Eli, sexoservidora de 49 años, carraspea y llora al citar palabras de su hija. Las lágrimas bajan por sus mejillas, chupadas por la diabetes, el hambre, el sol y las intensas y estériles jornadas que trajo la COVID-19. Luego inhala fuerte en el parque en el que jóvenes estornudan y tosen. Dice que lo que más le da tristeza de su trabajo es que no tiene amigas. En las esquinas de la Ciudad de México, señala, sólo hay soledad y exposición ante la violencia de los desconocidos. 

Ciudad de México, 26 de mayo (SinEmbargo).– Eli, de 49 años, llora al recordar lo lejos que está de casa. Luego toma aire e intenta contener las lágrimas. Cada frase que dice la lleva junto a su hija. Todo el día piensa en ella. Darle dinero para sus estudios es precisamente lo que la llevó en enero de 2020 de Cancún, Quintana Roo, a la Ciudad de México. En la capital comenzó ganando bien, hasta 7 mil pesos en una jornada, cuenta. Pero luego bajaron “los amigos”, como ella prefiere llamar a sus clientes. Cada mes fueron menos, y para marzo, cuando autoridades establecieron las reglas para frenar el avance de la COVID-19, ya no había para pagar el hotel en el que pasaba sus noches ni para comer.

La mujer se sienta con las piernas suspendidas sobre una estación para bicicletas o se recarga en las paredes. Y ahí espera. “¿Vamos al hotel?”, dice al que se acerca. “200 pesos por una hora”, agrega. Luego sonríe. “Son 70 pesos más del hotel”. Luego vuelve a sonreír. Se revisa los dedos de las manos y se acomoda la ropa. Espera y espera.

Eli es sexoservidora desde hace 2 años. El primer gran tramo de tiempo, poco más de año y medio, lo trabajó en Cancún. Allá contaba con su tarjeta de salud, con la cual las autoridades verificaban que se encontrara bien. Cada ocho días la revisaban médicos para saber si había contraído alguna infección. Cada cierto tiempo le hacían la prueba de Papanicolaou, y cada tres meses se sometía al examen ELISA para descartar el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Era una obligación demostrar que estuviera sana, dice. Si no cumplía con las pruebas, podía llevarse una multa de hasta 3 mil pesos, asegura. Pero en la Ciudad de México todo cambió. Ahí las autoridades sólo pasan a dejarle preservativos.

“En Cancún se trabaja diferente. Aquí te dejan trabajar como quieras. Deberían hacer las pruebas que hacen allá, pues es una forma de cuidar a las mujeres y a los que solicitan sus servicios. Aquí no hay ningún tipo de control”, opina desde el parque Tabacalera, a unos metros de la Avenida Puente de Alvarado, Alcaldía Cuauhtémoc, en la zona en la que trabaja.

“No he tenido ninguna enfermedad, aunque sí hay personas que vienen y me dicen que me dan 200 pesos más para que lo hagamos sin condón. ‘Discúlpame pero no’, les respondo. No me puedo arriesgar. ‘Es que yo estoy limpio, mírame’, dicen. Yo los puedo ver bien, pero la enfermedad no se ve. Yo puedo ver que caminen, que respiren. Con 200 pesos, si me contagian el VIH, ¿voy a salvar mi vida? Si ellos me cuidan, yo los cuido. Hay gente en las calles que sí se droga, y que por necesidad para pagar su vicio, no les importa. Lo hacen hasta sin condón”, lamenta.

Avenida Puente de Alvarado. Foto: Carlos Vargas, SinEmbargo.

Si bien la mujer no ha contraído ninguna enfermedad de transmisión sexual, sí hay una enfermedad crónica que lleva años debilitando su cuerpo. Tiene diabetes (una de las principales causas de mortalidad en México y enemiga de los que se infectan de SARS-CoV-2), por lo cual necesita inyectarse insulina cada determinado tiempo. Trata de llevar una alimentación saludable, pero termina por ser complicado estando en la calle, sin dinero.

Y así, enferma y perdiendo kilos cada semana, la mujer se avienta largas jornadas para tratar de juntar para pagar la pensión en la que ahora vive. Trabaja de 9 a.m. a 8 p.m., o de 8 p.m. a 7 a.m. A veces no sale ya ni para persignarse, cuenta. Menos para pagar un cuarto. Luego de la implementación de la Jornada Nacional de Sana Distancia, tuvo que pasar un mes en una casa de campaña que compró.

