita ritual. Ésta consiste en pasearse entre los pasillos de libros. Tomar uno cada tanto, manipularlo. El objeto es un ente que se comunica con nosotros desde su peso, su tamaño, lo que promete en la contraportada. Hay quien incluso rompe el envoltorio transparente, el retractilado, para ojearlo y hojearlo un poco. He visto a algunos metiendo sus narices entre las páginas, sólo para toparse con ese olor que anticipa maravillas. En fin, asuntos poco higiénicos a los que estamos acostumbrados pero que, justo en medio de esta crisis, resultan una pésima idea.

La primera solución es comprar bajo pedido. Hay librerías que están dispuestas a entregarnos en nuestra casa. Es verdad, no dispondremos de la experiencia sensorial de encontrarnos en medio de un laberinto de lecturas pero, seamos sinceros, no siempre compramos de ese modo. Hay ocasiones en las que hemos ido por un libro específico y se acaba el problema. También existe la posibilidad de lanzar el hilo de Ariadna dentro de los catálogos digitales. Minotauros hay por doquier y el riesgo radica, como siempre, en comprar demasiado. Eso sí, en cuanto entreguen la bolsa o la caja, será necesario desinfectar el producto como es debido.

La segunda solución es más aséptica: comprar libros electrónicos. Sé que tienen sus detractores. Yo mismo prefiero leer en papel que en pantalla (sea de Kindle, de teléfono o de computadora), pero reconozco las enormes ventajas que se obtienen al considerar este formato. Formato, nada más. Un libro electrónico comparte algo con los libros de papel: el ser libros. Podrían quejarse del costo de algunas tabletas para leer. Lo cierto es que se pueden descargar estos libros en aplicaciones gratuitas para teléfono o para computadora. Y, por si fuera poco, cuestan menos que los libros físicos.

La tercera es aceptar lo evidente: tenemos libros no leídos en casa y otros que merecen relecturas. Así que es tiempo de escombrar para toparnos con esa novela que compramos en un impulso de hace dos décadas y que se perdió tras muchas otras. Quizá resulte atractivo leer, treinta años más tarde, ese monumento literario en el que nos trepamos siendo jóvenes y del que, en realidad, entendimos poco.

Una cosa más, pequeña pero relevante: no descarguemos libros piratas (ni películas, ni series). La industria editorial sufrirá, como muchas otras, el impacto económico del confinamiento. Y es una industria que nos ha regalado grandes lecturas. Apoyémosla como podamos. Descargar el pdf accesible equivale a comer en la fonda de la esquina y salirnos sin pagar, subirnos al transporte gratis, encargar medicinas y arrebatárselas al repartidor sin que tenga tiempo para recibir el pago. Hay industrias esenciales, la del libro no lo es pero nos ha dado lo suficiente como para también intentar que sobreviva. Leamos, pues, y consumamos libros. Si podemos, si tenemos ganas, aprovechemos el encierro para seguir romantizando a la lectura.