Uno de los primeros libros “divertidos” que leí, de esos que producen una revolución en los tornillos cerebrales y se expresan con el mismo efecto dadivoso y tibio que surge luego de resolver un complejo ejercicio de matemática, fue Lecciones preliminares de filosofía, de Manuel García Morente.
Obvio: lo primero de lo mucho que tuve que leer en la materia Filosofía de la carrera de Letras en la UBA. Y digo divertido porque transcurridas casi tres décadas del encuentro con aquellas páginas virginales todavía recuerdo la emoción de ese ejemplo del plano de París tomado de Bergson y con el que el autor intenta explicar el concepto de vivencia.
Nunca como entonces había vuelto a ligar el sentimiento de la alegría al pensamiento filosófico. En esta ecuación, obviamente, no cuento a Nietzsche, porque leer al genio de Röcken es un ejercicio que torna a la alegría una especie de tsunami anfetamínico.
De hecho, solía leer al bueno de Federico en la juventud luego de tomarme un puñado de Keramik, esos estupefacientes que me dejaban tres días despierta y con una resaca que duraba una semana como mínimo.
Cioran es distinto. Siempre lo he leído como quien lee I Ching para saber qué hacer con su vida o con su chico (que no es lo mismo pero es igual). Cada vez que acudí al rumano fue en busca de consuelo, un hecho que constituye una alquimia inesperada para alguien que no buscó tal cosa con sus libros.
Y los demás, algo así como la cultura general que hace falta o lo que deriva de. Por ejemplo, va de suyo que si lees El hombre nacido en Danzig, la nueva novela de Guillermo Fadanelli, querrás refrescar tus escasos conocimientos sobre Immanuel Kant, que de él se trata.
Es que con la filosofía pasa algo extraordinario. Sabes que siempre hay unos cuantos libros de la materia en tu biblioteca y que son siempre lecturas no sometidas al fragor del mercado. Raro que diciembre llegue anunciando la buena nueva de quién ha sido elegido el filósofo del año o que un libro de filosofía aparezca entre los más vendidos.
Por lo tanto, si algo así sucede de repente, estamos frente a un verdadero acontecimiento de la cultura. Decir en este contexto que el esloveno Slavoj Žižek (Liubliana, 1949) es un acontecimiento de la cultura contemporánea es atrasar el reloj por lo menos dos décadas (recordar cuando a fines de los 90 fue candidato a presidente de Eslovenia, por ejemplo, da cuenta de una dimensión que ya no es sorprendente en nuestros días).
Sin embargo, leerlo al pie de imprenta (al menos en español) constituyó para mí una conmoción primigenia. Llegó a mí –gracias a los buenos oficios de la encantadora catalana Llu Matarrodona, de Sexto Piso- el libro Acontecimiento, del susodicho. Un tratado sobre lo que irrumpe en forma traumática en nuestra cotidianeidad o la del mundo y donde, como era lógico teniendo en cuenta mis antecedentes penosos (sólo conocidos y nunca divulgados por mí, que la dignidad es lo último que se pierde) me llamó más la atención por la relación con Lacan y con lo que Lacan dice del amor que por la sustancia “acontecedora” en sí.
Ni hablar de la forma en que Zizek va desplegando sus teorías, una constatación maravillosa de todo lo que hay –y mucho- de placer estético en la elaboración del pensamiento, en su enunciado y en su transmisión. Es cierto que en los últimos tiempos el debate sobre la condición humana se da entre la maldad y la bondad. Para muchos, lo malo es fruto del instinto y lo bueno, de la cultura. Si es así, ¿qué es más humano: lo salvaje y natural o lo construido e idealizado?
Pero hay que decir la belleza en oposición a la fealdad constituye también una entelequia solo dable en nuestra especie. Lo animal es bello por naturaleza. Es perfecto. El reconocimiento de la belleza por tanto es algo que hacemos nosotros, los hombres y las mujeres.
Da una alegría infinita encontrar en “la estrella de la filosofía actual” (según ha definido la periodista española Lola Galán en El País) la belleza del pensar, algo así como dejar de lado el plano de París y estar realmente en París: cuando la reflexión te otorga una vivencia que, sospechas, será inolvidable.
“El rasgo particular de este amor es la indiferencia no hacia su objeto sino hacia los rasgos positivos del objeto amado. Decir “te quiero porque tienes una nariz bonita, piernas atractivas” es a priori falso. Con el amor pasa lo mismo que con la creencia religiosa: no te quiero porque encuentre tus rasgos positivos atractivos; al contrario, encuentro tus rasgos positivos atractivos porque te quiero y por lo tanto te miro con ojos amorosos”.
Y así.







