
El próximo año serán las elecciones federales y los mexicanos desconfiamos de nuestras instituciones. Mucho más que en los últimos 20 años. Es decir, desconfiamos más hoy de los partidos políticos y del Instituto Nacional Electoral (por mencionar sólo dos) que incluso antes de que hubiera alternancia política en la Presidencia de la República.
Las razones de la desconfianza se pueden resumir en una sola: los mexicanos no nos sentimos representados. No sentimos -por más discursos y propaganda de convencimiento a la población- que las instituciones trabajen para mejorar el país: ni para mejorar nuestras condiciones de vida, ni para equiparar las oportunidades de desarrollo de los mexicanos, ni para construir un programa económico que garantice la sustentabilidad.
Dicho de otra forma: no sólo nos sentimos sin futuro, nos sentimos sin presente.
Sin embargo, por alguna extraña y misteriosa razón, los políticos de uno y otro lado del espectro (salvo por el Congreso Nacional Indígena) parecen no darse cuenta de esto y se detienen discutiendo cuestiones accidentales, sin fondo, sin idea.
Supongo -sí, también creo en los Reyes Magos- que debe de haber políticos de oposición que también comparten esta desesperación que sentimos la mayoría de los mexicanos, que también tienen familiares y amigos que no son millonarios con cuentas y propiedades en el extranjero “por si acaso”, por si “se pone peor la cosa”.
Así, a un año de las elecciones federales, sería conveniente que los partidos políticos se pusieran a trabajar. No en echarle más ganas al espectáculo -es eso, mero espectáculo- de guerra proselitista, sino en dedicarse a conocer este país que parece que han desconocido del todo. Es necesario que entiendan qué pasa en los diferentes sectores sociales de nuestro territorio. Que sean capaces de priorizar los diferentes problemas de la nación y esto lo hagan no en términos electoreros sino en términos de un programa sustentable, a largo plazo. Y, por supuesto, que sean capaces de hacer propuestas coherentes, específicas e inteligentes para cada uno de estos problemas.
A la fecha, salvo -en parte- por el Congreso Nacional Indígena, ninguno de los partidos políticos ha podido realizarlo. Basta con ver las “propuestas” (si es que así pueden llamarse) que han enarbolado en las elecciones intermedias federales y en las distintas contiendas estatales: son refritos, ideítas geniales, cosas que ya existen y estupideces rampantes que sólo dan cuenta de su ignorancia sobre el país en el que viven.
Tienen un año, es tiempo suficiente para ponerse a estudiar y convertirse en lo que por ley, deben de ser, los representantes de un pueblo, el mexicano.
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