Ignoro cuál sea el problema del amamacho. Lo ignoro no porque desconozca los vicios del lenguaje. Foto: Cuartoscuro.

En casa nos gusta el apapacho. Cada tanto (sobre todo los fines de semana o las vacaciones y, ahora, cualquier día), alguno de los cuatro miembros de esta familia convoca al apapacho familiar. Entonces nos volvemos muégano unos minutos, normalmente en la cama. Es una costumbre que recomiendo sin dudarlo. Abrazar a los pequeños es maravilloso.

Hace un par de años L, mi hijo menor, y M, mi esposa, estaban solos en casa. A ella se le ocurrió proponer un apapacho. L, desde su lógica de cinco años, dijo que no, que no era un apapacho porque no estaba papá, por lo que, entonces, sería un amamacho. La palabra nos gustó mucho. Tanto como los pentáculos del pulpo que describía B o el verbo sollollar, utilizado por mis dos hijos. A diferencia de los dos ejemplos en que, claramente, había un defecto de habla que los hacía sonar bien y hasta ser simpáticos, el amamacho partía de un asunto más profundo: la idea de que, por el simple sonido, el apapacho incluye a papá y el amamacho a mamá.

Hace unos meses, cuando L cumplió 7 años, M retomó una foto de él y la puso en sus redes sociales. Incluyó el asunto del amamacho. Muchos le pusieron corazoncitos. El asunto es que Gina Jaramillo, una querida amiga, lo vio y le gustó la palabra. Tanto, que en su siguiente colaboración en el noticiero de W Radio la utilizó. En poco tiempo se volvió una suerte de chiste local. Lo mencionaban Gabriela Warkentin y Javier Risco. También entró al quite Paulina Chavira, la experta en palabras del programa. Como con todos los chistes locales, a fuerza de utilizarse, se pierde el contexto. Para quien no tenía prendida la radio cuando fue la intervención de Gina Jaramillo, escuchar “amamacho” de la voz de un conductor de radio días o semanas más tarde, dejó de tener sentido. Salvo, al parecer, para la crítica.

Conforme se replicaba el “amamacho” en la radio nacional, comenzaron a llegar críticas. Algunas partían de lo subjetivo: hay a quien no le gustan este tipo de deformaciones del lenguaje. Otras, por la línea de la lógica del lenguaje: “así no es como se crean las palabras” dijeron algunos. Yo recordé a mi amigo de la prepa que aseguraba que si ella se ensimisma, entonces tú te entimismas y yo me enmimismo. Sonreí con indulgencia. No faltaron las aclaraciones: <apapachar> viene del náhuatl y su origen no apunta al padre, por lo que es ridículo sustituir las dos sílabas repetidas por las que apuntan a la maternidad. Bien.

Mi problema comenzó con los ataques. Supongo que es común recibirlos si uno es titular de un noticiero importante. En eso Warkentin y Risco deben ser expertos. Se vuelve la piel dura y, si como ellos, se conserva también el sentido del humor, se pueden generar discusiones divertidas. Decir, en cambio, que “los amamachos son una pendejada” a sabiendas o no de que partieron de la lógica de un niño de cinco años es triste. ¿En verdad es tanta la necesidad de ser agresivo, de atacar? Quizá haya varios que precisen con urgencia de apapachos y amamachos.

Mi trabajo está vinculado con las palabras. En mis novelas pongo especial atención al lenguaje. Me interesa y lo he estudiado desde diferentes trincheras. No haré aquí una síntesis lingüística que transite de Saussure a Pierce. Me limitaré a comentar algo que les digo a mis alumnos cuando hablamos de las palabras. Siempre hay algunas que tienen un significado diverso al habitual dentro de nuestras familias, con nuestras parejas, nuestros amigos o en los círculos en donde más cariño hay. En esos lugares les conferimos valores y referencias alternativas a las palabras que, afuera, significan algo diferente. No suelen ser muchas pero son valiosas. Hay quienes (suele haber problemas de traducción al respecto) le llaman a eso significancia o significación. Es algo que trasciende las relaciones que existen entre el signo y su significado, eso a lo que apelan los puristas escudados en diccionarios. También a las etimologías porque el rastreo filológico es apasionante pero apto para iniciados. Quepa ahora la hipérbole: también hay quien asegura que la literatura se da en estos niveles. Es decir, cuando una palabra (o un conjunto de éstas) deja de apuntar a un código fijado para comenzar a significarle al lector.

Ignoro cuál sea el problema del amamacho. Lo ignoro no porque desconozca los vicios del lenguaje. De hecho, llevo algún tiempo rebelándome contra el uso inadecuado del “pareciera”. Ignoro, pues, cuál es el problema porque surgió de la lógica de un niño de cinco años. Después les gustó como concepto a varias personas. Ya está. ¿Para qué ir más lejos con las agresiones?

Como lo dije al principio: en esta casa nos gusta apapacharnos, nos ha gustado siempre. Desde hace un par de años, también disfrutamos del amamacho. Si se me permite la cursilería, dentro de varias décadas, quizá mis hijos le cuenten a los suyos o a sus nietos acerca de eso. Y será lindo ser recordados por los abrazos, los apapachos y, sin duda, por los amamachos. Más aún, si, ya viejos, nos recuerdan cuando alguien mencione alguna de esas palabras, poco importarán los significados y las etimologías: estaremos unidos también por el lenguaje.