Los investigadores comprobaron que existe cierta relación entre las variables epidemiológicas y la temperatura, la latitud y longitud.

Madrid, 28 de enero (Europa Press).- Una nueva investigación de la Universidad de Illinois (Estados Unidos) ha apuntado que el virus de la COVID-19 podría ser estacional, al menos en parte, igual que la gripe. En un artículo publicado en la revista Evolutionary Bioinformatics, los investigadores muestran que los casos de COVID-19 y las tasas de mortalidad, entre otros parámetros epidemiológicos, están significativamente correlacionados con la temperatura y la latitud en 221 países.

“Una conclusión es que la enfermedad puede ser estacional, como la gripe. Esto es muy relevante para lo que debemos esperar a partir de ahora después de que la vacuna controle estas primeras oleadas de COVID-19”, explica el autor principal del trabajo, Gustavo Caetano-Anollés.

El carácter estacional de las enfermedades víricas está tan extendido que ha pasado a formar parte de la lengua. Por ejemplo, a menudo se habla de la “temporada de gripe” para describir la mayor incidencia de la gripe durante los meses fríos del invierno. Al principio de la pandemia, los investigadores sugirieron que el SARS-CoV-2 podría comportarse como otros coronavirus, muchos de los cuales hacen acto de presencia en otoño e invierno.

En primer lugar, estos investigadores descargaron los datos epidemiológicos pertinentes (incidencia de la enfermedad, mortalidad, casos de recuperación, casos activos, tasa de pruebas y hospitalización) de 221 países, junto con su latitud, longitud y temperatura media. Los datos se obtuvieron a partir del 15 de abril de 2020, porque esa fecha representa el momento de un año determinado en el que la variación estacional de la temperatura alcanza su máximo en todo el mundo. Esa fecha también coincidió con un momento de la primera pandemia en el que las infecciones por COVID-19 alcanzaron su máximo nivel en todas partes.

El equipo de investigación utilizó métodos estadísticos para comprobar si las variables epidemiológicas estaban correlacionadas con la temperatura, la latitud y la longitud. La expectativa era que los países más cálidos y cercanos al ecuador serían los menos afectados por la enfermedad.

“Efectivamente, nuestro análisis epidemiológico mundial mostró una correlación estadísticamente significativa entre la temperatura y la incidencia, la mortalidad, los casos de recuperación y los casos activos. La misma tendencia se encontró con la latitud, pero no con la longitud, como esperábamos”, afirma Caetano-Anollés.

Aunque la temperatura y la latitud estaban inequívocamente correlacionadas con los casos de COVID-19, los investigadores puntualizan que el clima es sólo uno de los factores que determinan la incidencia estacional de COVID-19 en todo el mundo.

Tuvieron en cuenta otros factores estandarizando los datos epidemiológicos brutos en tasas de enfermedad per cápita y asignando a cada país un índice de riesgo que reflejara la preparación de la sanidad pública y la incidencia de comorbilidades en la población. La idea era que si la enfermedad estaba aumentando en países con recursos inadecuados o con tasas de diabetes, obesidad o vejez superiores a la media, el índice de riesgo parecería más importante en el análisis que la temperatura. Pero no fue así. El índice no se correlacionó en absoluto con las métricas de la enfermedad.

Trabajos anteriores de Caetano-Anollés y sus colaboradores identificaron zonas del genoma del virus del SARS-CoV-2 que experimentaban rápidas mutaciones, algunas representadas en la nueva variante del virus procedente de Reino Unido, y otras regiones genómicas que se estabilizaban. Dado que virus similares muestran repuntes estacionales en las tasas de mutación, el equipo de investigación buscó conexiones entre los cambios mutacionales del virus y la temperatura, latitud y longitud de los lugares de los que se tomaron muestras de genomas en todo el mundo.

El equipo de investigación utilizó métodos estadísticos para comprobar si las variables epidemiológicas estaban correlacionadas con la temperatura, la latitud y la longitud. En la imagen, el investigador Gustavo Caetano-Anolles. Foto: L. Brian Stauffer, University of Illinois

“Nuestros resultados sugieren que el virus está cambiando a su propio ritmo y que las mutaciones se ven afectadas por otros factores además de la temperatura o la latitud. No sabemos exactamente cuáles son esos factores, pero ahora podemos decir que los efectos estacionales son independientes de la composición genética del virus”, afirma Caetano-Anollés.

Los investigadores afirman que nuestros propios sistemas inmunitarios podrían ser parcialmente responsables del patrón de estacionalidad. Por ejemplo, nuestra respuesta inmunitaria a la gripe puede verse influida por la temperatura y el estado nutricional, incluida la vitamina D, un elemento crucial en nuestras defensas inmunitarias. Con una menor exposición al sol durante el invierno, no producimos suficiente cantidad de esa vitamina. Pero es demasiado pronto para decir cómo interactúan la estacionalidad y nuestro sistema inmunitario en el caso de la COVID-19.

“Sabemos que la gripe es estacional y que tenemos un descanso durante el verano. Eso nos da la oportunidad de preparar la vacuna contra la gripe para el otoño siguiente. Cuando todavía estamos en medio de una pandemia furiosa, esa pausa es inexistente. Quizá aprender a reforzar nuestro sistema inmunitario podría ayudar a combatir la enfermedad mientras luchamos por ponernos al día con el siempre cambiante coronavirus”, concluye el investigador.