El hijo trata de tres personajes que se rebelan a los modelos de su tiempo: Eli, quien aprende una nueva forma de vivir con un pueblo originario; Pete, quien no acepta la violencia de su familia y Jeanne Anne quien actúa contra las expectativas impuestas por una comunidad machista.

Para la construcción identitaria del texano en esta obra, los lazos mexicanos son igual de relevantes que los lazos con los pueblos originarios. El autor muestra que Texas acepta y se enorgullece del aporte identitario, pero reniega su cara hispana.

Por Ariel Omar Orenday Martínez

Ciudad de México, 30 de mayo (LangostaLiteraria).- La novela El hijo, de Philipp Meyer fue publicada originalmente en 2013 y es una novela con rasgos de historia de vaqueros, drama de colonos visionarios y ambiciosos. Muchos la han descrito como una historia épica sobre el origen de Texas y recalcan que es una descripción de las vicisitudes que sufre una familia rica y poderosa.

Aunque la importancia que se le ha dado al tema de los “problemas de los poderosos” no les hace justicia a las diferentes preocupaciones reflejadas en el libro. A grandes rasgos, El hijo trata de tres personajes que trascienden por rebelarse a los modelos de su tiempo.

Por un lado está Eli, quien es secuestrado por los comanches y con ellos encuentra una forma de vivir que no podrá conciliar con las demandas de la Texas modernizada. Por otro, su hijo Pete no acepta la violencia innata a la riqueza de su familia; opta por separarse de ellos y enmendar a su manera viejos pecados. Por último, su bisnieta Jeanne Anne gastará su vida tratando de rebelarse a las expectativas impuestas por una comunidad machista y adinerada.

Los tres personajes comparten— y son casi cautivos — de la misma parcela por más de ciento cincuenta años, la cual se transformará a la par de las exigencias impuestas por su colonización y urbanización. Así, la prosperidad de los McCullough crece mientras la tierra es devastada.

El nombre de la novela parece una evocación simbólica de la independencia y transformación de la propia Texas desde su separación de México. No es coincidencia que Eli McCullough comparta fecha de nacimiento con la firma de la Declaración de Independencia texana. Se podría decir que él es el hijo de la nueva república y que su vida es una alegoría del nacimiento de esta nueva nación.

Siguiendo este análisis, se pueden hacer reflexiones más interesantes que aquellas centradas en “la búsqueda del poder”. Por ejemplo, que los lazos identitarios con los pueblos originarios son más prominentes de lo que al gobierno estadounidense le gustaría admitir, sobre todo en tiempos donde la frontera colonizada apenas era una idea en la mente de muchos aventureros.

Gracias a las anécdotas de Eli podemos ver cómo la importancia al mérito alimentaba la vida de los pueblos originarios. No sólo en sus luchas, sino también en el demostrarse autosuficiente e independiente ante la naturaleza y entre los compañeros de una aldea. Eli, rebautizado Tiehteti, aprenderá esta manera de vivir en su ocaso, donde la interacción cada vez más obligada con los colonos, y no las batallas, será lo que lleve al borde de la extinción a los grandes pueblos nativos.

Desde entonces, volver a esta vida de libertad silvestre y absoluta será la principal motivación del joven McCullough. Hecho rangeramericano, resignificará la tradición comanche del hurto como forma de restitución, convirtiéndola en una justificación para sus saqueos indiscriminados. Al finalizar la guerra de secesión, Eli se alzará como un gran ganadero a costa de la rapiña. Buscará su libertad en la máxima riqueza posible.

Siguiendo con la construcción identitaria del texano para esta obra, los lazos mexicanos son igual de relevantes que los lazos con los pueblos originarios. El tercer hijo de Eli, Peter, se rebelará ante la violencia que su padre y sus compañeros estadounidenses practican contra los habitantes mexicanos.

Si bien la ley suprema del oeste es impartir justicia “a mano propia”, la masacre que cometen los McCullough es excesiva, pero la autoridad del pueblo no tiene problemas en mirar a otro lado y construir una historia más adecuada.

Por dos años Peter vivirá bajo la sombra acosadora de los horribles actos de su estirpe, a la vez pierde toda independencia ante las decisiones de su padre y su esposa. Para él, la libertad vendrá después de ser absuelto por los crímenes de su familia.

Finalmente, Jeanne Anne McCullough es la heredera tanto de la riqueza a mano armada de su bisabuelo Eli, como de la tradición silvestre del vaquero y de las faltas pasadas de su familia. En ella se conjurarán todas estas condiciones familiares y sociales, y a través del filtro de su propia feminidad es que responderá a la pregunta obligada: ¿qué es la libertad y cómo conseguirla?

Su vida será arrastrada por las pasadas decisiones familiares mientras ella trata de imponerse mediante sus propias acciones. Llena de inseguridades pero de carácter fuerte, navegará de una idea de libertad a otra, sin nunca sentirse completa. Obtendrá liberación sexual, independencia y soberanía económica con el debido tiempo.

Sin más dónde buscar, y sin poder justificar su vida en la búsqueda de dinero que le llega casi como un subproducto de su propio status, su vida escapará de sus manos a la par de que su conciencia huye de su cuerpo en sus últimos momentos de vida.

Jeanne es el primer miembro de la familia que no cuenta su historia por sí misma; en cambio, un ente omnipresente retoma todos sus recuerdos desde niña, casi como si estuviese viendo la película de su vida. Se proyectan sus recuerdos frente a sus propios ojos sin opción a negarse; una última oportunidad de reflexionar acerca de su vida.

Aquí, El hijo da un vuelco a la historia con la aparición de un miembro inesperado. El autor abre camino a una pregunta: ¿quién se puede llamar hijo de Texas?

Pensemos: ¿qué vena de la identidad del colono cegó el “destino manifiesto” y la expansión industrial norteamericana? Meyer da a entender que Texas acepta y se enorgullece del aporte identitario fruto de la relación que estableció con los pueblos originarios, pero reniega con mayor fuerza su cara hispana.

Aquellos eran tiempos donde ser racista era parte importante para existir. ¿Hoy será posible una reconciliación? Y, al mismo tiempo, Meyer parece hacerles una pregunta general a los estados fronterizos: ¿cuándo y cómo traicionaron esa querida libertad que el gran oeste les otorgó sin buscarla?

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