La siguiente es la historia de un niño que vivió entre maltratos y adicciones. Es la vida de un joven que levantó su arma, amenazó y robó. 

Ciudad de México, 11 de julio (SinEmbargo).– Rostros en la oscuridad lleva en el título su antítesis. Las pamboleras, los pacientes de hospitales, las víctimas de la violencia, los migrantes… todos encuentran un poco de luz en las páginas.

El proyecto editorial nació con “punch” y arrojo. Ahora es una realidad: más de una decena de libros respaldan el trabajo de Melchor López Hernández, Karla Santamaría y Adán Magaña. Uno de ellos, el más reciente, es Transporte público.

Con el permiso de Ediciones Buuk, SinEmbargo comparte la presentación y el primer capítulo de Rostros en la oscuridad: Transporte público.

 

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ROBO A TRANSPORTE PÚBLICO

Por Martin Coria Bacilio

Desde que era niño la vida consistió en ver a mi padre beber y a mi madre ser maltratada. Esa vida para un niño no es nada justa: ver a otros niños de la escuela ser abrazados por su padre e incluso mejor vestidos, y ese miedo que era llegar a casa de mi mamá y verla toda madreada. Esas cosas te marcan.

Cuando eres un niño no sabes cómo sobrellevar eso. En mi caso fue la calle y el alcohol. Era más fácil estar en la calle con los amigos, pero poco a poco esa vida te abraza y, posteriormente, te come. Nunca me gustó la escuela y siempre quise explorar la barranca y jugar con mis amigos. Pero un niño simplemente no sabe qué es bueno y qué es malo, principalmente cuando no tiene a nadie.

Eso me orilló desde muy pequeño a robar con los rateros locales. Yo solo me encargué de recibir las cosas robadas, pero para mí era el paraíso pues con eso salía para las papas, el refresco y hasta para la ropa.

Mi primer robo a transporte público lo cometí a los 16 años; pero ya lo había hecho a transeúntes, o simplemente intimidaba a la gente para que me diera dinero y así mantener mi vicio, que en ese entonces era el alcohol.

En una ocasión le pedí dinero a un chofer de combi, pero él solo me insultó y no me quiso dar lo que le pedí. Yo estaba muy enojado; esperé unos días, después pude conseguir una pistola calibre 22, y me subí rumbo a Metro Toreo. Justo antes de llegar, saqué el arma y fui directo al ojete que me faltó al respeto.

Le dije que si se acordaba de mí. Él contestó que sí. Pidió que lo disculpara. Le contesté que no y que me entregara todo lo que tenía. De repente, el pasaje comenzó a sacar sus cosas, pero yo solo iba por el puto que me ofendió. Tomé el arma y le quité su dinero y el estéreo. Y me bajé. Solo le robé al chofer, pero a las pocas horas me arrepentí de no hacer lo mismo con todos y sacar más, pero estaba morro. Me di cuenta de lo fácil que era robar y pues comencé a planear uno con todas las de la ley.

La segunda vez que robé a transporte público fue con un amigo: “El Meso”, que en ese tiempo tenía 12 años. Nos subimos en Periférico y al poco rato corté cartucho y amenacé a todos, mientras “El Meso” comenzó a robar al pasaje. Después nos bajamos a la altura de Satélite y ahí era fácil escapar. Ese día nos trajimos como cuatro mil pesos. Nosotros estábamos morros y se nos hacía un chingo.

La clave de robarle a cualquiera es meter terror, gritar, pegarle o echar un disparo al suelo, y ya si eso no funcionaba, pues un balazo a la pierna para que supieran que era en serio.

Cuando nos dimos cuenta que eso era buen negocio comenzamos a ir más lejos. Pegamos en el D.F., Ecatepec y hasta nos íbamos a Santa Fe. Ya con el tiempo te haces de reputación y de ratero a ratero te conectan gente que alquila armas o carros para la fuga. Incluso la misma policía nos prestó sus armas de cargo para trabajar, y los muy pendejos solo se conformaban con un celular o un reloj.

Las personas que alquilan sus armas o vehículos eran ya otra cosa. A esos sí les tenías que dar la mitad y lo de la renta del arma. Y para asegurarse que no les robarás, debes informar todo en lo que se ocupa el carro para darse a la fuga.

Llegué a dedicarme de tiempo completo al robo de transporte público. Me subía en Periférico rumbo a Atizapán; asaltaba y luego de regreso a Metro Toreo. Ya de ahí le volvía a pegar rumbo a mi casa. Un cabrón como yo, que diario roba, suele ganar hasta 15 mil diarios, aunque es mejor trabajar en grupo porque así te sientes más seguro.

Algo que debes tener en cuenta es ir mentalizado que son ellos o tú. ¿Qué te quiero decir con eso? Que si la gente se te empieza a amotinar, es preferible matar a un cabrón porque donde te agarran te matan a golpes, o con tu misma arma te andan matando.

Así le pasó a varios cábulas con los que robé. A los pendejos los mataron por tentarse el corazón con la gente. O ya en estos tiempos con los vengadores anónimos, ya hay que estar a las vergas; por si las dudas, cabrón que veas sospechoso mejor le tiras un plomazo. A mí, a pesar de dedicarme varios años al robo de transporte, jamás me gustó. Al ratero le gusta sentirse seguro y dominar la situación, pero al final la vida del mismo solo tiene dos caminos: el panteón o la cárcel.