De acuerdo con la Brigada Callejera Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer “Elisa Martínez”, en la Ciudad de México hay al menos 7 mil 500 trabajadoras sexuales, de las cuales, por lo menos el 20 por ciento tiene diabetes, y al menos un 10 por ciento son adultas mayores.

“Antes me quedaba en el hotel Paraíso. Pagaba yo 270 pesos diario, pero conforme avanzó la epidemia, no había nada… No podía yo pagar el hotel, me fui a uno más barato. Ahí pagaba 150, pero luego lo cerraron”, cuenta Eli. “La situación está cada vez peor, la gente ya no sale, no hay dinero, no hay para generar nada. Hay días en que sí trabaja uno y días en que no hay nada. Llega el momento en que se preocupa uno. Mi hija está estudiando Arquitectura y yo le tengo que estar enviando dinero a ella. Me la he visto muy difícil. He pasado hambre. A veces no hay nada qué comer. Es muy triste, la verdad. Habemos muchas chicas que nos quedamos en la calle. Llega el momento en que te desesperas y no sabes ni qué hacer. No vemos cuándo se termina esto. Ya queremos que esto se termine porque todos estamos sufriendo”, agrega.

En marzo, el Gobierno de la capital publicó un acuerdo en el que se pidió suspender actividades en establecimiento no esenciales para que el coronavirus no provocara más contagios. Los hoteles iban en la lista. Hoy son contados los que permanecen abiertos para que sexoservidoras continúen trabajando.

Antes de dedicarse al sexoservicio, Eli trabajó en la seguridad de la zona hotelera de Cancún. Dice que no le iba bien. Dice que le pagaban 3 mil 500 a la quincena, más un vale de despensa y lo del Afore e Infonavit. No lograba cubrir los gastos, y luego llegaron las colegiaturas de su hija y alcanzó para menos. Enfatiza en que no tiene padrote –como se llamaba antes a los tratantes de personas– ni nadie que la manipule. Dice que el trabajo lo hace por amor a su hija, pues no quiere que ella tenga que pasar por las mismas situaciones.

Eli carraspea y vuelve a llorar al recordar que su hija le prometió que no la defraudaría. Las lágrimas bajan por sus mejillas, chupadas por la diabetes, el hambre, el sol y las intensas y estériles jornadas que trajo la COVID-19. Si bien continúa protegiéndose contra las enfermedades de transmisión sexual, para el covonavirus no usa ni la mínima defensa. Respira el mismo aire del parque en el que jóvenes estornudan y tosen. Dice que lo que más le da tristeza de su trabajo es que no tiene amigas. En la esquina de la Puente de Alvarado, señala, sólo hay envidias, soledad y exposición ante desconocidos.

Además del VIH, el virus del papiloma humano, el SARS-CoV-2 y demás enfermedades, Eli se expone a la violencia. Asegura que a principios de mayo un sujeto la amenazó con un arma. “Vamos a Monterrey y hasta que me juntes 50 mil te dejaré ir”, le dijo. Ella tuvo que saltar hacia una patrulla para que la ayudaran. Y de esos hay varios ejemplos, están los que quieren extorsionarla o los que creen que por pagarle 200 pesos tienen derecho a lastimarla.

“No es fácil. Muchos creen que las sexoservidoras ganamos dinero rápido, pero no es cierto. Sufre uno malas miradas de los que pasan. Sufres desprecio, humillaciones, insultos de tus mismas compañeras. Es algo que nos hace reflexionar y valorarnos como mujeres. Con miedo he dormido en la calle, con miedo a que venga un loco y me apuñale”, dice.

Durante la epidemia, Eli sólo ha recibido apoyo de particulares. Dice que a las autoridades no les interesa ayudar a las sexoservidoras. Cuenta que se enteró de apoyos por parte de la Brigada Callejera, pero ella no alcanzó. Añade que en la calle no se tiene descanso, pues siempre está preocupada por el dinero, por la comida o por si habrá un techo para refugiarse. Insiste en que lo más duro de esta nueva realidad es el estar muriendo de hambre.