En un país bananero, el sacrosanto presidente había decidido cobrar el oxígeno que se respiraba. Sus asesores le habían explicado los beneficios de tan noble intención; Una recaudación fiscal por las nubes y por supuesto multas a quien estuviera por fuera de la ley. El congreso apoyó la medida de manera arrolladora y la ley entró en vigor de manera inmediata. La policía del oxígeno revisaba las libretas entregadas por el gobierno a todos los ciudadanos calculando el número de respiraciones por minuto y el consiguiente impuesto. En cuestión de semanas, surgieron libretas alteradas que decían que ciertos ciudadanos solo respiraban un par de veces por hora. También surgió un movimiento de resistencia que consiguió tanques de oxígeno para evitar pagar el impuesto. Pronto, un gigantesco mercado negro de libretas alteradas y tanques de oxígeno inundó el país. Los periódicos gobiernistas hablaban de las bondades del nuevo impuesto al oxígeno, que ahora sí llevaría al país al primer mundo. Surgió el partido anti-oxigenista y muchas rebeliones se desataron en el país cuando los tanques de oxígeno fueron declarados ilegales. El presidente dijo que el oxígeno era patrimonio de todos los ciudadanos y como tal deberían preservarlo. Y ya preparaba una nueva medida, un impuesto a la sonrisa.
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