Tormenta a 4 tiempos. Pintura Tomás Calvillo Unna

PARA EL ESCUADRÓN 421 QUE EN SU CAYUCO LLEVA EL AMANECER DE LA MONTAÑA.

Una pizca

de la frescura del amanecer

para cuidarla entre las horas

y más allá de las horas;

es mi aspiración.

Decirle al viento

que nos permita caminar en la tormenta,

hablarle pausado, sin gritos;

y si podemos,

nada más escucharlo.

 

Recuperar esa confianza minada y milenaria,

la urdimbre misma

que nos permite estar aquí:

a veces caminando, otras divagando

entre las esquirlas del tiempo;

el marcapasos que todos llevamos.

 

Cómo descifrar el mensaje,

no del cromosoma,

no esa hélice hilada de eternidad,

o aquella intuitiva galaxia

capturada en su instante de millones;

proporción desbordada desde el origen,

auricular y visible imaginación pura,

en esa extensión continua

hasta el presagio de su contracción.

 

Cómo descifrar

ante la magnitud de la experiencia que nos envuelve;

si persiste el asombro en su innata presencia.

Admirar sin más,

el iracundo desenlace de los relatos celestes,

sus inconmensurables escenarios

que nos gobiernan,

aunque prefiramos ignorarlo.

La memoria en su escala propia lo percibe

y pareciera cifrar su quehacer

en anudar los eventos: trazar otro tiempo

de poros etéreos,

sin el peso ya de los cuerpos.

Un ajuste de cuentas

ante el mañana incierto, incluso inverosímil;

un anzuelo que captura la razón y otorga

su indispensable serenidad:

la sangre de su cordura.

 

En esa atmósfera interior

prevalece el mensaje;

a cada quien le corresponde develarlo;

la suerte de la vida tiene que ver con ello.

En estos tiempos de desquiciada normalidad

vale la pena encontrarlo.

 

No dejamos de ser del todo

peregrinos en nuestro propio corazón;

en sus contornos

la intuición advierte

una antigua resonancia.