Cuando un androide toma conciencia de sí mismo, ¿debe considerársele algo más que una máquina?. Foto: Mireya Novo, Cuartoscuro

Hace apenas unos años, cuando escuchábamos acerca de un libro en que alguno de sus protagonistas era un robot, era inevitable no pensar en que éste se inscribía dentro de los terrenos de la ciencia ficción. Las últimas décadas nos han traído tantos avances en el terreno tecnológico, que la sorpresa por esos habitantes de novelas y series televisivas se ha reducido. Hemos aceptado que nuestro entorno es fértil para progresos que, si antes eran apenas sospechas a la hora de aparecer en la ficción, ahora son una presencia dentro de los límites de lo posible.

Ian McEwan es un escritor en plena forma. “Máquinas como yo” lo demuestra. El conflicto es simple: Charlie Friends recibe una herencia y, en lugar de invertirla en algo que garantice su vida, decide comprar uno de los pocos ejemplares de un androide indistinguible, a simple vista, de los humanos: Adán. Enamorado como está de Miranda, su vecina del piso superior, Charlie decide que la puesta a punto del androide la harán juntos. Así, pronto aprenderán a convivir entre los tres. Algo cercano a una familia muy peculiar. Sólo que Adán pronto tomará conciencia de sí mismo y decidirá a partir de algoritmos que no necesariamente son compatibles con sus dueños.

Uno de los aspectos más interesantes de la novela es la profunda investigación que ha hecho McEwan. Como en muchos de sus libros anteriores, él no se ocupa sólo de encontrar un tema y pasar por encima. Al contrario, estudia a profundidad para, más tarde, ser capaz de argumentar como si el experto fuera él pero sin que suene demasiado informativo. Piénsese en la Primera Guerra Mundial y “Expiación”, en “Ámsterdam” y la música, en “Solar” y la física nuclear, en “Sábado” y la neurocirugía, en “La Ley del menor” y el derecho… McEwan no sólo se informa sobre los temas que trata sino que profundiza tanto en ellos que es capaz de encontrar las grietas por las que correrá su historia.

Y las grietas más llamativas son las que se relacionan con los conflictos éticos de los personajes: ¿Debe un doctor salvarle la vida a un personaje que tuvo amenazada a su familia minutos antes?, ¿Debe una juez fallar a favor de la vida aunque ésta se confronte con la voluntad del juzgado? Cuando un androide toma conciencia de sí mismo, ¿debe considerársele algo más que una máquina? Las respuestas son mucho más complejas que las preguntas.

En el caso de esta nueva novela, el interés se despierta pues relaciona conflictos con los que posiblemente la humanidad se enfrente dentro de algunos años y, también, porque McEwan decidió ubicar su libro a inicios de la década de 1980. Esto se vuelve relevante toda vez que, entonces, la historia no es una distopía futurista sino, más bien, una realidad posible. La justificación también es simple: Alan Turing no se suicidó tras haber sido sometido a las humillaciones que soportó por culpa de su homosexualidad. Entonces, la humanidad tuvo a un gran científico de su lado que contribuyó a que la ciencia avanzara a pasos agigantados. De ahí que los androides fueran posibles.

Las preguntas vuelven a la carga: ¿fue un mejor futuro o, simplemente, se apresuró lo inevitable? A saber, esa respuesta corresponde a los lectores. Pese a ello, siempre resulta atractivo constatar cómo las distopías ya no requieren de futuros lejanos para ser narradas. “Years and years” la extraordinaria serie de televisión, también es una muestra de ello. Una de las ideas que quedan flotando en el espectador es que, por más que uno discuta en torno a la mejor forma de dirigir al mundo, nunca se pueden tener certezas de los resultados. En este sentido, la ficción contribuye, desde planeamientos que involucran planos que van de lo político a lo sexual, a que comprendamos mejor en dónde descansa la importancia de las cosas. Los individuos, siguen siendo la base de todo.