
Era tarde. Bueno, ya no había luz del sol. Me quedé afuera un buen rato. No toqué el timbre no porque no tuviera la pinche casa sino porque yo no era, cómo decirlo, valiente. No sé si fue un rato corto o largo, pero me quedé ahí afuera esperando que pasara algo: que me chuparan las estrellas, que algún vecino me escupiera, que ella saliera de su pinche casa sin pinche timbre; algo, quizás, que me hiciera soltarla para siempre.
No ocurrió: el amor no muere así. Pero igual me quedé hasta donde pude.
No sé qué hacía ahí. Sentirla cerca tal vez. Sentirla del otro lado del muro de concreto en donde ella estaba con alguien más y yo estaba sin ella. Y a despedirme quizá también. Porque yo no he podido decirle que ya la olvidé como ella ya me dijo a mí. Fui, es posible, a decirle que perdonara mi insania y mi silencio.
Salió de su pinche casa sin pinche timbre. Dijo, con un nudo marinero en la garganta, que me largara. No me voy, le dije con todas las agallas que no tuve para tocar el pinche timbre que ni había. Se me puso bien cerquita y en lugar de besarme me reventó todo su amor en una mejilla. Y como yo fui católica, puse la otra que igual me reventó. Me amó, sospecho, dos veces.
Me fui de ahí gritándole que era una pinche perra aunque no lo era. No supe cómo ser honesta y decirle que a partir de ese momento, todo lo que ocurriera entre ella y yo, era estúpidamente grande.
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