La infancia y su faro. Foto: Óscar de la Borbolla.

La infancia es un faro del que uno va alejándose sin darse cuenta, primero brilla a la distancia y hay momentos que siguen ahí vívidamente; después desaparece: se impone la juventud con sus urgencias, sus sueños desaforados y los grandes acontecimientos se agolpan, pues cada día -debido precisamente a las escasas experiencias- uno imagina que ocurre un acontecimiento. Luego se acumulan esto y lo otro, se podan las ambiciones, se hacen modestas y todo el esfuerzo se concentra en resistir, en avanzar aunque sea un poco; desde la edad adulta uno ve la infancia como aquello que, sobre todo, es de otros, de los infantiloides que, siendo niños o no, juguetean al lado de uno.

Este esquema, como los antibióticos de amplio espectro, podría denominarse el estándar de las edades: dentro de sus ductos desfila la vida de una inmensa mayoría de personas. Son pocos, en cambio, quienes, atorados en una infancia perpetua, se mantienen en el mundo del juego con sus alucinaciones y su magia; pocos quienes preservan la inocencia pueril de reírse por cualquier cosa. Y escasos son, también, quienes conservan las ganas y el ímpetu de enfrentarse a todo. La mayoría madura, se estabiliza, se estanca, se contenta con lo que tiene, se conforma y juzga de infantiles o de adolescentes a quienes no se atienen al esquema estándar.

Yo los miro, me miro y trato de ubicarme en alguna etapa, pero se me confunden los tiempos, quiero decir que paso a uno y a otro constantemente, pues hay días que amanezco con 80 años a cuestas y después del desayuno soy un adolescente que quisiera encontrarle la mecha al mundo para hacerlo reventar con todas sus miserias y, después, por la tarde, me apaciguo, considero que las cosas marchan de maravilla y que, salvo unos leves ajustes, todo está bien. ¿Y qué decir de los días en los que al despertar tengo 5 años y me la paso jugando hasta que anochece, o de las semanas en las que las cosas no me parecen y se me vienen las ansias de cambiarlo todo, junto con la languidez de sentirme profundamente incomprendido? Porque hay de días a días y, a veces, también, hay de minutos a minutos, pues, en estos pasares y pesares, hay incluso ocasiones en que me siento con 20 años pero de muerto, y no salgo de la cama y me quedo ahí sin respirar, sin moverme, sin que me aqueje nada.

Estas continuas alternancias de edad hacen que unas personas me consideren serio, tan serio como un director de orquesta, pues, por coincidencia, sólo me han visito con ese talante, y lo mismo ocurre con aquellos que suponen que soy un púber permanente. Sólo quienes me conocen un poco más no saben a qué atenerse conmigo. Yo tampoco sé a qué atenerme conmigo. ¿Con qué edad habré escrito este texto y cada uno de los que han ido conformando esta columna? Los 5 años que hoy cumplo en SinEmbargo.mx son, sin duda, no solo un largo encefalograma de mis edades, sino la prueba autoevidente de lo que hoy he escrito.

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