En uno de los más bellos templos taoístas de China, en la ciudad de Chengdú, una mujer de pronto regañaba a sus dioses. Me conmovió la riqueza de sus gestos, el ritual de canto y reprimenda que le servía para relacionarse con lo invisible. El fervor con el que lo hacía. Y una mezcla peculiar de cantos taoístas con cantos maoístas. Dos veneradas esculturas de cobre que los peregrinos no dejan de acariciar hacen que este lugar sea conocido como El Templo de las Cabras Verdes. Es un santuario internacional de Tai Chi. En otro patio, un maestro enseña a los alumnos cómo arrojar al oponente dos o tres metros sólo rozándolo. Pero él no permite que se le filme. "De cualquier modo, me dice, aquí todo lo importante es invisible".
Por Alberto Ruy-Sánchez
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