Susan Crowley
La nueva pandemia, el mal gusto
"Así como el buen gusto puede heredarse, el mal gusto y la vulgaridad se han vuelto ideales a alcanzar y son una pandemia que lo anega todo sin distinguir clase sociales ni capacidad económica".
Mi abuela Josefina vivió para gozar y alimentar lo que consideraba “el buen gusto”. ¿Cómo lo definía? Me remito al fascinante libro En Busca del tiempo perdido de Marcel Proust, que por sus infinitas descripciones de un elegante salón, de un atuendo, de la forma de servir una mesa, se convirtió en su libro de cabecera y después en el mío. Para el escritor francés es lo contrario a lo superficial. Incluso se puede ser frívolo siempre y cuando ese atributo se ejerza con profundidad. En lo cotidiano se encuentra el verdadero gozo de la belleza. La sensibilidad profunda para saber detectarlo y rechazar lo vulgar. Para mi abuela como para Proust, era una condición de “la verdadera aristocracia del alma”.
Josefina nació en Tlacolula, Oaxaca, dentro de lo que se consideraba, a principios del siglo XX, una clase refinada, gracias a la sangre francesa de su madre y el maquillado de sus raíces zapotecas con polvos de arroz. Como muchas familias mexicanas pudientes, los cambios sociales afectaron su economía, sumiéndola en una crisis que se prolongó hasta convertirse en una forma de vivir: “compra como rica, para que te dure como pobre”. Es decir, un par de zapatos, una bolsa, un abrigo, eran para toda la vida y de tan buena calidad que se heredaban por generaciones. Para Josefina el consuelo ante las privaciones era fantasear sobre la fortuna familiar del pasado y concederse ese don que no se compra con dinero. La gratuidad de los dones es cuestionable. No es un acto de iluminación. Con una vida consagrada al arte, llenó de detalles su precaria realidad. Josefina cultivó ese don perfeccionando su mirada cuidadosa y hasta inquisidora del “mal gusto”.
La atmósfera de su casa tenía un aire proustiano. Desde el verde olivo de los muros que pasaba horas produciendo, hasta llegar al tono perfecto; los brocados palaciegos de los sillones de telas antiguas que conseguía a bajo precio en el centro; los retazos de hierro antiguos y cristales de Bohemia, que adquiría en los mercados de pulgas y transformaba en espectaculares candiles. Hasta una chimenea de mármol que nunca encendió y en la que colocó un espejo antiguo, rescate de lo poco que quedó de la otrora familia pudiente, dando un aire palaciego a su “salón”, que en realidad era una pequeña sala. Lo más característico de Josefina era su habilidad para crear arreglos de flores, como decía mi madre, “con tres centavos”. Las películas de Visconti, Gatopardo y Muerte en Venecia, me atraparon no sólo por sus impecables adaptaciones de novelas geniales y actuaciones memorables; también por la belleza de los espacios, tan similar a la que conseguía Josefina. Ella y Visconti tenían ese refinamiento al que se refiere Proust.
De manera alarmante, vivimos una era en la que el buen gusto dejó de ser el arte de imaginar y construir atmósferas, de llenar los espacios de una belleza elegante y refinada, y los hemos vuelto una especie de sucursal de lo que el dinero puede comprar.
Viendo las fotografías de Lauren Sánchez y Jeff Bezos; ella una latina atlética, voluptuosa, inteligente, astuta y que debería lucir un buen cuerpo natural para su edad; y él, que pasó de ser un flaquito hípster que vendía libros por correo a un metrosexual. Ambos intervenidos de pies a cabeza, ataviados con las marcas más costosas y obvias como Chanel o Balenciaga que dejaron de ser las clásicas del buen gusto para ser elegidas las consentidas de la pareja. No sólo eso, recientemente se han convertidos en árbitros de la moda dictando las nuevas reglas, al grado de ser los patrocinadores de la Gala Anual del Museo Metropolitano de Nueva York. Sólo con verlos queda claro que aquello que considerábamos elegancia, distinción y sobriedad se perdieron en el camino. Así como el buen gusto puede heredarse, el mal gusto y la vulgaridad se han vuelto ideales a alcanzar y son una pandemia que lo anega todo sin distinguir clase sociales ni capacidad económica.
Para Pierre Bourdieu el gusto es un criterio abstracto que se define por el estilo de vida. Es inherente a la clase social y a la capacidad adquisitiva. En las revistas de moda y en las redes sociales es fácil verlo reflejado. Por desgracia, el arte contemporáneo también se ha convertido en una moda para ricos y pretensiosos. Basta ver lo que ocurre en las ferias, con los elevados precios y la forma en la que se negocia. Los influencers son los nuevos modelos a seguir. Exhibirse con marcas ostentosas, con implantes gigantes y cinturas mínimas; bocas con rellenos absurdos que pretenden ser labios turgentes y pieles estiradas con colágenos y bótox. Una estética que rechaza lo natural y no quiere saber nada de la edad. Mansiones de catálogo con una selección de colores, materiales y texturas. Hasta el arte a la medida. Todo concebido por un interiorista. Lo antiguo y su valor “aurático” como diría Walter Benjamin, esas capas que van construyendo la verdadera belleza, el refinamiento de lo que no se ve pero que constituye la esencia de los objetos y su inmanencia, no cabe en una casa en la que todo debe ser impecable consagrándose al más perfecto y logrado estilo del New Rich (Nuevo Rico). La noción de belleza sustituyó la clase por el dinero. Como lo expresa genialmente Gilles Lipovetsky: Lo que antes era criticado por excesivo y cursi, ahora es exigido para el placer inmediato y desechable, ansiedad que exige mayor consumo.
Josefina se consolaba considerando que el dinero era de mal gusto. El encanto de la vida se mostraba con lo que iba poco a poco aquilatando como muestra del “buen gusto”. Al vivir al día, como decimos, accionó el músculo de la imaginación y logró ser una esteta en toda la extensión de la palabra. Las personas con dinero que llegaron a relacionarse con ella, terminaban suplicando que les compartiera ese “misterioso saber ver” que calificaban como su gran tesoro que, en su caso, era la evidente carencia económica. Simplemente amó a su familia y le regaló todo cuanto pudo en belleza.
Para Gastón Bachelard nuestra vida es una especie de libro que describe lo que realmente somos. Nuestra casa es el sitio en el que se acumulan nuestros pensamientos, los sueños, las experiencias. Un cosmos con el que nos identificamos y diferenciamos del mundo. La memoria que se vive en nuestro cuerpo trasladada a nuestro espacio físico. Nuestra casa es nuestro cuerpo. El paso del tiempo en nosotros es fundamental como lo es el tiempo que perdura en nuestras casas como centro energético, un espacio poético. En una era en la que la sobriedad dejó de ser importante, en la que el consumismo nos lleva al exceso, en la que no queremos ver lo que realmente somos frente al espejo, es un buen momento para meditar sobre lo pasajero e irrelevante que resulta. O bien, esperar con ansia la próxima aparición de los famosos en las gustadas redes sociales para imitar su forma de habitar el mundo. La banalidad convertida en prueba de éxito es en última instancia lo que explica a un Presidente como Trump y sus cercanos llenando de oro la decoración de la Casa Blanca como si fuera Trump Tower; pero eso, es otra historia. Seguramente en cada familias hay una versión de Josefina. Aquel personaje capaz de transformar lo cotidiano y lo precario en extraordinario, ya fuera por su buen gusto o por su capacidad para hechizarnos. Es el momento de conectarse con lo que ese legado significa. Yo me quiero quedar con lo que Josefina me heredó. @Suscrowle
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