La infraestructura ciclista es un paso urgente y más necesario que nunca. Foto: Guillermo Perea, Cuartoscuro.

Por Carlos Samayoa*

En el discurso, todo bien, pero en los hechos nos seguimos quedando muy cortos. Desde el inicio de la actual administración del gobierno de la Ciudad de México, se plantearon diversas ideas y proyectos para dar lugar a una verdadera transformación urbana que lamentablemente aún sigue siendo un esbozo de buenas intenciones. La visión de una movilidad sustentable está ahí. Sin lugar a dudas el propio titular de la Secretaría de Movilidad tiene claro qué se necesita implementar para enfrentar los retos enormes de la ciudad.

Sin embargo, hasta el momento seguimos sin saber cuál será el rumbo que se tomará para lograr conectar de manera eficiente a la ciudad con la infraestructura ciclista que el gobierno prometió en abril de 2019 en su plan de reducción de emisiones del sector movilidad, en el cual se señala la construcción de 600 kilómetros de ciclovías para 2024. En efecto, la meta es ambiciosa y eso hace necesario conocer cuál será el respectivo plan de implementación y qué zonas de la ciudad se estaría contemplando favorecer. No lo conocemos y eso hace sentir que el barco avanza a la deriva, o que de plano no quieren comprometerse formalmente.

Por supuesto, no podemos dejar de reconocer buenos aciertos, uno de ellos fue la implementación de las ciclovías emergentes en la Avenida Insurgentes y el Eje 4, lo cual ha permitido contar con casi 50 kilómetros de carriles segregados que han sido sumamente oportunos para atender las necesidades de movilidad y sanitarias para miles de personas que han encontrado en la bicicleta una forma de evitar la posibilidad de contagios de covid19 en las aglomeraciones que pueden suscitarse en el transporte público.

Los buenos resultados están ahí latentes, en cifras, en testimonios, en imágenes, pero lamentablemente la petición que se ha hecho a las autoridades para formalizar esa infraestructura y convertirla en una opción permanente para beneficio de la ciudadanía, no ha encontrado aún la respuesta decidida y congruente que las crisis sanitaria, ambiental y de inseguridad vial que enfrentamos exigen. Los diálogos y propuestas de colaboración que organizaciones de la sociedad civil hemos hecho a la Secretaría de Movilidad se han convertido en un “gracias, nosotros les llamamos”, sin que verdaderamente se vislumbre un sí.

Mientras tanto, la ciudad no se detiene y va a un ritmo mucho más acelerado del que el gobierno de la CDMX actúa. La posibilidad de que el semáforo epidemiológico vuelva a rojo se hace cada vez más latente y con ello viene de nuevo la necesidad de asegurar distancia física a usuarios del espacio público; los accidentes viales continúan; los atropellos y muertes de ciclistas y peatones siguen ahí dejando la dolorosa evidencia de que las autoridades no están respondiendo eficientemente a las necesidades de cambiar las calles.

Ahí tenemos el caso de Mario Trejo, un bicimensajero que realizando su trabajo, hace unos días fue atropellado por un microbús y que en consecuencia perdió una pierna. Peor aún, esa unidad tenía ya tenía antecedentes de haber cometido otras imprudencias con consecuencias fatales. La respuesta del gobierno: 30 días de suspensión de actividades de la ruta. ¿Y dónde están las medidas de fondo para que casos como este no vuelvan a suceder?

Lo que todos tenemos claro es que si esa calle hubiera contado con un carril para ciclistas, si esa calle hubiera tenido un corredor de transporte bien estructurado, probablemente accidentes como ese y muchos otros que lamentablemente se han invisibilizado se hubieran podido evitar. Pero desafortunadamente el “hubiera” no existe. Mucho ha hablado la autoridad de movilidad sobre reestructurar rutas, sobre formar corredores, sobre la profesionalización del servicio, pero también se enfrenta a un letargo que está acrecentando la indignación y descontento de cada vez más personas. Ojalá pueda cambiar eso pronto porque urge.

Definitivamente, la infraestructura ciclista es un paso urgente y más necesario que nunca para garantizar una convivencia armónica entre ciclistas, transportistas y automovilistas; es un elemento que permitirá pacificar las calles y desterrar la violencia cotidiana que tan fácilmente puede brotar a causa de los percances viales, y es una forma de hacer justicia a todas aquellas personas que han sido víctimas de ese modelo de ciudad.

*Coordinador de Ciudades Sustentables en Greenpeace México