Francisco Ortiz Pinchetti

Des-propósitos de Año Nuevo

"Si nos atuviéramos al juego de los ritos anuales, deberíamos en este momento formular una lista de propósitos de Año Nuevo, que en realidad son anhelos casi siempre imposibles de alcanzar".

Francisco Ortiz Pinchetti

02/01/2026 - 12:03 am

Des-propósitos de Año Nuevo.
“El des-propósito más lacerante sigue siendo el de la seguridad y la inoperancia criminal". Foto: José Betanzos, Cuartoscuro

Si nos atuviéramos al juego de los ritos anuales, deberíamos en este momento formular una lista de propósitos de Año Nuevo, que en realidad son anhelos casi siempre imposibles de alcanzar. Sin embargo, la realidad nos pone de inmediato en nuestro lugar, porque realmente es difícil hacer pronósticos optimistas cuando los nubarrones amenazan tormenta.

Siendo realistas, 2026 no pinta como para celebrar jubilosos el arribo de un nuevo ciclo anual, aunque según las normas de la costumbre debamos hacerlo. Basta con echar una mirada a nuestra situación política, económica y social para aterrarnos en vez de solazarnos de las dichas que el destino inmediato, suponemos, nos puede proporcionar.

Este es el panorama mexicano, a partir de los despropósitos que estamos viviendo, que según la RAE no son otra cosa que “dichos o hechos fuera de razón, de sentido o de conveniencia”:

El primer despropósito se gesta en las finanzas públicas. Mientras el discurso oficial sostiene una soberanía económica de papel, los datos de cierre de 2025 y las proyecciones para 2026 confirman el estancamiento. El Fondo Monetario Internacional y el Banco de México sitúan la expectativa de crecimiento del PIB en un magro 1.1 por ciento. Es la cifra de la parálisis. A esto se suma un déficit fiscal que el año pasado alcanzó el 5.7 por ciento del PIB, el mayor registro en casi cuatro décadas. 

La deuda pública consolidada ya roza el 52 por ciento del producto. Para este año, el costo financiero de dicho endeudamiento obligará al Estado a destinar 1.2 billones de pesos exclusivamente al pago de intereses. El despropósito es evidente: gastar hoy lo que no se produce, hipotecando la inversión futura. Es el arte de administrar el desastre financiero bajo el disfraz de programas sociales.

En lo político, el des-propósito adquiere tintes de demolición institucional con un marcado tufo autoritario. La mayoría gandalla en las cámaras ha operado con precisión para eliminar cualquier contrapeso al ejercicio absoluto del poder. El arranque de 2026 está marcado por la desaparición virtual del Poder Judicial independiente en 2005; la elección de jueces por voto popular no es democracia, sino la captura final de la justicia. A la par, la extinción de los organismos autónomos y del instituto de transparencia (INAI) deja a la ciudadanía a ciegas. Sin información pública y sin jueces independientes, el terreno queda listo para la reforma electoral.

Bajo el pretexto de una austeridad selectiva, se busca centralizar el control de las urnas. Se dice que el sistema es caro, y las cifras lo confirman: para este 2026, el presupuesto para partidos políticos asciende a siete mil 737 millones de pesos. Sin embargo, la solución no es racionalizar el gasto, sino desmantelar el federalismo electoral eliminando los organismos locales para concentrar el conteo de votos en una estructura dependiente del centro. El despropósito radica en que, para ahorrar pesos, se entrega la certeza del voto. Es el retorno al modelo donde el árbitro es empleado del jugador. 

Es claro que la reducción de las aportaciones públicas a los partidos políticos afecta directamente a la oposición, que queda en mayor desventaja dado que el partido del gobierno dispone de recursos del erario y los programas sociales para sus actividades proselitistas electorales.