Ahora que tengo familia y me la llevo más o menos bien, me doy cuenta que no vale la pena robar, pues perdí años de mi vida en el penal de Barrientos. Ahí está bien duro, y con todo lo que robes no hay dinero que te alcancé.

Muchas veces piensa la gente que los cabrones que caen presos ahí están bien a gusto, sin hacer ni madres, pero pues quien no la ha vivido ahí no tiene ni idea del infierno que es luchar por sobrevivir. La vida es dura, te agarran de su puta o simplemente se la viven extorsionándote.

Todo lo que hice me cobró 10 años en la cárcel. Yla ropa, los celulares o la droga que compré por robar, no me van a devolver la vida que pasé ahí.

Una combi. Foto: Cuartoscuro.

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PRESENTACIÓN

Un ataúd, cargado por un cuarteto de personas, pasó por los torniquetes mientras atónitos los usuarios del Metro le enterraban su mirada. En tanto que la gente — avance-avance-recórrase— avienta y detiene, empuja-sale-entra; mete, aplasta, empuja. Sulfura y grita: “Me atracaron mi celular”. Voltea. Nos mira. Le regresamos la mirada. Somos entes lejanos. Peligro. Sudor. Avance-avance… policías de guardianes de una multitud que solo se detiene si hay que tirar golpes o apoyar o morbosear.

Cables, USB, en venta y chicles, pastillas; canciones, películas y series en un solo disco. Todo-todo aquí con su servidor: cargadores, pilas, pelotas; diría la abuela: “No venden camas porque no caben”. Música, rolas, bafles. Trovadores y cumbiamberos. ¡Me sacaron la cartera! Recórrase-recórrase. Diario la misma cantaleta.

Como el del micro: recórrase, haga doble fila, por-favorgracias. “Subo por atrás, chofer”, va. Pague… “la gente de atrás que pase su pasaje”. Va el cambio. “¿A dónde dijo que baja?”.

Celular en la mano derecha o izquierda; de pie, sentado, destreza para escribir, prenderé el cel. Ya con el Wifi en el Metro gratis deslizo la emoción con placer o costumbre por miles y miles de memes y videos que me alejan del caos inmediato.

El Metro es el paquete de venas de la urbe citadina. Es un gusano que pinta de colores gran parte del Área Metropolitana de la Ciudad de México. Que cuando se arrastra con tanta lentitud hace que la ansiedad salte a la desesperación. Y es el lugar de la cita, del ligue, del faje, de los arrimones consensuales; y de los arrimones violentos, que nadie desea. Por cinco pesos, es mi respiro para llegar temprano de tan lejos.

Ruido. Recórrase-recórrase. Hacia allá esta la línea café, la que llega a Pantitlán, pero ¿no todas llegan a Pantitlán? “Nos vemos abajo del reloj”, te entrego la chamarra y me pagas. Te hago llegar el mezcal, los libros y el juguete de importación solicitado en redes sociales para que la entrega sea en el Metro que es rápido, aunque te aplasten: ya no hay lugar si no corres o avientas; y te trepas, como en el micro.

El micro, igual que el Metro, se atasca. Madrugo y me preparo para treparme a él y no soportar los aventones ni apachurrones. Llego temprano: me siento, y a mi lado el miedo se instala porque supe que, en esta ruta, ya asaltaron y mataron, pues ¿qué ruta no han asaltado?

Plomazos.

Mancha roja después de un robo.

Tristeza y amenaza.

Y prevención: “Hija, si te asaltan, da todo, no te opongas”. Pero salta el vengador anónimo que se topa al enemigo que atraca al desamparado y saca su fusca y pega un tiro al asaltante. Gracias, vengador anónimo.

No vi nada.

No sé nada.

Llegó la tarde. Todo oscuro. Antaño, dicen los veteranos, el Metro y el transporte público eran área de seguridad. El Metro se alzaba como garante: Voy bien y seguro y no importa que sea más de media noche. De allí me trepo a la combi y ya la libré. Hace años el terror estaba lejos, en la tele o en otro lado.

La experiencia de estar en el transporte público es solo un pedazo de lo que se vive en la Ciudad de México y sus calles por las que circula millones de automotores con conductores gentiles y groseros toscos; y con música a todo lo que da. ¿Quién investiga este espacio urbano? Imposible. Solo se marcan territorios para armar relatos, historias y testimonios de algo que es. Que se vive, que se disfruta y sufre.

Miles de rostros en el Metro; en el sufrimiento, en el juego de poder dentro de los espacios cerrados y atascados de gente del transporte público. Rostros que tienen la mirada de apoyo al otro, de alteridad. Pero los hay de poder gandaya que no cede el lugar a la persona que lo quiere y necesita: la abuela, la discapacitada, la ciega, el ciego.

Rostros en la oscuridad. Transporte público, edita solo un pedazo de la totalidad. No es una muestra; es lo que vimos y trajimos. Es.

Y hoy con gusto somos contigo que compartes.

Melchor López Hernández

Ciudad Universitaria, abril de 2019