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“Los morenistas fundadores y leales al ‘proyecto’ no ven bien algunas candidaturas porque se les desplaza y si lo ven, no lo aceptan y acusan de traición a Mario Delgado, nunca a las necesidades coyunturales de AMLO”. Foto: Michael Balam, Cuartoscuro.

Corrían los años 30 del siglo pasado bajo la sombra de nazismo emergente y eso llevaba a que el movimiento comunista lanzará la directriz de “unidad a toda costa” para los partidos aglutinados en la III Internacional.

Esa estrategia defensiva consistía en que las organizaciones filiales deberían replegar sus banderas nacionales y unirse a las fuerzas antifascistas para detener el avance impetuoso de los nacionalismos bélicos europeos.

En México, está directriz la adoptó el Partido Comunista Mexicano (PCM) y apoyó al gobierno nacionalista del general Lázaro Cárdenas. A la par de aquella definición internacionalista un sector del trotskismo lanzó la estrategia del “entrismo” que consistía en que sus militantes participaran activamente en el movimiento obrero bajo la influencia de los partidos socialdemócratas y marxista leninistas.

Que en México se manifestaba en la naciente Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM) donde los comunistas y lombardistas que tenían un papel en las definiciones incluso en 1948, daría pie para la formación del Partido Popular (al cual en 1960 se le agregaría preventivamente el segundo apellido de socialista).

Entonces, el “entrismo” trotskista, pese a su baja influencia dio más espesura al caldo socialista en México y en el resto del mundo, con la formación de la llamada IV Internacional Comunista ocurrida en Paris en 1938.

Se dice que este intento arriesgado de inclusión no tuvo el éxito esperado sea por los desencuentros entre trotskistas o por la escasa militancia de está corriente internacionalista.

No obstante, está suerte de “contaminación” ideológica y política ya forma parte de la historia de la izquierda mexicana.

El segundo momento de este proceso se dio cuando el PCM luego de un largo debate decide disolverse para dar paso a la confluencia de distintos partidos y grupos en el Partido Socialista Unificado de México (PSUM) y años más tarde, al Partido Mexicano Socialista, y finalmente, el Partido de la Revolución Democrática (PRD), donde se perfilan tres corrientes: los nacionalistas que provenían de la Corriente Democratizadora del PRI, el sector socialdemócrata y los comunistas.

El sector nacionalista fue imponiendo su influencia a través Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y en otra línea, la que impulsaba Heberto Castillo. Al lado de estas figuras relevantes estaba el joven Andrés Manuel López Obrador, un luchador social que destacó rápidamente en el PRD.

Este siendo dirigente nacional del PRD manifiesta un crecimiento electoral muy importante entre los sectores pobres y medios del país. Este proceso fue afirmándose cuando es postulado a la Presidencia de la República en las fraudulentas elecciones de 2006 y las hoy escandalosas de 2012, por las revelaciones del caso Odebrecht, que en ninguna de ellas gana la contienda sirvieron para acumular capital político.

Eso lo lleva a distanciarse del PRD y registrar en 2014, formalmente al partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y, en los comicios intermedios de 2015, esta formación logra 38 diputados para convertirse en la quinta fuerza política del país y en 2018, se produce un vuelco que se le califica como tsunami que barrió el sistema de partidos logrando la presidencia de la República y el control del sistema bicameral, gubernaturas, congresos locales y cientos de alcaldías.

Morena, en ese entonces, era un partido con una fuerte centralización y personalización y una escasa institucionalización partidaria que ha provocado una gran discrecionalidad en la toma de decisiones incluso al punto de que pudo sobrevivir sin una dirección consolidada y en varios estados, se mantiene acéfala o escasamente cohesionada.

En esta circunstancia llegamos a la antesala de los comicios intermedios de 2021, donde estará en juego la Cámara de Diputados, 15 gubernaturas con sus congresos locales, y miles de alcaldías y regidurías.

¿Qué podría producir un partido que sigue siendo altamente personalizado? o mejor ¿con una escasa institucionalización partidaria? De entrada, se imponen las necesidades del Presidente sea para conservar la mayoría de la Cámara de Diputados, aumentar su influencia en los estados y municipios e ir como caballo de hacienda, a la consulta sobre revocación de mandato que ocurrirá en 2022.

Ante estas necesidades la visión de López Obrador obliga ampliar las alianzas que había tejido en 2018 y que esos aliados se mantenían entonces en el PRI y el PAN, por encima incluso de la militancia que lo había acompañado desde el PRD y fundado Morena.

Los morenistas fundadores y leales al “proyecto” no lo ven bien porque se les desplaza y si lo ven, no lo aceptan y acusan de traición a Mario Delgado, el dirigente nacional de Morena, nunca a las necesidades coyunturales de López Obrador, sin embargo, tiene una racionalidad que Morena este postulando candidatos con un pasado activo en la llamada “mafia del poder”.

Grupos y personajes impresentables por ser muchos de ellos notoriamente corruptos. Pero la decisión está tomada. Quienes operan esta decisión, le apuestan a que estos personajes regionales le garanticen en primer lugar la mayoría de los diputados federales independientemente de que ellos pierdan o ganen estados y municipios.

Saben además que la militancia morenista está en un callejón sin salida y en el mejor de los casos, se abstendrán o votarán en forma cruzada. Una combinación de votos diferenciados en la oferta política. Cómo lo señala implícitamente Gibran Ramírez cuándo llama a votar solo por los “candidatos decentes” de Morena más no, por candidatos que a su juicio son contrarios al espíritu de la 4T.

Y ese es el problema, la 4T es lo que estamos viendo como estrategia de alianzas, no la que se rasga las vestiduras reclamando la incongruencia de Mario Delgado y la Comisión Nacional de Elecciones de Morena, o los encargados de las encuestas de intención de voto, que hace sospechar que nunca ocurrieron. Los que ven una traición al Presidente o los que miran la política con la lente de la pureza obradorista.

El problema es que en está estrategia hay riesgos pues los cálculos quizá no salgan cómo se esperan. Sea porque quizá los candidatos seleccionados a las gubernaturas terminen por caerse cómo sucede hoy en Nuevo León; o se cumplan las derrotas que se prefiguran en Baja California Sur, Chihuahua, Querétaro y San Luis Potosí; o los resultados inciertos donde se está cerrando la competencia entre las dos principales coaliciones, cómo sucede en Sonora y Sinaloa y el voto de castigo, que puede afectar al candidato de Morena en Guerrero si pasa el filtro del tribunal electoral.

Y, claro, está también en contra el INE con su decisión de poner un alto a la sobrerrepresentación, aunque el Tribunal Electoral, contrario a la ley, pueda fallar a favor de los reclamos obradoristas.

En definitiva, tenemos que mientras la vieja izquierda estuvo intervenida por otras fuerzas del signo comunista o socialista, las de un nacionalismo revolucionario “enriquecido” podría terminar neutralizando definitivamente a esa izquierda variopinta que sobrevive hoy en Morena.

¡Al tiempo!