El padre Manuel, el día que recibió la Medalla al Mérito Cooperativista por la Cámara de Diputados.
Foto: Cuartoscuro.

Hace un mes, el pasado 2 de marzo, falleció a los 98 años de edad el presbítero Manuel Velázquez Hernández. El padre Manuel, le decíamos quienes lo tratábamos, lo queríamos y lo admirábamos. Hijo de una familia campesina de Valle de Bravo, en el Estado de México, este humilde cura diocesano hizo más por los pobres de México que gobiernos e instituciones piadosas en décadas.

No es extraño, sin embargo, que su muerte haya pasado prácticamente desapercibida. Ocurre con los más grandes.

El padre Manuel fue junto con Pedro, su hermano mayor, cura también, el fundador de las llamadas Cajas Populares en México, luego de haber viajado en 1950 con el obispo Carlos Talavera a Nueva Escocia para conocer las exitosas experiencias cooperativas en aquella región canadiense.

Las Cajas Populares son cooperativas de ahorro y crédito integradas por habitantes de pequeñas poblaciones fundamentalmente rurales que les permiten hacer de la suma de sus carencias una riqueza compartida por todos.

Actualmente existen 803 organizaciones de este tipo en todo el país, de las cuales 156 están autorizadas y supervisadas por las autoridades financieras y 517 son de nivel básico, que no requieren supervisión ni autorización para operar. Alrededor de 10 millones de familias de ejidatarios, trabajadores agrícolas, obreros y pequeños comerciantes participan y se benefician de su funcionamiento.

La primera de esas cooperativas, la Caja Popular Mexicana, hoy tiene 2.7 millones de socios. Fue la pionera de las organizaciones populares que integraron la Confederación Mexicana de Cajas Populares, de cuya fundación me tocó ser testigo.

Hace siete años, el 16 de abril de 2013, la Cámara de Diputados reconoció la labor encomiable del padre Manuel, al otorgarle la Medalla al Mérito Cooperativista y la Economía Social que le entregó en sesión solemne el Diputado Francisco Arroyo Vieyra, entonces presidente de la Mesa Directiva. Con la modestia que le era característica, el sacerdote homenajeado, sociólogo de profesión, se limitó a decir que el mérito no le correspondía a él, sino al pueblo pobre que había tomado en sus manos la terea de su propia redención. Y repitió el lema de las Cajas, que él mismo acuñó 69 años atrás: “Por un capital en manos del pueblo”.

Ex párroco de Atlacomulco, el padre Manuel hizo sin embargo muchas otras cosas a favor de las clases marginadas, incluyendo la promoción  de decenas de organizaciones sociales de todo tipo, a través del Secretariado Social Mexicano (SSM), creado en 1920 por el Episcopado Mexicano para encargarlo de la Pastoral Social de la Iglesia.

El SSM fue dirigido por el padre Pedro Velázquez desde 1948 hasta su fallecimiento en diciembre de 1968. Entonces su hermano Manuel asumió la dirección, que ejercería hasta el día de su muerte. Durante cuatro décadas, todos los días subía a pie los cuatro niveles del edificio de Roma 1, en la colonia Juárez, donde se ubicaba su oficina.

Inspirado en la Doctrina Social de la Iglesia contenida fundamentalmente en las encíclicas papeles Rerum novarum, de León XIII; Quadragesimo anno, de Pío XI, Mater et Magistra, de Juan XXIII y Popularum Progressio, de Paulo VI, el SSM dirigido por él promovió la creación de una serie de organizaciones de promoción social, además de cooperativas de artesanos, campesinos y obreros.

Entre ellas se cuentan el Frente Auténtico del Trabajo (FAT), la Juventud Agrícola Mexicana (JAM), el Instituto Mexicano de Estadios Sociales (IMES), la Unión Social de Empresarios Mexicanos (USEM), el Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos), Promoción del Desarrollo Popular (PPD), el Centro Operacional de Vivienda y Poblamiento (Copevi), la Unión de Empresarios Católicos (UEC), la Federación Campesina Latinoamericana (FCL), la Unión Mexicana de Trabajadoras Sociales (UTS) y la Central de Servicios Populares (CSP).

Esas y otras instituciones, la mayoría de las cuales subsisten hasta la fecha, adquirieron plena economía cuando a su vez la obtuvo del propio Secretariado Social con respecto al Episcopado, al optar el padre Manuel por asumir como guías de su quehacer la Teología de la Liberación y la opción preferencial por los pobres. Siempre cuestionó las ayudas asistenciales y la caridad como limosna, la dádiva, decía, que ofende y lastima la dignidad humana de las personas.

Lo conocí precisamente cuando entré a trabajar, a los 17 años de edad, a la Unión Social de Empresarios Mexicanos (USEM), primero como humilde mensajero (ofice boy, se decía entonces) y más tarde como encargado de Comunicación Social. Él era el asesor de esa organización de empresarios cristianos. Para mí fue un amigo y un guía, muy cercano a mi familia además, al que sin duda debo aspectos fundamentales de mi formación personal y de mi opción vocacional.

Alguna vez, al salir con él de una sesión-comida de la USEM en el club de Banqueros –que entonces estaba en el último piso del edificio Guardiola, en la esquina de Madero y San Juan de Letrán–, le expresé mi sorpresa por la forma en que había conmovido a los empresarios una conferencia suya sobre los pobres de este país y la necesaria justicia social. “Mira –me dijo con su risita mustia–, a los ricos es muy fácil llegarles al corazón; un poco más difícil es llegarles a la mente; pero lo que es casi imposible es llegarles al bolsillo”.

Me acordé especialmente de él hace unos días, al ver y escuchar los malabares verbales del Presidente para justificar en el púlpito de Palacio Nacional una cita que hizo del Papa Francisco, que según él avalaría su posición inquebrantable de que primero los pobres, lo cual por cierto es lo único que nadie le cuestiona.

Me habría gustado que Andrés Manuel conociera este párrafo escrito por el padre Manuel en los años 70, que de alguna manera resume el sentido de su convicción vital y su idea de la justicia:

“Paternalismo no. El pueblo no puede esperar esta solución. Es indignante. Es humillante. Es, además, imposible, inoperante (…) Porque no solamente es el problema de la carencia de recursos económicos, está también y primordialmente la calidad humana. Hay que hacer primero a las personas y luego a las instituciones..”  Válgame.

@fopinchetti