A este escenario se suma el hostigamiento sistemático a la crítica. El despropósito alcanza su clímax en las mañaneras de la presidenta Claudia Sheinbaum, donde la descalificación a informadores y analistas se ha vuelto política de Estado. Las agresiones y el señalamiento desde el púlpito presidencial no son anécdotas; son instrucciones de acoso que vulneran la libertad de expresión. En un país donde ejercer el periodismo es una actividad de alto riesgo, el discurso de odio oficial es el combustible que alimenta la intolerancia y la censura.

El des-propósito más lacerante sigue siendo el de la seguridad y la inoperancia criminal. Cerramos 2025 con hechos que marcan a fuego el futuro inmediato. El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Alberto Manzo Rodríguez, no fue solo un crimen artero, sino la confirmación del vacío de autoridad frente a una gobernanza delictiva que ya no pide permiso. A la violencia se suma la tragedia de la negligencia: el descarrilamiento del tren interoceánico en Oaxaca, con su saldo de 13 muertos y 90 heridos, desnudó la precariedad de las obras insignias construidas sobre la corrupción.

El trasfondo de este accidente no es técnico, sino político; es el resultado de una ejecución plagada de irregularidades y la injerencia voluntaria de los hijos del entonces presidente en los contratos de materiales y logística. Cuando el nepotismo dicta la calidad de los rieles, el descarrilamiento es solo cuestión de tiempo.

Los homicidios dolosos se mantienen en niveles de guerra civil no declarada, superando los 30 mil casos anuales. Según datos del INEGI, el 64 por ciento de la población considera la inseguridad como el problema principal. El des-propósito es la claudicación del Estado: el gobierno administra la destrucción mientras las masacres y los desastres evitables se vuelven parte del paisaje cotidiano.

En lo social, la educación y la salud completan el cuadro de la sinrazón. Iniciamos 2026 con un sistema educativo que ha retrocedido una década. Los resultados de pruebas internacionales nos colocan en el sótano de la OCDE en matemáticas y ciencias, mientras la prioridad oficial sigue siendo la carga ideológica sobre la calidad académica. En salud, la falta de insumos todavía afecta a tres de cada diez pacientes en el sector público. Es un sistema que pretende curar con retórica lo que solo se sana con fármacos.

En suma, este 2026 nos recibe con un presupuesto agotado por la deuda, una democracia mutilada y una seguridad entregada a la delincuencia. El juego de los propósitos de Año Nuevo resulta una burla cruel cuando el país camina en sentido contrario a la lógica.

Brindemos, si es que queda ánimo después de revisar las facturas de la inflación, por un año donde la realidad logre, por fin, imponerse sobre la propaganda. Porque en México, la política se ha convertido en el arte de administrar el desastre y la destrucción mientras se le llama “transformación histórica”. Válgame.

DE LA LIBRE-TA

PANCHO BARRIO. Ominoso resulta el silencio del gobierno de Claudia ante el fallecimiento de Francisco Barrio Terrazas, figura clave de la transición democrática mexicana, hoy interrumpida. Pancho libró una lucha histórica contra el totalitarismo piista al defender el sufragio efectivo y denunciar el fraude electoral contra el pueblo de Chihuahua en 1986. Mantuvo una resistencia pacífica histórica durante casi cuatro meses, unificó a derecha e izquierda y abrió brecha hacia la alternancia en el poder. El caso Chihuahua fue antecedente directo de las históricas elecciones federales de 1988, del fin de la hegemonía priista en el Congreso y de la alternancia en la Presidencia de la República en el año 2000. Descanse en paz. 

@fopinchetti

Francisco Ortiz Pinchetti

Francisco Ortiz Pinchetti

Fue reportero de Excélsior. Fundador del semanario Proceso, donde fue reportero, editor de asuntos especiales y codirector. Es director del periódico Libre en el Sur y del sitio www.libreenelsur.mx. Autor de De pueblo en pueblo (Océano, 2000) y coautor de El Fenómeno Fox (Planeta, 2001).

Lo dice el reportero