Julieta Cardona

La réplica de una Godínez

27/02/2016 - 12:01 am

Se levanta el juicio en contra de todos los Godínez. Foto: shutterstock
Se levanta el juicio en contra de todos los Godínez. Foto: shutterstock

Hace unos meses publiqué La deshumanización de los Godínez. Recibí 39 comentarios de los cuales 35 fueron de odio, resentimiento, descontento. A propósito, Lucía Treviño, escritora y amiga, me envió un correo a manera de réplica: “Lo leí y quedó en mi memoria; quisiera decirte que me impactó para bien, pero fue lo contrario”.

Me pareció pertinente e inclusivo utilizar mi columna como derecho de réplica al 87 por ciento que representa Lucía, la voz de los, cómo decirlo: ofendidos.

Utilizar este espacio es asumir que tus ideas serán juzgadas y vulneradas a cambio de defender una partecita de lo que te define. Pero que también, como el derecho de réplica, es el logro de una comunicación poderosa.

Quiero decirle a Lucía, sin embargo, que tiene razón en mucho, sobre todo que no se equivoca en hablar de mi miedo. Yo siempre tengo miedo.

En defensa de los Godínez

“¿Esperar? ¿Qué voy a esperar yo? El día no me promete más que el día, y yo sé que tiene su pasar y su fin. La luz no me anima pero no me mejora, porque saldré de aquí como aquí vine –más viejo en horas, más alegre alguna sensación, más triste algún que otro pensamiento”.

–Fernando Pessoa.

«Se levanta el juicio en contra de todos los Godínez. Ubíquense frente al tribunal por su simple y mera existencia. Se acusa al godín de haberse convertido en el estereotipo patético por antonomasia de la existencia del ser humano. Se acusa al godín por su falta de valor y por no saber enfrentarse creativamente ante el mundo. Se acusa al godín por resguardarse en las casillas del sistema y por obedecer.

            Todos hemos creado al godín. La idea de progreso está depositada en estos seres que representan la posibilidad de “lograr” el éxito de modelos de primer mundo.

            Son dos las formas de ser y estar: una es la falsa libertad y la otra es la resistencia. El empleado encuentra en la resistencia la posibilidad de ser y estar, como un engranaje más para volverse un fantasma y para que el sistema no le pida más. Recurre a una automatización de sus actividades, también a la autoburla y a la autocrítica. Se ríe de sí mismo. De su obsesión con los horarios, con el gafete, con la hora de la comida y con el fin de la jornada. Es una resistencia real en tiempos de capitalismo.

            La defensa se levanta a favor de los Godínez porque cualquiera que no haya sido parte de esta cadena no tiene nada que decir al respecto. Se trata de un juicio embestido de miedo. Un juicio de cobardes. Un juicio a favor de la injusta distribución de la riqueza.

            No es romantizar la idea del godín, pero sí es darle la oportunidad de ser y estar sin el veneno de un ego construido a partir del miedo. Miego. Sí, tu ego, el que disfraza tu miedo; utiliza las herramientas que vienen del lugar común: criticar al feo porque está feo, criticar al gordo porque está gordo, criticar al tonto porque está tonto, ¿no es acaso la reacción más primitiva de aquello que se anuncia como razonamiento?

            “Feliz, en fin, el que renuncia a todo, y al que, por renunciar a todo, nada le puede ser ni arrebatado ni reducido”, escribe Pessoa, el maestro del desasosiego literario y también el más godín de los Godínez. El que critica al godín es el que le teme. El que critica al godín es también el que lo ha creado. Es la idea del ser humano como pequeño instante que ocurre en el mundo versus la idea del ser humano que se siente un todo. Todos los días nos inventamos una serie de deberes para creer que somos necesarios. Nunca nadie ha sido necesario ni será.

            Se levanta la defensa a favor de los Godínez porque viven de frente el infierno de la desigualdad económica. Se levanta la defensa a favor de los Godínez porque la crítica ni siquiera está incitando a que suceda la Rebelión en la Granja. Se levanta la defensa a favor de los Godínez para preguntarle a aquel que juzga: ¿Qué papel tomas en el sistema?

Guardo algunas postales de aquellos tiempos de godín. El tecleo de mi compañero capturando más de dos mil nombres en un excel para crear una base de datos. Las torres de papeles desbordándose de los cubículos. El sabor a café quemado. El libro de Los hermanos Karamazov, obsequio de los compañeros del pasillo. El paseo en calcetines del director general. El cambio de zapatos que hacía Mónica debajo del escritorio. La emoción contenida a la llegada del azucarado pastel azul para celebrar los cumpleaños del mes. La complicidad en el silencio del cubículo como el silencio que se viven dentro del cajón: la engrapadora, las plumas, los lápices sin punta y los borradores sin usarse».

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